Acerca de cortar carne

13 12 2009

Obra de Wim Delvoye

By Ingrid González

Todo es un proceso.

Esa es la primera conclusión que pude sacar después de la primera vez que vertí sangre ajena.

Me encontré a la mañana siguiente muy sucio, tenía ese líquido plasmático hasta en la boca, dentro de las uñas, a pesar de tenerlas muy cortas, se había anidado el desgraciado.

Yo no podía esperar más, entonces le boté el primer cuchillazo que cayó al azar en una costilla, hundiendo el filo doble entre sus cartílagos del tórax; el segundo, le arrancó una oreja, no me acuerdo cual con exactitud; el definitivo, en la garganta, y ya no me podían las fuerzas, el cuerpo no me daba para más faena. Todo es un proceso. Pensé, y me acosté a dormir.

Siempre he tenido sueños abstractos, raros. Sin embargo el de esa noche estuvo bastante claro, era de nuevo él, aquel parecido a una especie de ángel, no sé si hombre o mujer, pero en definitiva hermoso.

No decía nada, no movía ninguna facción del rostro tampoco. Era sublime, templado, fuerte, y al mismo tiempo se le notaba ciertos rasgos, ––quizás su lado femenino–– suaves, débiles, regios y un poco parcos. Estaba parado sobre una especie de tela color púrpura, el fondo del sueño siempre oscuro, y sólo me miraba. Así, me daba rabia, ira, por qué no me hablaba, yo podía sentir que tenía esa facultad; además de tener algo importante para decirme, y no hablaba, maldito. E inclusive parecía que me despertaba por eso mismo, el mal genio hacía que perdiera todo el sueño en la noche. Y esa noche ocurrió con exactitud lo mismo.

Estaba sudado, asqueroso, con los calzoncillos pegados a las nalgas, con la sábana adherida a la espalda, y a sorpresa mía era ya de madrugada. Me paré de la cama directo a la ducha, ahí me di cuenta del color que se iba encharcando en las baldosas, un color rojo desgastado. Sangre con agua.

Me dio mucho asco, corrí a bañarme los dientes después de la ducha. Lo mismo. Tenía la lengua y los dientes frontales rojos. Me cepillé cuatro veces seguidas, con enjuague bucal incluido. A veces me detenía en los movimientos de la muñeca con el cepillo, recordando el sueño, la locura de sueño, porque nada tenía que ver con la realidad.

Ahora el cuerpo, ¿qué hacer con el cadáver?, ¿dónde meterlo? Mientras me vestía pensaba sobre esto; mientras me preparaba el desayuno, mientras me lo comía…Por fin algo pasó por mi cabeza.

Me desnudé, luego extendí el plástico o la “pijama” color gris del carro en el patio de la casa. Hallé en el cuarto de las herramientas la motosierra, la miré con frialdad y para calmarme un poco la prendí antes e intente cortar un pedazo de madera que estaba al lado. Listo, ahora tenía puntería.

Coloqué el cuerpo boca arriba, traté de extenderle los cuatro miembros, pero ya se encontraba en rígor mortis, imposible. No me vestí de nuevo, iba a ser más trabajo, más sangre para quitar, en cambio, así empeloto todo se iría de nuevo por el sifón.

Lo miré, había sido la oreja derecha. Pobre, en definitiva, pobre y sin suerte a colmo de males; así como muchos hombres. Sin embargo no sentía nada de lastima por él.

Me miraba, los ojos estáticos, y de nuevo, el maldito asexual bello del sueño confuso apareció en mi cabeza. Se parecía al cadáver, por su silencio, por su cara en pause, sólo le faltaba el manto púrpura en lugar del ordinario pedazo de tela gris cubre metal. Busqué absurdo, aturdido, en cada armario de la casa, algo del color morado. Nada, nada, ¡malditas viejas de la familia! Ninguna tenía ni siquiera unos calzones morados, una pañoleta, algo, nada.

Yo tenía que poner ese cuerpo inerte sobre ese color, debía hacerlo, me imaginé el contraste de la muerte y la vida, como una posible oportunidad de combinarlas, y aún mejor, únicamente en mi cabeza, para mí. El cuerpo muerto sobre el color vivo del ángel, ¡perfecto! Me asomé por la terraza, era domingo y a esa hora de la mañana, pude concluir que la población colindante o estaba pasando una mañana de guayabo, o estaba rezándole a un muñeco de yeso, ¡aleluya!

Así sin ningún problema de pudor ajeno por mi desnudez salté a otra terraza donde sí encontré prendas púrpura: dos faldas largas. Robadas, ¿qué se pondrán las ancianitas el próximo domingo para que cuando se arrodillen no se les vean las concupiscencias?

Me dispuse a cortar las faldas por la mitad, quedaron extendidas a modo de “mantel” en el suelo. Acosté el cuerpo y sentí felicidad. Enfermo carnicero jugando con ángeles, colores sagrados y armamento quita partes.

Deslumbrante el cuadro que pinté esa mañana de oraciones foráneas, me encantó. El contraste con la piel pálida, rugosa, sobresalía el color del piso. Y en el fondo de mi obra, yo Dalí, yo cirujano, yo El Hacedor, yo el Diablo.

Arrastré la motosierra, la prendí y excitado comencé por la nariz, la oreja izquierda, los miembros inferiores, superiores; descanso, es muy duro cortar carne de cerdo.





Un globo que se inflaba

6 12 2009

Dawn of the Black Hearts (Mayhem)

By Pablo Estrada

Denis ha tomado una determinación. Y es definitiva.

Mientras tanto su mirada recorre decenas de canales de televisión por cable: la pantalla ilumina su rostro en una escasa gama de variaciones del azul. Ningún sonido consigue instalarse en el lugar para hacerse suficientemente comprensible. Las imágenes desfilan frente a los ojos impávidos de Denis. Apenas parpadea. Se remueve en el sillón con pesadez.

La sala está oscura. Las persianas abajo. Es de día únicamente afuera. Dentro, la penumbra y la ausencia de relojes sumen el tiempo en una callada presencia casi inexistente. Sin embargo, transcurre. Las horas se deslizan sin que la situación cambie. Un hombre en un sillón frente a la tele encendida.

Denis tiene hambre pero se resiste a comer. Desde que le diagnosticaron una enfermedad terminal su dieta es rigurosa y prefiere no seguirla. Al principio devoraba todo lo vedado. Ya no. Simplemente come poco, casi nada.

Denis fue delgado hasta los 25 años cuando se manifestó su hipotiroidismo y engordó en un lapso relativamente corto. Era como un globo que se inflaba. Se convirtió en una caricatura de sí mismo. Para colmo, sus amigos siempre le habían llamado flaco y algunos, contra toda lógica, dominados por la fuerza de costumbre, seguían diciéndole del mismo modo. Era una situación absurda y bochornosa, particularmente en público, delante de desconocidos. Más allá de su nuevo aspecto, fue precisamente eso lo que condujo a Denis a recluirse en casa.

Los padres de Denis viven en el campo. Son profesionales jubilados que han retornado al lugar del cual los desarraigaron cuando eran niños. Le han dejado la casa en la ciudad a su único hijo. Se comunican por teléfono unas cuantas veces por semana. Le envían dinero. Esperan que vuelva a visitarlos como antes, pese a que por su nueva condición física no pueda hacer las cosas que solía, como montar a caballo, dar largas caminatas por las montañas, participar en las labores campestres, hartarse con las comilonas al aire libre, empinar el codo con capataces y jornaleros igual que una gran familia y coquetear con las sobrinas e hijas de ellos, mujercitas en quienes de repente despunta la misma belleza de los huertos que florecen.

Denis tiene dos mascotas. Una liebre que se cree tortuga es una de ellas. Por alguna razón que nadie se ha tomado la molestia de averiguar también engordó ostensiblemente. Anda con lentitud por el jardín del frente, haciendo recorridos circulares que tardan horas. Los peatones pueden ver el deprimente espectáculo de una rechoncha y vieja liebre deambulando cansinamente, mordisqueando hojas con parsimonia exasperante, como si fuera una versión ralentizada de un documental de vida silvestre. Denis prácticamente se ha olvidado de ella.

La otra mascota es Motas: un french poodle que ha pedido su pelaje accidentalmente y luce como un gato sphynx. A Denis el pellejo desnudo del animal le recuerda su propio sexo en estado de flacidez. Cuando tiene una erección es otra cosa. Hilda, una chica que viene una vez por semana y le hace sexo oral, dice que su pene es uno de los más bonitos que ha visto, y ella ha visto bastantes. Cada vez que ella dice eso, él sonríe, cierra los ojos, se reclina en el sillón y se deja hacer completamente plácido, casi feliz. A veces pone música para acompañar el momento y remata con un prohibido trago de whisky. Al final mira hacia una mesa sobre la cual reposa un billete. Hilda dice una vez más que no necesita el dinero, luego de limpiarse. Se incorpora, toma el billete, lo guarda y agrega que ella lo hace por gusto. Le da un beso en la mejilla como despedida y sale sin prisa.

Denis tiene un amigo que quiere ser vaquero. A veces viene a su casa y hablan por horas. Se conocen desde hace años. Consideran que han hablado tanto como un par de viejos aunque sus edades no sumen la de un anciano. Y han hecho tan poco, aparte de hablar, que muchas veces lo lamentan. Antes hacían planes. Ya no. Denis va a morir pronto.

En el servicio militar Denis no era de los más despabilados. Al contrario. Tanto que al no ser vivo como los demás creían que se debía ser, le llamaban muerto. A él eso no le importaba.

A Denis le fascina una vecina. La espía desde que era una chiquilla de 13 años. Actualmente tiene 17 y un novio un par de años mayor que cuando Denis se interesó por ella era un muchachito regordete. Ahora es un esbelto joven con un peinado que Denis detesta, huellas de acné que nadie parece notar y la novia más bonita del barrio.

Denis ha tenido a lo largo de su vida diversas aficiones: desde los videojuegos hasta las películas de J-Horror. En una época estuvo francamente interesado por el black metal. Pasó por alto la parafernalia referente al aspecto falaz y la actitud postiza y se concentró en la filosofía que entrañaba esta oscura corriente del rock más pesado. Llegó a sentirse demasiado identificado con Dead, el vocalista de Mayhem, banda noruega de las más doctrinarias en su momento. Consideraba que la coincidencia entre el apodo (hasta entonces ridículo para él) que le dieron en el servicio militar y el seudónimo de Per Yngve Ohlin era un presagio. Sentía fascinación por ese hombre extraño y sombrío, obcecado con la muerte y dado al fatalismo absoluto, afectado por una grave e incurable depresión. Se le hacía el protagonista consumado de una ineluctable tragedia.

El atroz suicidio del emblemático cantante quizá fue el comienzo de todo. Luego vino el asesinato del guitarrista por parte del bajista: se ensañó con su compañero acusándole de tener intención de matarlo, por lo cual se le había adelantado. Le dio más de una veintena de puñaladas, incluyendo una brutal cuchillada en el cráneo. Tras la muerte, salió a la luz pública que él había envenenado a un joven polaco. Entre tanto, se llevaba a cabo la quema de iglesias y se enardecían sentimientos homofóbicos y xenofóbicos de una creciente secta de fanáticos de la banda vinculada al paganismo y al satanismo. Finalmente el bajista asesino fue arrestado y llevado a prisión, desde donde siguió su insólita cruzada contra el cristianismo, llegó a grabar discos y declaró su filiación neonazi. Los incidentes en torno a Mayhem terminaron por decepcionar a Denis y apartarlo de aquel interés inicial por esa música y esa agrupación en particular.

En todo caso, años más tarde, sostiene la cubierta de una de las 300 copias de la primera edición de Dawn of the black hearts. El disco pirata en vivo, pese a no ser del todo oficial, es considerado como uno de los principales álbumes de la banda. Fue  publicado en Medellín por el sello colombiano Warmaster Records, propiedad del legendario Mauricio “Bull Metal” Montoya. Denis ve en la carátula la foto de Dead después de su suicidio, tomada con una cámara desechable comprada por el guitarrista, Euronymous, luego de hallar el cuerpo de su compañero y antes de llamar a la policía.

«Hey, no todos los días tengo la suerte de encontrarme un cadáver de verdad» comentó Euronymous a la prensa respecto a las fotos. Según ésta, afirmó que recogió pedacitos del cerebro destrozado para cocinarlos y comérselos. Hellhammer, el baterista, quien lo acompañaba al momento del hallazgo del cuerpo, desmintió esto, aunque reconoció que tomaron trozos del cráneo y los guardaron como reliquias.

Dead se había cortado las venas en las muñecas y el cuello para morir desangrado pero tardaba tanto que mejor se disparó con una escopeta en la cabeza.

«Perdonen toda la sangre» dejó escrito en una nota.

Denis no cometerá el mismo error. Aunque gracias a una película cuyo título no recuerda ha aprendido cómo hacer cortes efectivos en sus muñecas, no correrá riesgos. Llegó a pensar en ahorcarse y cuando se dio cuenta que se necesitaría una soga bien resistente, capaz de sostener su obesidad antes de que el peso le ganara a la muerte, se rió. Primero pausadamente como quien no quiere la cosa y luego a carcajadas que deformaron en tos y terminaron en un llanto inconsolable.

Denis ha decidió matarse hoy.

Tiene una pistola automática Beretta 92 que no fue sencillo obtener. Ha puesto el cañón contra su sien derecha. Quiso música sonando pero desistió ante la sospecha de imbéciles atribuyendo su decisión a la inexistente influencia de alguna pieza musical. Y en cuanto a la nota: la sola idea le repugna.

De todas maneras iba a morir pronto. Estaba muriendo poco a poco. Y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

La determinación está tomada.

Motas está en la cocina junto a un tazón con alimento para perros.

La televisión se ha detenido en un canal de noticias. Una voz en español se sobrepone a una en inglés y alcanzan a oírse voces en árabe de gente que aparece en la toma original.

Denis se acomoda en el sillón.

Traga saliva. Respira hondo. Apunta con firmeza y dispara.





El Salto

29 11 2009

Laia González

By Juan Carlos Hernández

—¡Saltá! ¿No tenés pelotas? —me gritaba Jorge, uno de mis amigos, mientras los demás coreaban: “maricón, narigón, barrigón” y se agarraban a dos manos su miembro adolescente.

—Si no salta… ¡Tiene que cruzar la vía láctea! —arengaba Daniel.

Mis amigos y yo repetíamos esa escena, infaltablemente, todos los soleados fines de semana –si llovía, ni modo, a quedarse en casa. El escenario: “el salto del diablo”, una saliente de roca desde la que pretendíamos saltar al frío y negro estanque que se encontraba unos veinte metros más abajo. Siempre sorteábamos entre nosotros quién saltaría y el ganador de la ridícula lotería era “animado” a saltar como sólo los muchachos pueden hacerlo, si se negaba a lanzarse debía pasar por una doble fila de amigos dispuestos a pellizcar tetillas y pegar palmazos en la cabeza del desafortunado. Desde que comenzamos el juego nadie había saltado y todos habíamos terminado golpeados, pellizcados y estrujados en más de una ocasión. Ese sería mi cuarto desafío.

—¡Silencio niñas, que sí voy a saltar! —les dije a todos levantando la voz y elevando los brazos como he visto que hace Moisés en las películas de semana santa cuando quiere dividir el mar. Tenía que hacerme notar, después de todo era una ocasión especial: Camila, la prima de Víctor que había venido al pueblo de vacaciones, estaba con nosotros. Camila me gustaba y yo quería gustarle a ella. El gesto dio resultado porque mis amigos se dividieron unos a izquierda y otros a derecha. Yo me aparté para tomar impulso.

“¡Sí puedo! ¡Soy un varón! ¡Por Camila!” me repetía mentalmente una y otra vez como si esas palabras fueran un mantra para hallar el valor que otras veces no encontré.

—¡Me saludas a Martica! —dijo Guillermo e inmediatamente imitó esas risas tenebrosas de las malas películas de terror.

—¡Come mierda! Tenías que nombrar a Marta —caminé hasta el borde de la roca y me incliné para ver el frío y negro estanque. Todos en el pueblo conocíamos la historia de Marta: una enfermera, muy buena persona, que decidió suicidarse cuando se enteró de que su esposo le era infiel con su propia hermana. Un testigo, un peón de la hacienda Valladares, la vio saltar con un objeto atado al cuello. Nunca se pudo recuperar su cuerpo. Se me erizaron todos los vellos de sólo pensar que la enfermera pudiera estar en alguna parte de esa negritud esperándome con unos huesudos brazos abiertos.

Noté que Camila me observaba, yo no podía quedar como una gallinita. Retrocedí dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete pasos. No conseguía sacarme de la cabeza la imagen de Marta y eso me acobardaba como en ocasiones anteriores. Camila no apartaba sus ojos de mí. La miré fijamente por un instante y sucedió: un guiño y un beso volado. Eso era todo lo que necesitaba, inicié carrera y salté.

Fueron pocos los segundos que duró mi vuelo hasta entrar en contacto con el agua del estanque. Sentí un golpe helado en todo mi cuerpo. Utilicé todas mis fuerzas para salir a flote porque la negrura me cubrió y me desesperó, me angustió, ya no quería estar más ahí. Nadé hasta la orilla, y cuando estuve fuera del agua alcé mi vista hacia la roca en busca de mis amigos y de Camila que según mis cuentas ya celebraban mi hazaña, pero no los encontré. Un poco desconcertado por la soledad de mi victoria y con un dolor en el cuello me disponía a tomar el sendero que me llevaría de vuelta a la saliente, cuando a mi espalda escuché una voz:

—Pobre muchacho, debió dolerte.

Giré rápidamente. Mis ojos casi se salen de sus cuencas, no podía dar crédito a lo que veía: ella, Marta, estaba sentada en una roca, con los labios morados y la piel del color que debe tener la piel de los ahogados. Yo quería salir corriendo pero mis piernas  no me obedecían. Mi garganta, por el contrario, funcionaba a la perfección. Marta, el fantasma de Marta, se llevó un dedo a la boca cerrada para pedirme silencio.

—Cálmate, no te voy a comer —me dijo.

—¡No puede ser, tú estás muerta! —grité, mientras lloraba como suplicando.

—¡Estamos muertos! —me corrigió y con su cianótico dedo señaló un cuerpo que flotaba en el estanque. ¡Mi cuerpo que flotaba en el estanque!