Rubem Fonseca

By Adolfo Villafuerte

Rubem Fonseca es un ermitaño autor de culto que no da entrevistas, pero que al igual que a esos otros autores, como Sallinger y Pynchon —amigo personal del autor— que no quieren ser el centro de atención, le ocurre algo peor, o mejor, según: se lo mitifica, se especula y se le achacan imaginarios; Fonseca se burla un poco de esto en Diario de un libertino, cuando el protagonista, Rufus, afirma: “Siempre he preferido que las personas que conozco no lean lo que escribo, principalmente después de que descubrí que soy una irrecuperable víctima del síndrome de Zuckerman. Así, cuando alguien me dice que leyó todos (en realidad son sólo cinco) mis libros, me dan ganas de salir corriendo”.

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Reencuentro de los negacionistas

MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL
o
LO DEMÁS ES LO DE MENOS

Bardo Teatro
Calle 19 Nº 3A – 37 Local 111
Bogotá, Colombia
Sábados 6 y 13 febrero de 2010
8:00 o 9:00 p.m.

Más noticias

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Poemas de media noche en el pantano

By Alejandro Cortés

MONSTRUO DE MAR

Para matar las horas de pánico durante las tormentas
algunos marinos prefieren recordar sus amores impracticables,
acompañan la lobreguez torrencial
con órdenes burladas y litros de vodka.

El más joven de los navíos hace el servicio de mesa
improvisando la etiqueta con las copas robadas
de la recámara del capitán,
y parece que lo hace bien
porque todos sentimos que una nueva música
estaña las voces guturales del mar.

La mesa de los que recuerdan sus desengaños
es la que más rápido consume su licor,
yo prefiero estar en la mesa del fondo
riéndome de la angustia que no me corresponde;
todos sabemos que tendremos la misma muerte,
pero es más divertido pensar que terminaremos en una orgía con tres sirenas
y no en las fauces de un tierno ballenato.

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Instantánea de George Orwell

By Raúl Harper

Hoy, 21 de enero, hace 6 décadas  murió el escritor británico George Orwell (Motihari, India, 25 de junio de 1903 – Londres, 21 de enero de 1950), reconocido mundialmente por sus novelas Animal Farm (Rebelión en la granja, 1945) y 1984 (1948).

Policía del Imperio Británico en Birmania; periodista, librero, comerciante y miliciano en la Guerra Civil Española; la obra de Orwell se enriqueció del variado rango de sus experiencias personales. Desde muy niño supo que quería ser escritor, y lo hizo, a pesar de las adversidades que se le presentaron hasta el final de sus días. No en vano escribió su obra maestra, 1984, estando ya enfermo de la tuberculosis que lo mantendría por años en un frágil estado de salud.

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Mi Luna y Albert Camus

By Quime Atópica

En la pared de mi cuarto tengo una cita incompleta del último monólogo del Calígula de Albert Camus. Casi todas las personas que entran por primera vez me preguntan qué significa. Pero es difícil ponerlo en palabras. “Luna” es tal vez una de las palabras más recurrentes en la literatura. Metáfora, motivo, meta. Yo como muchos la he usado como el empalagoso camino a la sonrisa del ser amado. También creo que la Luna va mucho más allá en nuestro inconsciente, por eso es también metáfora de locura y pasión desaforada.

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Viaje gratis

By Jorge Franco

Claro que me acuerdo del recorte y del vacío que sentí al imaginarme la ausencia de Clemencia. «¿Se acuerda, Agustín, se acuerda?» Ahora me extiende la carta para recordármelo. «El aviso decía “Viaje gratis” y yo lo recorté para preguntarle a usted qué pensaba. Es para trabajar en otro país.» Le ofrecen realizar su sueño a cambio de un trabajo que ya nadie quiere realizar en los países del norte. Lleva diez años cuidándome, arreglándome la ropa, cocinando mis caprichos, alejando el polvo de mis pulmones, poniéndole sonido a esta casa para compensar mi mudez. «Imagínese, Agustín, me consiguen la visa, me dan el pasaje, me consiguen una familia. Lo único que piden es que uno se le mida al trabajo y usted sabe que yo para eso soy como una abeja.» Antes decía que trabajaba como una mula.

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Matiné

By Adolfo Villafuerte

Siempre le dije a mi papá que quería ser un escritor famoso y vender muchos libros. Pero él se preocupaba y me decía que no pensara en esas cosas todavía. Ese día me encontré con Laura en la cafetería del cine, una pecosita de 10 años. Yo estaba muy emocionado porque nunca lo había hecho con una niña mayor a mí. La función empezaba en 15 minutos, así que me la llevé rápido al cuartito donde el conserje del cine guardaba las escobas. El cuarto era oscuro y pequeñito. Quité un balde del mesón de baldosa y puse a Laura en él y le subí la falda hasta la cintura y le froté la nariz en la vulva hasta que se le encalaron las bragas que luego arranqué a dentelladas para verle la raja lampiña que penetré con el meñique para que no le doliera y no fuera traumático y de verdad se excitara y se emparamara; tal como lo hizo.

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Rubem Fonseca es un ermitaño autor de culto que no da entrevistas, pero que al igual que a esos otros autores, como Sallinger y Pynchon —amigo personal del autor— que no quieren ser el centro de atención, le ocurre algo peor, o mejor, según: se lo mitifica, se especula y se le achacan imaginarios; Fonseca se burla un poco de esto en Diario de un libertino, cuando el protagonista, Rufus, afirma: “Siempre he preferido que las personas que conozco no lean lo que escribo, principalmente después de que descubrí que soy una irrecuperable víctima del síndrome de Zuckerman. Así, cuando alguien me dice que leyó todos (en realidad son sólo cinco) mis libros, me dan ganas de salir corriendo”.

Sobre la vida de Fonseca se sabe que trabajó en la policía durante mucho tiempo, que tenía una habilidad inusitada para descifrar y someter a cualquier persona en una sala de interrogación, que estudió leyes en EEUU, y algunos otros datos que se encuentran en Internet. Sobre su obra se sabe que todo empezó cuando un amigo que lo visitaba en su casa accidentalmente encontró varios manuscritos de cuento, los leyó y quedó tan impresionado que con el beneplácito de Fonseca los llevó a un editor que los publicó en la forma de un libro llamado Los prisioneros.

Desde su primera publicación en 1963 hasta el día de hoy, Fonseca ha escrito sin parar. Mucho se ha dicho sobre El cobrador (1979), Feliz año nuevo (1975), Agosto (1990), etc. Por ejemplo, que su obra trata sobre las oscuridades de la condición humana más que ser meros policiales, según sus seguidores, con lo que estoy completamente de acuerdo. Por lo mismo, decidí concentrarme en uno de sus últimos libros, Historias de Amor, que, contando los años (desde 1925), escribió a los setenta y dos. El libro empieza con Betsy, sobre una perra de dieciocho años agonizante que finalmente muere en los brazos de su amo. Recuerdo como antes de tener suficiente dinero para comprar el libro, cada vez que  pasaba por una librería y veía una copia de Historias de amor sin sellar, leía Betsy en dos minutos. Una vez casi paso una vergüenza al ver que una vendedora se me acercaba, pues yo acababa de terminar de leer el cuento y aún tenía los ojos húmedos. Dejé el libro en la estantería y me fui. No quería que me vieran así. No es mucho lo que se puede decir de un gran cuento de una página, además de la sensación que produce. El libro sigue con Ciudad de Dios, otro relato muy corto y contundente aunque no tan efectivo como Betsy. Eso sí, uno de los más violentos y lúgubres del autor. El siguiente es Familia, un cuento que reúne algunos de los mejores aspectos de Fonseca, el humor, la emotividad y la sensualidad, pues se trata de una historia de amor (como las otras) pero de dos lesbianas. El cuarto relato es El ángel de la guarda. Lo considero, al lado de Once de Mayo, de El cobrador, como el cuento más perfecto y emocionante que el homenajeado haya escrito. Éste además, posee alguna recóndita cualidad que, a pesar de mi profunda admiración y repetidas lecturas, aún no descifro, pues no concibo cómo una historia tan modesta pueda cambiar el color de una tarde y hacerme abandonar cualquier otra lectura que, en comparación, casi siempre resulta menor. Tal vez sea porque se trata del amor de dos inadaptados solitarios. Tal vez sea el rotundo y austero lenguaje que permite que la lectura sea como deslizarse sobre una fina seda china para darse de narices contra un muro de concreto. El siguiente, Viaje de bodas, un cuento verdaderamente romántico, desde una perspectiva insólita pero real, escabrosamente real. Éste último también tiene la cualidad de evidenciar el talante sinfónico de la disposición de los relatos. Uno de los logros de Viaje de bodas, además de todos los elementos que aseguran su eficacia autónoma, es el de su posicionamiento en el libro. Esto (no hay otra forma) lo comprenderá ud. cuando lea Historias de amor. El último cuento (después explicaré porqué lo considero el último) es El amor de jesús en el corazón, que narra con gran pericia las repercusiones del fanatismo, o del amor mal enfocado, que suele desembocar en violencia.

En realidad hay un cuento más (¿de más?) en Historias de amor. Se llama Carpe diem. Y después de tanto amor, debo decir que lo odio.

Carpe diem dista de ser un mal cuento. Tiene muchos elementos valiosos y algunos de los característicos del autor: humor, intriga y ritmo. Fui específico al decir características en lugar de cualidades, especialmente cuando se trata del ritmo. Fonseca es un autor contemporáneo, y por lo tanto, muy preocupado por la cadencia de sus narraciones, ya sean cuentos o novelas. Su tratamiento de los diálogos suele ser el siguiente: frases en ráfaga con cero acotaciones. Me gusta la atención que esto requiere y el carácter de “hágalo usted mismo” al llenar los espacios en blanco. Esto, no obstante, puede llegar a ser problemático en lugares como Carpe diem, cuando uno se ha acostumbrado a formar tales vínculos emocionales con los demás personajes y las otras historias… cuando uno se ha acostumbrado a la belleza plástica de cada narración, y después se encuentra con la trama y los personajes frívolos de Carpe diem. Más que los personajes, es frívolo el tratamiento que se les da, por lo menos, en comparación con el resto de Historias de amor. Carpe diem hubiera quedado mejor parado en Lucia McCartney, por ejemplo. Mi imaginación de fanático concluye que se trata de un compromiso editorial. Que ésta no fue capaz de aceptar un libro perfecto de setenta páginas y forzó una última historia, casi una novela corta, pues por poco ocupa la mitad del libro.

El otro día estuve ojeando otro libro de Fonseca y se me ocurrió algo. Se trataba de Pequeñas criaturas, su libro de cuentos que, en conjunto, menos me gusta. Hay relatos fabulosos, el problema es que hay demasiados y muchos se presentan como un crudo esbozo, tal vez una experimentación sin mucha transpiración. Los cuentos destacables son: Paz, Mi abuelo, muy por sobre todo, Las nueve y media. Los dos primeros ya acreditan el enorme talento del autor, pero Las nueve y media quita el aliento. Es un cuento de nueve páginas acerca de la venganza de un padre; venganza por el amor que le fue arrebatado. Cuando leo Las nueve y media, siento que todas las trescientas cuarenta y tres páginas de Pequeñas criaturas se consolidan en esas nueve. Siento que si volteo las páginas voy a seguir viendo: Las nueve y media, Las nueve y media… No se puede decir mucho más. Ahora recurro a mi arbitrariedad de fanático. Tomo Carpe diem y lo dejo en alguno de sus primeros libros de cuentos. Tomo Las nueve y media y lo meto en Historias de amor. Y si a la editorial rechaza el inmejorable pasquín de setenta y nueve páginas, que se joda.

Finalmente, con toda esta juguetona elucubración de entusiasta obseso, lo que realmente quiero expresar es: desde que estoy metido en esto de la literatura, Rubem Fonseca siempre ha sido mi lugar seguro ante cualquier tipo de crisis, ante el agobio y hastío que me producen los figurines que infestan los cafés del centro de la ciudad, ante los textos pretenciosos que se chorrean en adjetivos y vacuidad, ante la ausencia de imágenes valederas en una ciudad que a veces parece no tener más que sordidez grisácea. Ojalá Fonseca viva y escriba hasta los cien años.

Este es el videoclip que resume la tercera sesión de Narrativa Última, la cual se realizó en Luziernaga Café Libro el pasado jueves 24 de septiembre de 2009, con la participación de las escritoras Alejandra López, Lina Vanegas, Margarita Posada y Marta Orrantia.

By Alejandro Cortés

RESURRECCIONES

Para hablar con un asesor, marque 1.
Para hablar con un asistente del asesor, marque 2.
Para hablar con cualquiera que le pueda ayudar, marque 3.
Para hablar con alguien que no le pueda ayudar, marque 4.
Para hablar con alguien que no le pueda ayudar y que además sea redactor, marque 5.
Para hablar con alguien que no le pueda ayudar y que además sea poeta, marque 6.
Para hablar con alguien que no le pueda ayudar y que además sea el  arquero con la portería más vencida, marque 66.
Para hablar con alguien que no le pueda ayudar y que además sea cantante jubilado de metal, marque 666.
Si no quiere hablar con ninguno de ellos pero le urge no recibir ayuda, permanezca en la línea y nos ignoraremos mutuamente.

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MONSTRUO DE MAR

Para matar las horas de pánico durante las tormentas
algunos marinos prefieren recordar sus amores impracticables,
acompañan la lobreguez torrencial
con órdenes burladas y litros de vodka.

El más joven de los navíos hace el servicio de mesa
improvisando la etiqueta con las copas robadas
de la recámara del capitán,
y parece que lo hace bien
porque todos sentimos que una nueva música
estaña las voces guturales del mar.

La mesa de los que recuerdan sus desengaños
es la que más rápido consume su licor,
yo prefiero estar en la mesa del fondo
riéndome de la angustia que no me corresponde;
todos sabemos que tendremos la misma muerte,
pero es más divertido pensar que terminaremos en una orgía con tres sirenas
y no en las fauces de un tierno ballenato.

Nosotros, los valientes de la mesa del fondo,
no queremos recordar a nadie.
No en estos momentos
en que la ansiedad por haber sido memorables para alguien
se exacerba inusitadamente.
Esta es nuestra fiesta de despedida,
una hermandad sumergida
en la salinidad de su propio océano,
donde el loco que ve monstruos
me acusa de tener la frialdad de uno de esos reptiles milenarios.
Me entretiene que pueda tener razón.

Siempre me sentí como una especie de lagarto
que aguarda días, semanas y meses por una presa
jugosa para no compartir en su pantano;
un engendro mimético
que se camufla en la fastuosidad de su víctima
para desgarrarla de un solo bocado
desangrándola hasta dejarla a merced de los buitres,
un reptante sin manada,
un asesino que ríe porque no encuentra a su sombra.

Eso explicaría el por qué no me interesa que mis fallidas víctimas me recuerden,
el por qué no temo a quedar a la deriva
en un océano para el que soy anfibio,
el por qué mi lengua bífida inmoviliza a otras especies,
el por qué mi sangre mantiene su hielo sempiterno,
el por qué ataco grupos alejados y no mesas copadas,
el por qué tomo el sol de la mañana y cazo en las noches
logrando que todos piensen que soy un animal diurno.

El sol ha comenzado a entrar sobre la proa;
llega hasta la mesa de los que recordaron sus absurdos sentimentales,
obviamente ebrios de vodka y de atrición;
la tormenta de anoche ahora es otra historia de bitácora
y todos empiezan a despertar con el júbilo del sobreviviente
calentándoles las venas;
se abrazan a la esperanza de poder seguir
sumergiendo sus vidas,
yo los abrazo,
pero mi sangre sigue fría.

El mar en calma - Gustave Courbet - 1869

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ORNITOLOGÍA NOCTURNA

A las aves que escogen volar de noche no les gustan las bienvenidas.
Habitualmente llegan cuando uno entra en el clímax
de las palabras fallidas,
aguardando a que permitamos que otro que vive dentro de uno
empiece a invocarlas.

Otras veces,
uno las espera por horas,
uno se fuma un cigarro, va al baño y vuelve a esperar,
pero apenas tiene difusas noticias de los vientos que las pueden traer hasta acá.
En tanto,
se prepara un nido plácido
con vino añejo y galletitas de vainilla,
pero así son las visitas,
sobre todo cuando vienen de un país que no tiene geografía.
Uno finge mirar para otro lado
escudándolas en miles de odiseas,
pero sólo el cielo sabe en qué lupanar etéreo están acicalando sus miserias.

Al levantar la mano derecha un coro de lobos comienza su sinfonía,
atacan los nobles pensamientos que nos quedan acerca del retraso
de estos plumíferos sinvergüenzas;
al bajar la mano, ellos callan,
y quedan en el fondo los pasos vacíos de todas las avenidas.

Estas aves no obedecen a los estudios de los ornitólogos,
no migran a tierras cálidas para su etapa de apareamiento.
Cuando son invocadas de día,
ocasionalmente vuelan sobre los impetuosos
cagándonos a carcajadas.
A veces tienen cantos poco confiables,
como si nos dijeran que las esperáramos para almorzar,
pero uno ya sabe que prefieren los lugares despoblados,
agrietados por baños de luna,
para alimentarse, fornicar y abandonar sus huevos.

Uno no se cansa de ponerles trampas,
de estudiar sus comportamientos,
a sabiendas de la profunda desolación
que deja saber tan poco sobre ellas
al final de cada jornada.

Y llega el punto en que uno decide abandonarlo todo
gritándoles con una voz enmohecida
que ya no las espera.
Que uno está despierto en la madrugada con un nido de vino y galletas
por el simple placer de desvelarse,
que se pueden devolver al maldito pantano de donde salieron,
que uno ya aprendió a vivir sin ellas,
que uno ha dejado de ser uno
y ha aceptado convertirse en uno de tantos mortales
que de día sólo hacen filas y pagan impuestos.
¿A quién le interesa un pájaro agorero con horario de meretriz,
capaz de abandonar sus huevos al más incauto de los bardos
para que termine sus versos?

Cuando salga el sol me exultaré en su presencia
y le diré que el reino de la luz,
el de los horarios de oficina,
el de los niños de colegio,
por fin me ha recuperado.
Que las noches no volverán a mantenerme en vela
con sus escandalosas pisadas de gato,
y que desde hoy renuncio a la tortuosa tarea ……

Un momento.
Algo está picoteando mi ventana.

Pájaros - Franz Marc - 1914

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TODOS COMETEMOS ERRORES

Cuando un médico mira hacia el cielo
está buscando en la asepsia de las nubes
el alma de su último paciente.

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George Orwell

By Raúl Harper

Hoy hace 6 décadas  murió el escritor británico George Orwell (Motihari, India, 25 de junio de 1903 – Londres, 21 de enero de 1950), reconocido mundialmente por sus novelas Animal Farm (Rebelión en la granja, 1945) y 1984 (1948).

Policía del Imperio Británico en Birmania; periodista, librero, comerciante y miliciano en la Guerra Civil Española; la obra de Orwell se enriqueció del variado rango de sus experiencias personales. Desde muy niño supo que quería ser escritor, y lo hizo, a pesar de las adversidades que se le presentaron hasta el final de sus días. No en vano escribió su obra maestra, 1984, estando ya enfermo de la tuberculosis que lo mantendría por años en un frágil estado de salud. En momentos de pobreza creyó haber fracasado, pero  su determinación pudo más. Escribió sobre su época, describió el mundo a través de sus vivencias y criticó las realidades políticas que le inquietaban (en especial el auge de los regímenes totalitarios). Su trabajo resultó visionario: el control casi absoluto sobre sus ciudadanos por parte de algunos gobiernos comunistas; el sistema de espionaje ECHELON, capaz de captar toda comunicación radial, telefónica, satelital o de correo electrónico; y hasta el gusto de fisgar la vida de otras personas que provocó el reality Big Brother* (Gran Hermano). Sesenta años han pasado, o más bien, nos han alcanzado.

*Personaje de la novela 1984 en que se inspiraron los credores del reality. Es un ser omnipresente que vigila todo lo que hacen los ciudadanos e imagen mediática del partido dominante.

Fotografía de una de las paredes de la habitación de la autora de la semblanza.

By Quime Atópica

En la pared de mi cuarto tengo una cita incompleta del último monólogo del Calígula de Albert Camus. Casi todas las personas que entran por primera vez me preguntan qué significa. Pero es difícil ponerlo en palabras.

“Luna” es tal vez una de las palabras más recurrentes en la literatura. Metáfora, motivo, meta. Yo como muchos la he usado como el empalagoso camino a la sonrisa del ser amado. También creo que la Luna va mucho más allá en nuestro inconsciente, por eso es también metáfora de locura y pasión desaforada.

Con Camus la Luna va más allá, por eso lo tengo en mi cuarto y lo veo todos los días. Tal vez en parte porque puedo comprender esa contradicción que expresaba a través de la Luna. Desde el principio fue toda una experiencia leer a Albert Camus, pero su Calígula me reventó la vida. La primera vez que me enfrenté a este autor tenía once años. No estaba lista, por supuesto. La segunda vez tenía catorce, cuando decidí retomar ese libro que años antes me había parecido aburrido. Era La muerte feliz. Aunque publicado póstumamente, es su primera novela. Cambió mi vida al punto que creí haber encontrado aquello que quería hacer por el resto de mis días: escribir.

Poco después fue inevitable rastrear afanosamente la obra de Camus, por lo que no fue difícil encontrar el Calígula. Estos dos textos –La muerte feliz y Calígula– fueron fundamentales. Gracias a ellos descubrí la filosofía, y hoy en día estoy haciendo mi pre-grado justamente en esa materia. Camus también me llevó a mi primer amor y a algunos de mis mejores amigos. En fin, todas estas son cosas importantes para mí, pero son pequeñas si queremos ver el verdadero alcance de los libros en nuestras vidas.

Sin embargo no todo es bello, y con eso volvemos a la Luna. Con el tiempo la metáfora de la Luna se me hizo más significativa. Calígula quiere la Luna, pero sabe que no puede tenerla. Calígula lo quiere todo: nada, es triste. Nunca es suficiente. Resulta que mi Luna es similar a la de Camus (tal vez también a la de Sartre), es esa eterna lucha entre una vida y otra, tenerlo todo, hacerlo todo. Filosofía y literatura son como dos caras de una moneda, vienen juntas pero no se encuentran nunca. Días de trasnocho pensando en ello, queriendo la Luna, llorando por ella. Morimos por ella.

Algunos dirán que Camus fue un maestro combinando ambas cosas, que tal vez su Luna era algo más trascendental. Él se desvivía por la literatura sin poder huirle a la filosofía. Es una maldición como la de los súper-héroes que necesitan tener dos personalidades, dos vidas, dos mundos, y tienen que mantenerlos separados en tanto sea posible. Al igual que yo, Camus descubrió ambas cosas a una edad temprana, aún en la escuela. Y al igual que yo decidió enfocar sus estudios en la filosofía pero –al igual que yo– sufría de una incontrolable necesidad de escribir literatura.

Claro, él nació talentoso, tampoco es que seamos lo mismo y las circunstancias también cambian. Hay diferencias notorias. Él era un hombre atlético que podría pasar por otro “rebelde sin causa” hollywoodense sin ningún problema. También tuvo que luchar contra la enfermedad. La tuberculosis lo atormentó por años y le impidió seguir jugando fútbol, cosa para la que tenía mucha “gracia” –para nosotros sus fanáticos, la enfermedad fue un hecho afortunado, de no ser por esto la vida de Camus habría estado en el fútbol profesional argelino. Por mi parte, nunca podría pasar por diva de Hollywood –ni siquiera si le vendiera mi alma al diablo–, prefiero ver fútbol que jugarlo y también he tenido la suerte de no sufrir ninguna enfermedad que amenace mi vida.

Además él era un maldito de buenas (yo soy una “bendita” de malas). Nació pobre pero sus tíos ricos lo patrocinaban (querían que heredara la carnicería, pobres ilusos). Se casó cuando le dio la gana, mientras su suegra le pagaba el alquiler de donde vivía con su querida S. Así que el señor Camus a sus 20 años ya era independiente del seno materno (o de sus tíos o lo que fuera) y podía hacer lo que quería con su tiempo, sin miedo a quedarse en la calle…

He sido injusta, lo estoy poniendo como un papanatas con vida de rico. La verdad es que trabajaba dando clases particulares de filosofía porque en esa época la gente se preocupaba un poco más por parecer menos burra de lo que era. Y su amadísima S. también era un problema, porque resulta que la suegra de Camus era psicóloga, y se le ocurrió la brillante idea de aliviar los cólicos menstruales de su hija con morfina. Supongo que no tengo que decirles qué fue lo que pasó después, ya se imaginarán el suplicio que era para Camus que su esposa fuera una drogadicta casi desquiciada desde antes de que se casaran.

No vale la pena que me derrame en detalles sobre su vida. Biografías no sólo hay muchas, sino que son tan completas y entretenidas como un especial de E! Lo correcto en este momento es confesar que también he sido demasiado arrogante. La Luna de Camus no es estática. En otras palabras, yo quiero creer que compartíamos una Luna aunque hay miles. No tienen por qué ser más profundas o trascendentales. La vida de Albert Camus se vio tan llena de contradicciones que era normal que llegara al absurdo a través de su filosofía, o a la imagen de la Luna en su literatura. Riqueza y pobreza, Argelia y Francia, amor y dolor, vida y muerte. La dualidad no era un cliché en ese entonces, se volvió uno cuando Camus nos hizo conscientes de nuestra existencia. La Luna de Camus estaba llena de cosas dispares que se repelían al tiempo que se perseguían mutuamente, la mía también, todos tenemos ese color de lo absurdo en lo que deseamos. Nadie puede evitar que alrededor de nuestra humanidad miles de Lunas orbiten. Nos derrumbaríamos en el vacío si no lo hicieran.

Hoy, 4 de enero de 2010, cuando termino de escribir esto, se cumplen 50 años de la muerte del hombre del que les he hablado. Es difícil encontrar figuras en la literatura que sean tan notables, y no lo digo por lo que escribía sino por el tipo de persona que era. Pero eso sólo lo puede entender alguien que lo haya leído. De la misma manera, las palabras en la pared de mi cuarto sólo puede entenderlas quien haya descubierto su propia Luna, tal vez un borracho, tal vez un loco, o como yo, tal vez un αφελής demasiado arrogante.

Archivo particular

By Jorge Franco

Claro que me acuerdo del recorte y del vacío que sentí al imaginarme la ausencia de Clemencia. «¿Se acuerda, Agustín, se acuerda?» Ahora me extiende la carta para recordármelo. «El aviso decía “Viaje gratis” y yo lo recorté para preguntarle a usted qué pensaba. Es para trabajar en otro país.» Le ofrecen realizar su sueño a cambio de un trabajo que ya nadie quiere realizar en los países del norte. Lleva diez años cuidándome, arreglándome la ropa, cocinando mis caprichos, alejando el polvo de mis pulmones, poniéndole sonido a esta casa para compensar mi mudez. «Imagínese, Agustín, me consiguen la visa, me dan el pasaje, me consiguen una familia. Lo único que piden es que uno se le mida al trabajo y usted sabe que yo para eso soy como una abeja.» Antes decía que trabajaba como una mula. Me costó trabajo hacerle entender que había otros animales igualmente laboriosos pero con una connotación más ingeniosa. Cuando llegó apenas podía leer las palabras más simples. Yo necesitaba que alguien hiciera mil cosas por mí. Alguien tendría que pagar mis cuentas, hacer mis compras, encargarse del mundo de afuera. Me gustaba, se veía diligente y simpática, a pesar de su edad se notaba madura, pero casi no sabía leer. Fue más fácil enseñarle que encontrar a otra que me convenciera más. Se quedó conmigo y finalmente aprendió que era más bello trabajar como las abejas.

«Anoche no pude dormir. Me entró un susto por todas partes al imaginarme sola en otro país. Yo no hablo inglés y aunque usted diga lo contrario, yo soy muy bruta. Y si no me gusta la familia,  y si son groseros o aburridores o qué sé yo, y ellos hablándome y yo sin entender. Agustín… yo quisiera unos patrones como usted.» Clemencia llegó puntual al peor momento de mi vida. Los años me sorprendieron con la soledad y me dejaron como única alternativa pagar para tener compañía. Muchas enfermeras, asistentes, mucamas empujaron las ruedas de esta silla con la intención de lidiarme. A ninguno le vi disposición en el alma; más bien tenían afán en su bolsillo. Ella por el contrario, no le mostró ganas al trabajo; vino porque pensó que necesitábamos una cocinera, se disculpó, se despidió, pero a mí me gustó su presencia ingenua.

«Mi prima, la que viene los domingos, me dijo que le encantaría reemplazarme. De tanto oírme ya lo conoce tanto como yo. Inclusive ya le enseñé algunas de sus señas, se van a entender rápido, usted ya la conoce, mejor dicho, de usted depende. Claro que lo mío todavía no es definitivo, todavía falta lo de la visa.» Al igual que su viaje, las cosas siempre le llegaron sin rogarlas. Clemencia llegó oportuna y de eso me daba fe su nombre. Clemencia era lo que yo necesitaba. «Yo le voy a escribir todas las semanas. Le voy a mandar fotos de la casa y de mi nueva familia. Voy a venir todos los diciembres para que pasemos juntos la Navidad. Le voy a traer un sombrero inglés, un abrigo para el frío y una caja de pañuelos blancos con sus iniciales en el borde. Le dije a mi prima que me mantuviera al tanto. Ella escribe muy bien. Que me cuente de su salud, que me mande sus razones. Usted es la única persona que yo tengo Agustín. Pero tranquilo, todavía falta lo de la visa.»

Mis pies son estas ruedas, mi único sitio es esta silla, mis palabras son un tablero sobre las rodillas. Mis deseos son garabatos hechos con tiza, mi contacto con el mundo es un televisor, un radio que me adormece, un periódico que no logro sostener y los mismos libros que Clemencia me ha leído tantas veces. Las comidas llegan a mi boca gracias a una mano ajena, caritativa, una cuchara que se desborda en su recorrido, un vaso que se derrama, un babero que recoge migas y goteras. Mi vida es esto, mis horas: las que me quedan para morir, las que le descuento a los cinco años que me faltan para irme. Me lo dijo Dios la única noche que le hablé.

«Los de la visa me preguntaron hasta cuándo me iba a quedar. Yo me había memorizado todo lo que tenía que contestar. Les mostré la carta de los Smith y les dije que ellos me estaban esperando con urgencia. Yo creo que los convencí. El gringo hasta me picó el ojo cuando salí.» Siempre traté de que mi mirada no le dijera nada aunque a falta de palabras ella aprendió a leerme los ojos. No quería delatarme. Cuando los sentimientos son tan fuertes es imposible ocultarlos. El día que se me cruzó la idea por la cabeza me dio hasta risa.  Yo, Clemencia, todo ese cuento. Después quise borrarlo todo, pero decidí que ya viejo podría permitirme una última ilusión. «Los de la visa insisten, quieren una recomendación firmada por usted. El novio de mi prima trabaja en una oficina y él mismo me escribió la carta. Mírela, si quedó tan bien hecha que no me la van a creer. Dice que usted es el responsable de mí, que si hay algún problema se comuniquen con usted, que me conoce hace diez años, que me tiene confianza, en fin. Firme aquí por favor.» ¿Confianza? Tendría que confesarles que ella es lo más importante que me ha sucedido al final de la vida, que es la música de esta casa. Les admitiría que no quiero que se vaya pero que tampoco puedo retenerla. Ya no es la niña que llegó hace años, tímida y miedosa, ahora es una mujercita que busca encontrar su vida, lejos de esta casa húmeda y empolvada, lejos de este silencio. Les exigiría que me la cuidaran como a la más valiosa, que si algo le llegara a pasar recuperaría el habla y mis piernas para encontrar culpables.

«Me puse contenta y triste cuando me dieron la visa. Usted ya sabe por qué. Todo está listo, Agustín. Pero tranquilo, todavía falta que me manden el pasaje.»

¡El baño, Clemencia! ¿Qué va a pasar con mi baño? No me atrevo a que alguien más me vea desnudo. ¿Cómo decírtelo sin caer en el ridículo? No podría con otra mano lavando mi cuerpo. Sólo tú sabes impregnar la toalla con la cantidad justa de agua, ponerla donde no molesta, donde no ofende o donde se puede sentir algún alivio. Cualquiera podría cocinar, lavar mi ropa, entender mis gestos, pero el baño, Clemencia, es tan íntimo, tan de los dos. Cómo decírtelo. «Hay algo que tengo que decirle, Agustín, pero me da vergüenza. Con todos estos atafagos a uno no le queda tiempo de pensar en nada, y yo pues, no había pensado en lo del avión. Yo nunca he montado en avión, Agustín. Con las cosas tan horribles que uno oye.» El hombre ha sido muy ambicioso, no quiere atarse a la ley natural. Cómo explicártelo con garabatos. «Yo estuve averiguando, pero ya no van barcos a Inglaterra. No desde aquí. Mi prima dice que lo único es rezar. El novio de ella dice que lo mejor es emborracharse. Yo no sé qué hacer. Tal vez rezar borracha.» Esa risa tuya, Clemencia, es como una ventana abierta. Espero que la memoria me la conceda por cinco años más. Tengo la foto tuya del parque, la única, tú montada en un burro disecado y en una carcajada que te deforma la cara. Una Polaroid lavada y amarillenta. Voy a pegarla detrás del tablero, cuando te vayas, para desafligir los ratos de impaciencia.

«Vengo a pedirle un permiso. Es que hoy toca hacer mercado pero me llamaron de la agencia, ya puedo ir por el pasaje. Mañana, entonces, voy a mercar con mi prima para que ella aprenda de una vez dónde se compran las cosas.» Tómate el tiempo que quieras. Gástate un mes en la limpieza, otro mes en las compras, todos los días que quieras en el mercado. Demórate cinco años en tus quehaceres. Podrías esperarme para irnos juntos, tú a tu viaje y yo a mi muerte. Cinco años no son nada en tu juventud, no son mucho para un comienzo. Vámonos juntos, Clemencia, así duelen menos las despedidas. «Ya me voy.» ¡No! Vámonos juntos. «Ya nos vamos.» Cada uno a donde quiera irse. «Me voy, Agustín.» No puedo acompañarte, sólo pretendo que ninguno se quede solo. «Vamos a ir primero a la placita a comprar unas flores, después paso a comprar alpiste, recojo su vestido en la lavandería, voy a la farmacia por jeringas, y ya después voy por el mercado; si le huele a comida no se preocupe que es el arroz que lo dejé en lento. ¿Hay algo más que necesite?» Me dan celos de la calle cada vez que te veo salir. Te pones contenta y bonita cuando resultan cosas para hacer afuera. Pienso en las sonrisas que te dan y en las que correspondes, en el viento indiscreto que te hace mostrar más de lo que yo conozco, puedo escuchar tu acento coqueto con el que logras alguna rebaja y la risa con la que celebras. Me irrita el permanente temor de que algún día alguien te enamore y no regreses, que ni siquiera vengas por tus cosas y te vayas sin despedirte.

Su prima regresó sola. Dice que fueron a la placita y que Clemencia quería comprar girasoles, pero le parecieron muy caros y peleó con la florista. Compró astromelias amarillas. Luego pasaron por la tienda de mascotas por la comida de los canarios y Clemencia de enamoró de un periquito rojo. Me dice que después fueron a la lavandería y que Clemencia reclamó por dos arrugas que le quedaron a mi vestido. Dice que se les olvidó ir a la farmacia pero que en el mercado buscarían las jeringas. Me cuenta, en medio de un llanto cortado, que salieron del mercado con las bolsas llenas y que caminaron un poco para buscar un taxi y que allí, mientras esperaban, oyeron un tiroteo cerca pero que no lograron ubicar, y que después se armó una confusión de balas y de gritos. Poco le entiendo, pero entre sus lamentos incomprensibles puedo descifrar que Clemencia cayó al piso sangrando por el pecho, enrollada en flores salpicadas y acolchonada por los tomates frescos que no resistieron el peso de su cuerpo.

Hubo más muertos en esa ruleta loca pero ella es la única que me importa. Cómo quisiera tener fuerza en las manos para estrangular este dolor y poder acompañarla. Se trataba de partir juntos. Pobre niña mía; sólo le dieron la mitad de su pasaje.

* Viaje gratis pertenece al libro Maldito amor de Jorge Franco, publicado por Seix Barral.

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