Fotografía de una de las paredes de la habitación de la autora de la semblanza.

By Quime Atópica

En la pared de mi cuarto tengo una cita incompleta del último monólogo del Calígula de Albert Camus. Casi todas las personas que entran por primera vez me preguntan qué significa. Pero es difícil ponerlo en palabras.

“Luna” es tal vez una de las palabras más recurrentes en la literatura. Metáfora, motivo, meta. Yo como muchos la he usado como el empalagoso camino a la sonrisa del ser amado. También creo que la Luna va mucho más allá en nuestro inconsciente, por eso es también metáfora de locura y pasión desaforada.

Con Camus la Luna va más allá, por eso lo tengo en mi cuarto y lo veo todos los días. Tal vez en parte porque puedo comprender esa contradicción que expresaba a través de la Luna. Desde el principio fue toda una experiencia leer a Albert Camus, pero su Calígula me reventó la vida. La primera vez que me enfrenté a este autor tenía once años. No estaba lista, por supuesto. La segunda vez tenía catorce, cuando decidí retomar ese libro que años antes me había parecido aburrido. Era La muerte feliz. Aunque publicado póstumamente, es su primera novela. Cambió mi vida al punto que creí haber encontrado aquello que quería hacer por el resto de mis días: escribir.

Poco después fue inevitable rastrear afanosamente la obra de Camus, por lo que no fue difícil encontrar el Calígula. Estos dos textos –La muerte feliz y Calígula– fueron fundamentales. Gracias a ellos descubrí la filosofía, y hoy en día estoy haciendo mi pre-grado justamente en esa materia. Camus también me llevó a mi primer amor y a algunos de mis mejores amigos. En fin, todas estas son cosas importantes para mí, pero son pequeñas si queremos ver el verdadero alcance de los libros en nuestras vidas.

Sin embargo no todo es bello, y con eso volvemos a la Luna. Con el tiempo la metáfora de la Luna se me hizo más significativa. Calígula quiere la Luna, pero sabe que no puede tenerla. Calígula lo quiere todo: nada, es triste. Nunca es suficiente. Resulta que mi Luna es similar a la de Camus (tal vez también a la de Sartre), es esa eterna lucha entre una vida y otra, tenerlo todo, hacerlo todo. Filosofía y literatura son como dos caras de una moneda, vienen juntas pero no se encuentran nunca. Días de trasnocho pensando en ello, queriendo la Luna, llorando por ella. Morimos por ella.

Algunos dirán que Camus fue un maestro combinando ambas cosas, que tal vez su Luna era algo más trascendental. Él se desvivía por la literatura sin poder huirle a la filosofía. Es una maldición como la de los súper-héroes que necesitan tener dos personalidades, dos vidas, dos mundos, y tienen que mantenerlos separados en tanto sea posible. Al igual que yo, Camus descubrió ambas cosas a una edad temprana, aún en la escuela. Y al igual que yo decidió enfocar sus estudios en la filosofía pero –al igual que yo– sufría de una incontrolable necesidad de escribir literatura.

Claro, él nació talentoso, tampoco es que seamos lo mismo y las circunstancias también cambian. Hay diferencias notorias. Él era un hombre atlético que podría pasar por otro “rebelde sin causa” hollywoodense sin ningún problema. También tuvo que luchar contra la enfermedad. La tuberculosis lo atormentó por años y le impidió seguir jugando fútbol, cosa para la que tenía mucha “gracia” –para nosotros sus fanáticos, la enfermedad fue un hecho afortunado, de no ser por esto la vida de Camus habría estado en el fútbol profesional argelino. Por mi parte, nunca podría pasar por diva de Hollywood –ni siquiera si le vendiera mi alma al diablo–, prefiero ver fútbol que jugarlo y también he tenido la suerte de no sufrir ninguna enfermedad que amenace mi vida.

Además él era un maldito de buenas (yo soy una “bendita” de malas). Nació pobre pero sus tíos ricos lo patrocinaban (querían que heredara la carnicería, pobres ilusos). Se casó cuando le dio la gana, mientras su suegra le pagaba el alquiler de donde vivía con su querida S. Así que el señor Camus a sus 20 años ya era independiente del seno materno (o de sus tíos o lo que fuera) y podía hacer lo que quería con su tiempo, sin miedo a quedarse en la calle…

He sido injusta, lo estoy poniendo como un papanatas con vida de rico. La verdad es que trabajaba dando clases particulares de filosofía porque en esa época la gente se preocupaba un poco más por parecer menos burra de lo que era. Y su amadísima S. también era un problema, porque resulta que la suegra de Camus era psicóloga, y se le ocurrió la brillante idea de aliviar los cólicos menstruales de su hija con morfina. Supongo que no tengo que decirles qué fue lo que pasó después, ya se imaginarán el suplicio que era para Camus que su esposa fuera una drogadicta casi desquiciada desde antes de que se casaran.

No vale la pena que me derrame en detalles sobre su vida. Biografías no sólo hay muchas, sino que son tan completas y entretenidas como un especial de E! Lo correcto en este momento es confesar que también he sido demasiado arrogante. La Luna de Camus no es estática. En otras palabras, yo quiero creer que compartíamos una Luna aunque hay miles. No tienen por qué ser más profundas o trascendentales. La vida de Albert Camus se vio tan llena de contradicciones que era normal que llegara al absurdo a través de su filosofía, o a la imagen de la Luna en su literatura. Riqueza y pobreza, Argelia y Francia, amor y dolor, vida y muerte. La dualidad no era un cliché en ese entonces, se volvió uno cuando Camus nos hizo conscientes de nuestra existencia. La Luna de Camus estaba llena de cosas dispares que se repelían al tiempo que se perseguían mutuamente, la mía también, todos tenemos ese color de lo absurdo en lo que deseamos. Nadie puede evitar que alrededor de nuestra humanidad miles de Lunas orbiten. Nos derrumbaríamos en el vacío si no lo hicieran.

Hoy, 4 de enero de 2010, cuando termino de escribir esto, se cumplen 50 años de la muerte del hombre del que les he hablado. Es difícil encontrar figuras en la literatura que sean tan notables, y no lo digo por lo que escribía sino por el tipo de persona que era. Pero eso sólo lo puede entender alguien que lo haya leído. De la misma manera, las palabras en la pared de mi cuarto sólo puede entenderlas quien haya descubierto su propia Luna, tal vez un borracho, tal vez un loco, o como yo, tal vez un αφελής demasiado arrogante.

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