Parásito

30 08 2009

Historia por Jeremy C. Shipp

(Del libro “Sheep and Wolves”)

Traducción por Adolfo Villafuerte

post2

Jeremy C. Shipp

La garrapata te succiona fuera de mí en cuestión de minutos, pero transcurren tres días hasta que naces de nuevo.
Durante el periodo de espera, garabateo ideas, diagramas, incluso pedacitos de diálogo. Lleno todo un cuaderno con letras chuecas y pequeños agujeros donde mis lápices traspasan la hoja.
Finalmente, estoy de pie frente a la garrapata, comiéndome las uñas, viéndola empujar el saco embrionario por su diminuto culito.
“¿Duele?” digo.
“Sí, un poquito” dice la garrapata. “Pero vale los $500”
“¿Y tú para qué necesitas $500?”
“¿Tú para qué necesitas un hombrecito?”
Emerges, te abres paso cortando el saco, cubierto de pus verde.
“¿De donde sacó el cuchillo?” digo.
“Debe estar hecho de depósitos de calcio”, dice la garrapata.
Tú sigues desorientado, lanzando golpes al aire, gritando algo acerca del ejército. Te guardo en la bolsa negra.
En la cena, mi esposa me habla acerca de alguna organización sin ánimo de lucro y finjo interés. Ella termina llorando –No sé muy bien por qué. Tal vez me reí cuando debí haber fruncido el seño.
Más tarde esa noche, estoy en el garage, mirando la jaula de jerbo.
La bolsa negra no se mueve, y me aterroriza que estés muerto.
Pero luego, cuando te boto, te levantas y gritas, “¿Qué diablos hiciste?”.
“Esto ya no es acerca de mi”, digo. Bueno, recito. “Siempre hiciste todo acerca de mi, pero siempre era acerca de ti. Ahora vas a pagar por lo que me hiciste. Y a mamá”.
Apuntas tu cuchillo en mi dirección. “Déjame me ir o te mato de una puta vez”.
Me río. Me río de tu estúpido cuchillito y de tu estúpida vocecita. Solía temerle tanto a esos ojos, pero ahora son míos para jugar.
Entonces abro mi cuaderno. “Puedes olvidarte de pedir clemencia. Tengo que hacer esto”.
“Me pudiste haber dejado muerto”, dices.
Tienes razón, por supuesto. No debería estar aquí ahora. Debería estar en cama, abrazando a mi esposa, soñando esta pesadilla en lugar de vivirla.
Pero es muy tarde ahora.
Busco la granja de hormigas.

*      *      *

PARASITE

By Jeremy C. Shipp

THE TICK SUCKS you out of me in a matter of minutes, but it takes three
months before you’re born again.
During the waiting period, I scribble down ideas, diagrams, even
snippets of dialogue. I fill an entire notebook with jagged letters and little
holes where my pencils puncture the paper.
Finally, I’m standing over the tick, biting my fingernails, watching him
push the embryonic sack out his tiny ass.
“Does that hurt?” I say.
“Yeah, a little,” the tick says. “But it’s worth the $500.”
“What do you need with $500 anyway?”
“What do you need with a little man?”
You emerge, and cut your way out of the sack, coated with green pus.
“Where did he get the knife?” I say.
“It must be made of calcium deposits,” the tick says.
You’re still disoriented, swinging at the air, shouting something about
the army. I stick you in the black bag.
At dinner, my wife tells me about some non-profit organization, and
I pretend to care. She ends up crying—I’m not sure why. Maybe I laughed
when I should’ve frowned.
Later that night, I’m inside the garage, looking into the gerbil cage.
The black bag isn’t moving, and I’m terrified you’re dead.
But then, when I dump you out, you get up and yell, “What the fuck
did you do?”
“This isn’t about me anymore,” I say. Well, recite. “You always made
everything about me, but it was always about you. Now you’re gonna pay
for what you did to me. And mom.”
You point your knife at me. “Let me go, or I’m gonna fucking kill you.”
I laugh. I laugh at your stupid little knife and your stupid little voice. I
used to be so afraid of those eyes, but now they’re mine to play with.
So I open my notebook. “You can forget begging for mercy. I have to
do this.”
“You could’ve let me stay dead,” you say.
You’re right, of course. I shouldn’t be here right now. I should be in
bed, holding my wife in my arms, dreaming this nightmare instead of
living it.
But it’s too late now.
I reach for the ant farm.





Cómplices por una noche

24 06 2009

 

COMPLICES-GABRIELUS

By Gabriel Umaña Suárez

Joseph imagina desnuda a su ex novia, montada sobre él, apuntándole a la cabeza con su Ruger P-89. El problema, para Joseph, es que ella se comporta como si lo supiera todo, pero la verdad es que no sabe mucho, ni de él, ni de lo que sucedió la noche anterior.

Anoche Joseph fue al bar donde toca la banda de Johnny. Se tomó media botella de whisky y probó todo tipo de pepas hasta que logró ver a su ex novia convertida en personaje de cómic. Le causó gracia verla por todas partes, colgando del techo, en la pista de baile, en la barra bebiendo agua de coco y en el baño nadando en el inodoro.  

Cuando el efecto psicoactivo empezó a ceder frente a su razonamiento, Johnny le presentó dos amigas: Jane y Annie. Los cuatro hablaron por largo rato. Sobre una servilleta Joseph hizo un listado de actividades para el resto de la noche. Las compartió con su amigo y las recién conocidas. Todos acordaron ser cómplices por una noche.

Transitaron en el Corvette rojo de Johnny a cien km/h, escuchando ese rock que la ex novia de Joseph nunca entendió, dejando que el viento se les tragara los ojos y escribiendo una nueva historia en la que ella y su trasero recalentado no tendrían lengua que los lamiera.

Ingresaron al apartamento de Jane, encendieron la chimenea y Johnny interpretó su guitarra, mientras hablaban de la forma en que se comerían el mundo e impregnarían sus vidas con algo emocionante: el plan de venganza diseñado por Joseph.  

El escándalo trajo al vecino hasta la puerta del apartamento. Johnny no aguantó sus insultos y le lanzó un golpe que el viejo ex policía esquivó casi en cámara lenta. Las mujeres gritaron alarmadas y Joseph, sin su ex novia, cobarde como antes de conocerla, lanzó un florero que estalló justo en la cabeza del vecino. Tumbado en el piso, lo arrastraron hasta la sala, lo amarraron a una silla, lo amordazaron y le cubrieron los ojos.

Johnny tuvo sexo con Jane y Joseph con Annie. Los gemidos de las mujeres trajeron de regreso la conciencia al vecino. Se despertó amarrado a la silla. Maldiciendo trató de zafarse hasta que su pesado cuerpo terminó en el suelo. Fastidiado, Johnny le cortó el cuello. “Por sapo”.

Para cuando llegó la policía a la escena del crimen, el Corvette rojo de vidrios oscuros estaba a varias cuadras del lugar. Sus ocupantes preparaban la siguiente incursión.

En la tienda de víveres se abastecieron de cerveza y chucherías. Joseph recordó que la noche en que conoció a su ex novia hicieron lo mismo: “compramos dos cervezas alemanas, salchichas y un paquete gigante de frituras. Nos bañamos con la cerveza y ella se comió las salchichas mientras la penetraba. Esa fue una buena noche”, comentó.  

Fueron al almacén del viejo Rupert. Quebraron los vidrios. Se llevaron un cuchillo, un taladro, una broca de tungsteno de ¾, una sierra eléctrica y la caja registradora con el dinero. “Por cabrón”.

Jane, con su escote, fue la encargada de llamar a la puerta de Mike. Cuando el negro atendió el llamado, Jane le habló como si lo conociera del colegio. Le dijo que era Jackie, la que se comió en el baño de niñas, quince años atrás. Le mencionó que un negro como él jamás se olvida. Cuando Mike bajó la guardia, Johnny apareció de improviso y le puso  el cuchillo en la garganta.  

Lo metieron al baúl del Corvette y se dirigieron a la zona industrial. Allí lo bajaron y lo obligaron a repetir cada uno de los apodos que le había puesto a Joseph cuando estaban en el colegio. Por cada uno, Annie le enterró el cuchillo. Quedó tendido en el suelo, con 17 agujeros en el abdomen. “Por montador”.

El grito de la esposa de Barry Ernie Felton llegó demasiado tarde. Jane y Annie ya se habían encargado de los niños, Johnny tenía en el suelo al señor Felton amenazándolo con el cuchillo y Joseph estaba junto a ella, explicándole que si seguía gritando, los niños no podrían ir al colegio el lunes siguiente.

Cuando todos se calmaron un poco, Joseph les habló de la injusticia que cometió el señor Felton en la clase de Opinión Pública. Les contó que él era el autor original de los ensayos sobre las elecciones del 98 de Sara y Marcus. Reservó el mejor con su firma y los otros dos los cedió a sus compañeros a cambió de una insignificante suma de dinero: “Sara obtuvo la mejor nota, Marcus apenas pasó y yo recibí la peor calificación”, dijo.  

Comprendida la razón de la presencia de los extraños en la casa Felton, Joseph encendió el taladro. Johnny sujetó con el peso de su cuerpo al señor Felton, mientras su compañero le abría un orificio en cada mano. “Por imbécil”.

July no recordaba a Joseph: “sólo había sido un capítulo invisible en su vida”. Por el contrario, Joseph la tenía presente en la memoria. Jane y Annie, la golpearon hasta dominarla. Como en la casa Felton, Johnny la sostuvo, mientras Joseph le cortaba las piernas con la sierra. “Por perra”. 

Era el momento de tomar rumbos diferentes. El último punto de la lista, tendría que resolverlo Joseph, solo, sin ayuda de nadie. Era algo a que lo que tendría que enfrentarse para poder concluir su venganza.

Joseph llegó a la casa de su ex novia al amanecer. Aprovechó que aún no le había entregado las llaves para darle una sorpresita. Ella le dijo que no estaba bien que se siguieran viendo porque ya no había nada entre ellos y le pidió las llaves. El accedió a cambio de un beso.  

Al calor de la última muestra de afecto, ella, como cada mañana, como cada vez en que amanecieron juntos, terminó pidiéndole sexo. Hicieron el amor como nunca lo habían hecho. Joseph no se asombró por este gesto, es más, lo estaba esperando. Ella se meció sobre él hasta que logró ese orgasmo que nunca tuvo mientras fueron novios y cuando la mujer sintió electricidad recorriendo su cuerpo, sacó su Ruger P-89 de la mesa de noche y le descargó la munición en la cara, destruyéndole la cabeza.





Humo en el agua

16 06 2009
Montreux 4 de diciembre de 1971 - Diario "El País"

Montreux 4 de diciembre de 1971 - Diario "El País"

By Lina Vanegas

Por esa época había decidido irme de casa. Dejar a mamá encartada con papá y a papá encartado con sus deudas y su cantaleta. Fue fácil. No hubo lágrimas, ni notas, nada. Cuando cerré la puerta escuché un ronquido de papá y eso fue lo último que supe de él. De mí él nunca supo gran cosa. Estábamos a mano, supongo.

Era diciembre. Pensaba en mi hermano diciendo que yo era un monstruo por dejarlo ahí, pero yo ya no estaba para Noches Buenas. O sí, pero no para las aburridas reuniones llenas de tías gordas que no paraban de hablar basura y opinar sobre lo malcriada que se había vuelto Paula. O sea yo.

Fernando me había propuesto viajar con él a Suiza durante una temporada. Su padre tenía ya pago un apartamento en Montreux para que estudiara hotelería y pudiera administrar el negocio a su regreso. En realidad se trataba de un diplomático despido para que lo dejara tener aventuras menos peligrosas con su secretaria, y ambos preferían hacerse los pendejos.

Así que esa madrugada supe a donde ir. Le dije a Fernando que aceptaba sólo porque era el chico que mejor besaba, y Juan había decidido dejar de ser mi novio hacía casi un mes. Lo borré del face, de mi celular y de la lista de correos. No pude llamarlo esa noche durante la borrachera ni luego cuando sentí sinceros deseos de perdonarlo o que me perdonara. Me sobraban razones para huir.

Fernando no me dio tiempo de arrepentirme y en menos de dos semanas ya estaba viviendo en un pequeño apartamento sobre la rue du Théâtre, a una cuadra del lago Lémain. Hacía mucho frío y no teníamos calefacción. Quise llamar otra vez a Juan, y decirle a Fernando que era mejor que durmiéramos en camas separadas. No pude hacer ninguna de las dos cosas. Era el precio por estar lejos de casa.

La primera noche, Fernando cobró el tiquete y la estadía. Apenas intenté sacarle las manos de entre mi camisa, se alejó con aire indignado y empezó a hablar de los francos de más que había tenido que invertir por traerme a “vivir como una reina”. Como odiaba esa expresión. Me le acerqué, lo abracé y dejé que hiciera lo que mejor sabía: besar. Quise que fuera especial, intenté acariciarlo despacio y delinear la cicatriz que atravesaba su ceja izquierda. Pero se me tiró encima como un sapo y así lo hizo durante el resto de las noches.

Día de por medio la misma rutina.

Incluso intentaba conversar con él después del sexo, que era lo que más me gustaba, pero él siempre se volteaba y respondía con monosílabos inconexos:

—Aquí la gente es muy rara Fer. Esta mañana fui al supermercado en pijama y puedo asegurarte que nadie lo notó.

—No.

—¿Qué dices?

—¿Qué dices tú?

—Que aquí la gente es muy rara.

—Paula, deja de hablar pendejadas.

Fernando empezó rápidamente clases, pero yo tardé semanas en animarme a buscar trabajo. Inicié tocando puertas en sitios cercanos así que fui a dos cuadras del apartamento, en el Casino Barrière. Una mujer muy hermosa, de unos 27 años, que tenía el pelo recogido y poco maquillaje, me aconsejó que esperara hasta las diez cuando llegaba el administrador. Mientras tanto, gasté el tiempo en el baño, dando vueltas alrededor y leyendo cada uno de los afiches de las bandas que alguna vez habían estado en ese escenario: Led Zeppelin, Frank Zappa, Marianne Faithfull, Prince. Había también una copia de la letra de la canción “Smoke on the water” de Deep Purple que hablaba del día en el que el Casino fue incendiado.  Yo también me sentía un poco así. Huyendo de mí misma para encontrarme con mi “mí peor”. Los restos de un incendio que nadie quiere recoger. El humo en el agua, el fuego en el cielo.

Agotados todos los entretenimientos antes de tenerme que sentar sola en una esquina y que todos se enteraran de que estaba esperando sola en una esquina, decidí regresar a casa.  Al fin y al cabo no eran más de dos cuadras.  Estaba bajando las escaleras cuando la chica del pelo recogido me llamó y señaló a un hombre muy alto, calvo, que vestía un gabán negro.

—Buenas días —saludó el administrador— ¿Puedo ayudarle en algo?

—Sí. Buenos días —dije desenterrando el francés de algún lugar de mi memoria—. Acabo de llegar a la ciudad y, en realidad, me encuentro buscando un empleo y pensaba que tal vez…

—Que tal vez podríamos ayudarle con eso —dijo como tratando de rescatarme del enredo de frase que estaba intentando construir.

—(Asentí).

—Lo siento, pero por ahora no tenemos vacantes. Regrese en verano que es cuando más trabajo hay —contestó como si no faltaran seis meses para que llegara el maldito verano.

—De acuerdo. No hay problema —dije estirando la mano para despedirme.

Caminé hacia el lago y me senté allí hasta que oscureció. Me pareció que el paisaje era hermoso y que se burlaba de mí, y que yo era la niña fea. El lago estaba rodeado de árboles desnudos, con ramas artríticas que parecían dedos muertos de frío. Se me acercó un idiota a conversar y simulé no entender francés. Aunque era una simulación a medias porque le entendía la mitad. Empezó a llover y pronto tuve el pelo alborotado, la chaqueta mojada y el maquillaje corrido como ojeras. Ahora sí que era la niña fea. Quise llorar y no pude. Nunca podía. Me paré y caminé con la lluvia entre las medias hasta que llegué al apartamento. Fernando estaba furioso esperándome en la sala.

—¿Y tú dónde estabas? —dijo en ese tono parecido al de papá.

—Cerca —respondí quitándome la ropa en la entrada, para no mojar.

—Alcancé a preocuparme —arremetió de nuevo.

—Bueno, pues ya no tienes por qué —contesté.

Fui al baño, donde teníamos la lavadora, para meter la ropa emparamada. Me siguió hasta allí. Abrió la puerta y supe de inmediato lo que seguía. Qué predecibles son los hombres, pensé. Me abrazó por detrás y trató de penetrarme desde ahí.

—Fer, por detrás no —murmuré.

­—Por qué eres tan mojigata, Paula. ¿Te da miedo que empiece a oler a mierda? —se burló.

No había pensado en esa posibilidad, pero respondí que sí. Lo aparté, caminé hacia la sala y prendí el televisor. Fernando fue a acostarse. Miré el reloj de la pared. Era media noche, y las siete en el mío que aún conservaba la hora colombiana. Pensé en mamá y la llamé. No contestó. La imaginé viendo el identificador de llamadas, reconociendo el número internacional y desconectando el teléfono de un tirón. No volví a intentar. Miré por la ventana y supuse que en el apartamento del frente no tenían nevera porque enfriaban las botellas de gaseosa en el balcón.

Apagué el televisor y regresé al baño. Aún estaba en ropa interior. (Olvidé decir que para esa ápoca ya teníamos calefacción, aunque Fernando seguía durmiendo con esa pijama enteriza de cremallera). Me miré en el espejo y me imaginé embarazada. Tal vez porque estaba segura de que eso jamás me pasaría. Inflé la barriga y la acaricié como lo hacían las mujeres que había conocido en ese estado, pero definitivamente yo no tenía ese aire maternal. Saqué la ropa de la lavadora, la extendí y regresé a la sala.

Todavía tenía ganas de llorar.

Volví a mirar por la ventana y pensé que por lo menos nosotros teníamos nevera.