Relatos


Archivo particular

By Jorge Franco

Claro que me acuerdo del recorte y del vacío que sentí al imaginarme la ausencia de Clemencia. «¿Se acuerda, Agustín, se acuerda?» Ahora me extiende la carta para recordármelo. «El aviso decía “Viaje gratis” y yo lo recorté para preguntarle a usted qué pensaba. Es para trabajar en otro país.» Le ofrecen realizar su sueño a cambio de un trabajo que ya nadie quiere realizar en los países del norte. Lleva diez años cuidándome, arreglándome la ropa, cocinando mis caprichos, alejando el polvo de mis pulmones, poniéndole sonido a esta casa para compensar mi mudez. «Imagínese, Agustín, me consiguen la visa, me dan el pasaje, me consiguen una familia. Lo único que piden es que uno se le mida al trabajo y usted sabe que yo para eso soy como una abeja.» Antes decía que trabajaba como una mula. Me costó trabajo hacerle entender que había otros animales igualmente laboriosos pero con una connotación más ingeniosa. Cuando llegó apenas podía leer las palabras más simples. Yo necesitaba que alguien hiciera mil cosas por mí. Alguien tendría que pagar mis cuentas, hacer mis compras, encargarse del mundo de afuera. Me gustaba, se veía diligente y simpática, a pesar de su edad se notaba madura, pero casi no sabía leer. Fue más fácil enseñarle que encontrar a otra que me convenciera más. Se quedó conmigo y finalmente aprendió que era más bello trabajar como las abejas.

«Anoche no pude dormir. Me entró un susto por todas partes al imaginarme sola en otro país. Yo no hablo inglés y aunque usted diga lo contrario, yo soy muy bruta. Y si no me gusta la familia,  y si son groseros o aburridores o qué sé yo, y ellos hablándome y yo sin entender. Agustín… yo quisiera unos patrones como usted.» Clemencia llegó puntual al peor momento de mi vida. Los años me sorprendieron con la soledad y me dejaron como única alternativa pagar para tener compañía. Muchas enfermeras, asistentes, mucamas empujaron las ruedas de esta silla con la intención de lidiarme. A ninguno le vi disposición en el alma; más bien tenían afán en su bolsillo. Ella por el contrario, no le mostró ganas al trabajo; vino porque pensó que necesitábamos una cocinera, se disculpó, se despidió, pero a mí me gustó su presencia ingenua.

«Mi prima, la que viene los domingos, me dijo que le encantaría reemplazarme. De tanto oírme ya lo conoce tanto como yo. Inclusive ya le enseñé algunas de sus señas, se van a entender rápido, usted ya la conoce, mejor dicho, de usted depende. Claro que lo mío todavía no es definitivo, todavía falta lo de la visa.» Al igual que su viaje, las cosas siempre le llegaron sin rogarlas. Clemencia llegó oportuna y de eso me daba fe su nombre. Clemencia era lo que yo necesitaba. «Yo le voy a escribir todas las semanas. Le voy a mandar fotos de la casa y de mi nueva familia. Voy a venir todos los diciembres para que pasemos juntos la Navidad. Le voy a traer un sombrero inglés, un abrigo para el frío y una caja de pañuelos blancos con sus iniciales en el borde. Le dije a mi prima que me mantuviera al tanto. Ella escribe muy bien. Que me cuente de su salud, que me mande sus razones. Usted es la única persona que yo tengo Agustín. Pero tranquilo, todavía falta lo de la visa.»

Mis pies son estas ruedas, mi único sitio es esta silla, mis palabras son un tablero sobre las rodillas. Mis deseos son garabatos hechos con tiza, mi contacto con el mundo es un televisor, un radio que me adormece, un periódico que no logro sostener y los mismos libros que Clemencia me ha leído tantas veces. Las comidas llegan a mi boca gracias a una mano ajena, caritativa, una cuchara que se desborda en su recorrido, un vaso que se derrama, un babero que recoge migas y goteras. Mi vida es esto, mis horas: las que me quedan para morir, las que le descuento a los cinco años que me faltan para irme. Me lo dijo Dios la única noche que le hablé.

«Los de la visa me preguntaron hasta cuándo me iba a quedar. Yo me había memorizado todo lo que tenía que contestar. Les mostré la carta de los Smith y les dije que ellos me estaban esperando con urgencia. Yo creo que los convencí. El gringo hasta me picó el ojo cuando salí.» Siempre traté de que mi mirada no le dijera nada aunque a falta de palabras ella aprendió a leerme los ojos. No quería delatarme. Cuando los sentimientos son tan fuertes es imposible ocultarlos. El día que se me cruzó la idea por la cabeza me dio hasta risa.  Yo, Clemencia, todo ese cuento. Después quise borrarlo todo, pero decidí que ya viejo podría permitirme una última ilusión. «Los de la visa insisten, quieren una recomendación firmada por usted. El novio de mi prima trabaja en una oficina y él mismo me escribió la carta. Mírela, si quedó tan bien hecha que no me la van a creer. Dice que usted es el responsable de mí, que si hay algún problema se comuniquen con usted, que me conoce hace diez años, que me tiene confianza, en fin. Firme aquí por favor.» ¿Confianza? Tendría que confesarles que ella es lo más importante que me ha sucedido al final de la vida, que es la música de esta casa. Les admitiría que no quiero que se vaya pero que tampoco puedo retenerla. Ya no es la niña que llegó hace años, tímida y miedosa, ahora es una mujercita que busca encontrar su vida, lejos de esta casa húmeda y empolvada, lejos de este silencio. Les exigiría que me la cuidaran como a la más valiosa, que si algo le llegara a pasar recuperaría el habla y mis piernas para encontrar culpables.

«Me puse contenta y triste cuando me dieron la visa. Usted ya sabe por qué. Todo está listo, Agustín. Pero tranquilo, todavía falta que me manden el pasaje.»

¡El baño, Clemencia! ¿Qué va a pasar con mi baño? No me atrevo a que alguien más me vea desnudo. ¿Cómo decírtelo sin caer en el ridículo? No podría con otra mano lavando mi cuerpo. Sólo tú sabes impregnar la toalla con la cantidad justa de agua, ponerla donde no molesta, donde no ofende o donde se puede sentir algún alivio. Cualquiera podría cocinar, lavar mi ropa, entender mis gestos, pero el baño, Clemencia, es tan íntimo, tan de los dos. Cómo decírtelo. «Hay algo que tengo que decirle, Agustín, pero me da vergüenza. Con todos estos atafagos a uno no le queda tiempo de pensar en nada, y yo pues, no había pensado en lo del avión. Yo nunca he montado en avión, Agustín. Con las cosas tan horribles que uno oye.» El hombre ha sido muy ambicioso, no quiere atarse a la ley natural. Cómo explicártelo con garabatos. «Yo estuve averiguando, pero ya no van barcos a Inglaterra. No desde aquí. Mi prima dice que lo único es rezar. El novio de ella dice que lo mejor es emborracharse. Yo no sé qué hacer. Tal vez rezar borracha.» Esa risa tuya, Clemencia, es como una ventana abierta. Espero que la memoria me la conceda por cinco años más. Tengo la foto tuya del parque, la única, tú montada en un burro disecado y en una carcajada que te deforma la cara. Una Polaroid lavada y amarillenta. Voy a pegarla detrás del tablero, cuando te vayas, para desafligir los ratos de impaciencia.

«Vengo a pedirle un permiso. Es que hoy toca hacer mercado pero me llamaron de la agencia, ya puedo ir por el pasaje. Mañana, entonces, voy a mercar con mi prima para que ella aprenda de una vez dónde se compran las cosas.» Tómate el tiempo que quieras. Gástate un mes en la limpieza, otro mes en las compras, todos los días que quieras en el mercado. Demórate cinco años en tus quehaceres. Podrías esperarme para irnos juntos, tú a tu viaje y yo a mi muerte. Cinco años no son nada en tu juventud, no son mucho para un comienzo. Vámonos juntos, Clemencia, así duelen menos las despedidas. «Ya me voy.» ¡No! Vámonos juntos. «Ya nos vamos.» Cada uno a donde quiera irse. «Me voy, Agustín.» No puedo acompañarte, sólo pretendo que ninguno se quede solo. «Vamos a ir primero a la placita a comprar unas flores, después paso a comprar alpiste, recojo su vestido en la lavandería, voy a la farmacia por jeringas, y ya después voy por el mercado; si le huele a comida no se preocupe que es el arroz que lo dejé en lento. ¿Hay algo más que necesite?» Me dan celos de la calle cada vez que te veo salir. Te pones contenta y bonita cuando resultan cosas para hacer afuera. Pienso en las sonrisas que te dan y en las que correspondes, en el viento indiscreto que te hace mostrar más de lo que yo conozco, puedo escuchar tu acento coqueto con el que logras alguna rebaja y la risa con la que celebras. Me irrita el permanente temor de que algún día alguien te enamore y no regreses, que ni siquiera vengas por tus cosas y te vayas sin despedirte.

Su prima regresó sola. Dice que fueron a la placita y que Clemencia quería comprar girasoles, pero le parecieron muy caros y peleó con la florista. Compró astromelias amarillas. Luego pasaron por la tienda de mascotas por la comida de los canarios y Clemencia de enamoró de un periquito rojo. Me dice que después fueron a la lavandería y que Clemencia reclamó por dos arrugas que le quedaron a mi vestido. Dice que se les olvidó ir a la farmacia pero que en el mercado buscarían las jeringas. Me cuenta, en medio de un llanto cortado, que salieron del mercado con las bolsas llenas y que caminaron un poco para buscar un taxi y que allí, mientras esperaban, oyeron un tiroteo cerca pero que no lograron ubicar, y que después se armó una confusión de balas y de gritos. Poco le entiendo, pero entre sus lamentos incomprensibles puedo descifrar que Clemencia cayó al piso sangrando por el pecho, enrollada en flores salpicadas y acolchonada por los tomates frescos que no resistieron el peso de su cuerpo.

Hubo más muertos en esa ruleta loca pero ella es la única que me importa. Cómo quisiera tener fuerza en las manos para estrangular este dolor y poder acompañarla. Se trataba de partir juntos. Pobre niña mía; sólo le dieron la mitad de su pasaje.

* Viaje gratis pertenece al libro Maldito amor de Jorge Franco, publicado por Seix Barral.

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Obra de Jake y Dinos, los hermanos Chapman

By Adolfo Villafuerte

Siempre le dije a mi papá que quería ser un escritor famoso y vender muchos libros. Pero él se preocupaba y me decía que no pensara en esas cosas todavía.

Ese día me encontré con Laura en la cafetería del cine, una pecosita de 10 años. Yo estaba muy emocionado porque nunca lo había hecho con una niña mayor a mí. La función empezaba en 15 minutos, así que me la llevé rápido al cuartito donde el conserje del cine guardaba las escobas. El cuarto era oscuro y pequeñito. Quité un balde del mesón de baldosa y puse a Laura en él y le subí la falda hasta la cintura y le froté la nariz en la vulva hasta que se le encalaron las bragas que luego arranqué a dentelladas para verle la raja lampiña que penetré con el meñique para que no le doliera y no fuera traumático y de verdad se excitara y se emparamara; tal como lo hizo. Después metí las manos por debajo de sus muslos y mientras le separaba los labios mayores con los dedos del medio la levantaba con los antebrazos; ella era flaquita y yo muy fuerte y vi cómo la raja le chorreaba de algo espeso y entonces moví a Laura en círculos en el aire para hacer figuritas en las baldosas con el hilito de cosa espesa. Después boté a Laura de espaldas en el piso y le embutí el trapero en la boca para que se asfixiara con las hilachas encaladas de meados de los baños del cine. Cuando Laura dejó de moverse solté el palo del trapero y quedó erguido como el mástil donde izan la bandera todos los lunes en el colegio. Ya iba a empezar la película, así que le robé la entrada de Laura y pasé la lengua por las baldosas donde estaba su juguito. Las baldosas estaban muy frías y el juguito sabía como a de lulo pero sin azúcar. No me gustó. Volví a la cafetería del cine y me puse a buscar niñas a las que pudiera invitar con la entrada de Laura. Pensé que después de la película todavía tendría tiempo para hacer otras cositas, antes que mis papás me recojan. A ver si me vuelven a dejar en una matiné infantil.

Obra de Wim Delvoye

By Ingrid González

Todo es un proceso.

Esa es la primera conclusión que pude sacar después de la primera vez que vertí sangre ajena.

Me encontré a la mañana siguiente muy sucio, tenía ese líquido plasmático hasta en la boca, dentro de las uñas, a pesar de tenerlas muy cortas, se había anidado el desgraciado.

Yo no podía esperar más, entonces le boté el primer cuchillazo que cayó al azar en una costilla, hundiendo el filo doble entre sus cartílagos del tórax; el segundo, le arrancó una oreja, no me acuerdo cual con exactitud; el definitivo, en la garganta, y ya no me podían las fuerzas, el cuerpo no me daba para más faena. Todo es un proceso. Pensé, y me acosté a dormir.

Siempre he tenido sueños abstractos, raros. Sin embargo el de esa noche estuvo bastante claro, era de nuevo él, aquel parecido a una especie de ángel, no sé si hombre o mujer, pero en definitiva hermoso.

No decía nada, no movía ninguna facción del rostro tampoco. Era sublime, templado, fuerte, y al mismo tiempo se le notaba ciertos rasgos, ––quizás su lado femenino–– suaves, débiles, regios y un poco parcos. Estaba parado sobre una especie de tela color púrpura, el fondo del sueño siempre oscuro, y sólo me miraba. Así, me daba rabia, ira, por qué no me hablaba, yo podía sentir que tenía esa facultad; además de tener algo importante para decirme, y no hablaba, maldito. E inclusive parecía que me despertaba por eso mismo, el mal genio hacía que perdiera todo el sueño en la noche. Y esa noche ocurrió con exactitud lo mismo.

Estaba sudado, asqueroso, con los calzoncillos pegados a las nalgas, con la sábana adherida a la espalda, y a sorpresa mía era ya de madrugada. Me paré de la cama directo a la ducha, ahí me di cuenta del color que se iba encharcando en las baldosas, un color rojo desgastado. Sangre con agua.

Me dio mucho asco, corrí a bañarme los dientes después de la ducha. Lo mismo. Tenía la lengua y los dientes frontales rojos. Me cepillé cuatro veces seguidas, con enjuague bucal incluido. A veces me detenía en los movimientos de la muñeca con el cepillo, recordando el sueño, la locura de sueño, porque nada tenía que ver con la realidad.

Ahora el cuerpo, ¿qué hacer con el cadáver?, ¿dónde meterlo? Mientras me vestía pensaba sobre esto; mientras me preparaba el desayuno, mientras me lo comía…Por fin algo pasó por mi cabeza.

Me desnudé, luego extendí el plástico o la “pijama” color gris del carro en el patio de la casa. Hallé en el cuarto de las herramientas la motosierra, la miré con frialdad y para calmarme un poco la prendí antes e intente cortar un pedazo de madera que estaba al lado. Listo, ahora tenía puntería.

Coloqué el cuerpo boca arriba, traté de extenderle los cuatro miembros, pero ya se encontraba en rígor mortis, imposible. No me vestí de nuevo, iba a ser más trabajo, más sangre para quitar, en cambio, así empeloto todo se iría de nuevo por el sifón.

Lo miré, había sido la oreja derecha. Pobre, en definitiva, pobre y sin suerte a colmo de males; así como muchos hombres. Sin embargo no sentía nada de lastima por él.

Me miraba, los ojos estáticos, y de nuevo, el maldito asexual bello del sueño confuso apareció en mi cabeza. Se parecía al cadáver, por su silencio, por su cara en pause, sólo le faltaba el manto púrpura en lugar del ordinario pedazo de tela gris cubre metal. Busqué absurdo, aturdido, en cada armario de la casa, algo del color morado. Nada, nada, ¡malditas viejas de la familia! Ninguna tenía ni siquiera unos calzones morados, una pañoleta, algo, nada.

Yo tenía que poner ese cuerpo inerte sobre ese color, debía hacerlo, me imaginé el contraste de la muerte y la vida, como una posible oportunidad de combinarlas, y aún mejor, únicamente en mi cabeza, para mí. El cuerpo muerto sobre el color vivo del ángel, ¡perfecto! Me asomé por la terraza, era domingo y a esa hora de la mañana, pude concluir que la población colindante o estaba pasando una mañana de guayabo, o estaba rezándole a un muñeco de yeso, ¡aleluya!

Así sin ningún problema de pudor ajeno por mi desnudez salté a otra terraza donde sí encontré prendas púrpura: dos faldas largas. Robadas, ¿qué se pondrán las ancianitas el próximo domingo para que cuando se arrodillen no se les vean las concupiscencias?

Me dispuse a cortar las faldas por la mitad, quedaron extendidas a modo de “mantel” en el suelo. Acosté el cuerpo y sentí felicidad. Enfermo carnicero jugando con ángeles, colores sagrados y armamento quita partes.

Deslumbrante el cuadro que pinté esa mañana de oraciones foráneas, me encantó. El contraste con la piel pálida, rugosa, sobresalía el color del piso. Y en el fondo de mi obra, yo Dalí, yo cirujano, yo El Hacedor, yo el Diablo.

Arrastré la motosierra, la prendí y excitado comencé por la nariz, la oreja izquierda, los miembros inferiores, superiores; descanso, es muy duro cortar carne de cerdo.

Dawn of the Black Hearts (Mayhem)

By Pablo Estrada

Denis ha tomado una determinación. Y es definitiva.

Mientras tanto su mirada recorre decenas de canales de televisión por cable: la pantalla ilumina su rostro en una escasa gama de variaciones del azul. Ningún sonido consigue instalarse en el lugar para hacerse suficientemente comprensible. Las imágenes desfilan frente a los ojos impávidos de Denis. Apenas parpadea. Se remueve en el sillón con pesadez.

La sala está oscura. Las persianas abajo. Es de día únicamente afuera. Dentro, la penumbra y la ausencia de relojes sumen el tiempo en una callada presencia casi inexistente. Sin embargo, transcurre. Las horas se deslizan sin que la situación cambie. Un hombre en un sillón frente a la tele encendida.

Denis tiene hambre pero se resiste a comer. Desde que le diagnosticaron una enfermedad terminal su dieta es rigurosa y prefiere no seguirla. Al principio devoraba todo lo vedado. Ya no. Simplemente come poco, casi nada.

Denis fue delgado hasta los 25 años cuando se manifestó su hipotiroidismo y engordó en un lapso relativamente corto. Era como un globo que se inflaba. Se convirtió en una caricatura de sí mismo. Para colmo, sus amigos siempre le habían llamado flaco y algunos, contra toda lógica, dominados por la fuerza de costumbre, seguían diciéndole del mismo modo. Era una situación absurda y bochornosa, particularmente en público, delante de desconocidos. Más allá de su nuevo aspecto, fue precisamente eso lo que condujo a Denis a recluirse en casa.

Los padres de Denis viven en el campo. Son profesionales jubilados que han retornado al lugar del cual los desarraigaron cuando eran niños. Le han dejado la casa en la ciudad a su único hijo. Se comunican por teléfono unas cuantas veces por semana. Le envían dinero. Esperan que vuelva a visitarlos como antes, pese a que por su nueva condición física no pueda hacer las cosas que solía, como montar a caballo, dar largas caminatas por las montañas, participar en las labores campestres, hartarse con las comilonas al aire libre, empinar el codo con capataces y jornaleros igual que una gran familia y coquetear con las sobrinas e hijas de ellos, mujercitas en quienes de repente despunta la misma belleza de los huertos que florecen.

Denis tiene dos mascotas. Una liebre que se cree tortuga es una de ellas. Por alguna razón que nadie se ha tomado la molestia de averiguar también engordó ostensiblemente. Anda con lentitud por el jardín del frente, haciendo recorridos circulares que tardan horas. Los peatones pueden ver el deprimente espectáculo de una rechoncha y vieja liebre deambulando cansinamente, mordisqueando hojas con parsimonia exasperante, como si fuera una versión ralentizada de un documental de vida silvestre. Denis prácticamente se ha olvidado de ella.

La otra mascota es Motas: un french poodle que ha pedido su pelaje accidentalmente y luce como un gato sphynx. A Denis el pellejo desnudo del animal le recuerda su propio sexo en estado de flacidez. Cuando tiene una erección es otra cosa. Hilda, una chica que viene una vez por semana y le hace sexo oral, dice que su pene es uno de los más bonitos que ha visto, y ella ha visto bastantes. Cada vez que ella dice eso, él sonríe, cierra los ojos, se reclina en el sillón y se deja hacer completamente plácido, casi feliz. A veces pone música para acompañar el momento y remata con un prohibido trago de whisky. Al final mira hacia una mesa sobre la cual reposa un billete. Hilda dice una vez más que no necesita el dinero, luego de limpiarse. Se incorpora, toma el billete, lo guarda y agrega que ella lo hace por gusto. Le da un beso en la mejilla como despedida y sale sin prisa.

Denis tiene un amigo que quiere ser vaquero. A veces viene a su casa y hablan por horas. Se conocen desde hace años. Consideran que han hablado tanto como un par de viejos aunque sus edades no sumen la de un anciano. Y han hecho tan poco, aparte de hablar, que muchas veces lo lamentan. Antes hacían planes. Ya no. Denis va a morir pronto.

En el servicio militar Denis no era de los más despabilados. Al contrario. Tanto que al no ser vivo como los demás creían que se debía ser, le llamaban muerto. A él eso no le importaba.

A Denis le fascina una vecina. La espía desde que era una chiquilla de 13 años. Actualmente tiene 17 y un novio un par de años mayor que cuando Denis se interesó por ella era un muchachito regordete. Ahora es un esbelto joven con un peinado que Denis detesta, huellas de acné que nadie parece notar y la novia más bonita del barrio.

Denis ha tenido a lo largo de su vida diversas aficiones: desde los videojuegos hasta las películas de J-Horror. En una época estuvo francamente interesado por el black metal. Pasó por alto la parafernalia referente al aspecto falaz y la actitud postiza y se concentró en la filosofía que entrañaba esta oscura corriente del rock más pesado. Llegó a sentirse demasiado identificado con Dead, el vocalista de Mayhem, banda noruega de las más doctrinarias en su momento. Consideraba que la coincidencia entre el apodo (hasta entonces ridículo para él) que le dieron en el servicio militar y el seudónimo de Per Yngve Ohlin era un presagio. Sentía fascinación por ese hombre extraño y sombrío, obcecado con la muerte y dado al fatalismo absoluto, afectado por una grave e incurable depresión. Se le hacía el protagonista consumado de una ineluctable tragedia.

El atroz suicidio del emblemático cantante quizá fue el comienzo de todo. Luego vino el asesinato del guitarrista por parte del bajista: se ensañó con su compañero acusándole de tener intención de matarlo, por lo cual se le había adelantado. Le dio más de una veintena de puñaladas, incluyendo una brutal cuchillada en el cráneo. Tras la muerte, salió a la luz pública que él había envenenado a un joven polaco. Entre tanto, se llevaba a cabo la quema de iglesias y se enardecían sentimientos homofóbicos y xenofóbicos de una creciente secta de fanáticos de la banda vinculada al paganismo y al satanismo. Finalmente el bajista asesino fue arrestado y llevado a prisión, desde donde siguió su insólita cruzada contra el cristianismo, llegó a grabar discos y declaró su filiación neonazi. Los incidentes en torno a Mayhem terminaron por decepcionar a Denis y apartarlo de aquel interés inicial por esa música y esa agrupación en particular.

En todo caso, años más tarde, sostiene la cubierta de una de las 300 copias de la primera edición de Dawn of the black hearts. El disco pirata en vivo, pese a no ser del todo oficial, es considerado como uno de los principales álbumes de la banda. Fue  publicado en Medellín por el sello colombiano Warmaster Records, propiedad del legendario Mauricio “Bull Metal” Montoya. Denis ve en la carátula la foto de Dead después de su suicidio, tomada con una cámara desechable comprada por el guitarrista, Euronymous, luego de hallar el cuerpo de su compañero y antes de llamar a la policía.

«Hey, no todos los días tengo la suerte de encontrarme un cadáver de verdad» comentó Euronymous a la prensa respecto a las fotos. Según ésta, afirmó que recogió pedacitos del cerebro destrozado para cocinarlos y comérselos. Hellhammer, el baterista, quien lo acompañaba al momento del hallazgo del cuerpo, desmintió esto, aunque reconoció que tomaron trozos del cráneo y los guardaron como reliquias.

Dead se había cortado las venas en las muñecas y el cuello para morir desangrado pero tardaba tanto que mejor se disparó con una escopeta en la cabeza.

«Perdonen toda la sangre» dejó escrito en una nota.

Denis no cometerá el mismo error. Aunque gracias a una película cuyo título no recuerda ha aprendido cómo hacer cortes efectivos en sus muñecas, no correrá riesgos. Llegó a pensar en ahorcarse y cuando se dio cuenta que se necesitaría una soga bien resistente, capaz de sostener su obesidad antes de que el peso le ganara a la muerte, se rió. Primero pausadamente como quien no quiere la cosa y luego a carcajadas que deformaron en tos y terminaron en un llanto inconsolable.

Denis ha decidió matarse hoy.

Tiene una pistola automática Beretta 92 que no fue sencillo obtener. Ha puesto el cañón contra su sien derecha. Quiso música sonando pero desistió ante la sospecha de imbéciles atribuyendo su decisión a la inexistente influencia de alguna pieza musical. Y en cuanto a la nota: la sola idea le repugna.

De todas maneras iba a morir pronto. Estaba muriendo poco a poco. Y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

La determinación está tomada.

Motas está en la cocina junto a un tazón con alimento para perros.

La televisión se ha detenido en un canal de noticias. Una voz en español se sobrepone a una en inglés y alcanzan a oírse voces en árabe de gente que aparece en la toma original.

Denis se acomoda en el sillón.

Traga saliva. Respira hondo. Apunta con firmeza y dispara.

Laia González

By Juan Carlos Hernández

—¡Saltá! ¿No tenés pelotas? —me gritaba Jorge, uno de mis amigos, mientras los demás coreaban: “maricón, narigón, barrigón” y se agarraban a dos manos su miembro adolescente.

—Si no salta… ¡Tiene que cruzar la vía láctea! —arengaba Daniel.

Mis amigos y yo repetíamos esa escena, infaltablemente, todos los soleados fines de semana –si llovía, ni modo, a quedarse en casa. El escenario: “el salto del diablo”, una saliente de roca desde la que pretendíamos saltar al frío y negro estanque que se encontraba unos veinte metros más abajo. Siempre sorteábamos entre nosotros quién saltaría y el ganador de la ridícula lotería era “animado” a saltar como sólo los muchachos pueden hacerlo, si se negaba a lanzarse debía pasar por una doble fila de amigos dispuestos a pellizcar tetillas y pegar palmazos en la cabeza del desafortunado. Desde que comenzamos el juego nadie había saltado y todos habíamos terminado golpeados, pellizcados y estrujados en más de una ocasión. Ese sería mi cuarto desafío.

—¡Silencio niñas, que sí voy a saltar! —les dije a todos levantando la voz y elevando los brazos como he visto que hace Moisés en las películas de semana santa cuando quiere dividir el mar. Tenía que hacerme notar, después de todo era una ocasión especial: Camila, la prima de Víctor que había venido al pueblo de vacaciones, estaba con nosotros. Camila me gustaba y yo quería gustarle a ella. El gesto dio resultado porque mis amigos se dividieron unos a izquierda y otros a derecha. Yo me aparté para tomar impulso.

“¡Sí puedo! ¡Soy un varón! ¡Por Camila!” me repetía mentalmente una y otra vez como si esas palabras fueran un mantra para hallar el valor que otras veces no encontré.

—¡Me saludas a Martica! —dijo Guillermo e inmediatamente imitó esas risas tenebrosas de las malas películas de terror.

—¡Come mierda! Tenías que nombrar a Marta —caminé hasta el borde de la roca y me incliné para ver el frío y negro estanque. Todos en el pueblo conocíamos la historia de Marta: una enfermera, muy buena persona, que decidió suicidarse cuando se enteró de que su esposo le era infiel con su propia hermana. Un testigo, un peón de la hacienda Valladares, la vio saltar con un objeto atado al cuello. Nunca se pudo recuperar su cuerpo. Se me erizaron todos los vellos de sólo pensar que la enfermera pudiera estar en alguna parte de esa negritud esperándome con unos huesudos brazos abiertos.

Noté que Camila me observaba, yo no podía quedar como una gallinita. Retrocedí dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete pasos. No conseguía sacarme de la cabeza la imagen de Marta y eso me acobardaba como en ocasiones anteriores. Camila no apartaba sus ojos de mí. La miré fijamente por un instante y sucedió: un guiño y un beso volado. Eso era todo lo que necesitaba, inicié carrera y salté.

Fueron pocos los segundos que duró mi vuelo hasta entrar en contacto con el agua del estanque. Sentí un golpe helado en todo mi cuerpo. Utilicé todas mis fuerzas para salir a flote porque la negrura me cubrió y me desesperó, me angustió, ya no quería estar más ahí. Nadé hasta la orilla, y cuando estuve fuera del agua alcé mi vista hacia la roca en busca de mis amigos y de Camila que según mis cuentas ya celebraban mi hazaña, pero no los encontré. Un poco desconcertado por la soledad de mi victoria y con un dolor en el cuello me disponía a tomar el sendero que me llevaría de vuelta a la saliente, cuando a mi espalda escuché una voz:

—Pobre muchacho, debió dolerte.

Giré rápidamente. Mis ojos casi se salen de sus cuencas, no podía dar crédito a lo que veía: ella, Marta, estaba sentada en una roca, con los labios morados y la piel del color que debe tener la piel de los ahogados. Yo quería salir corriendo pero mis piernas  no me obedecían. Mi garganta, por el contrario, funcionaba a la perfección. Marta, el fantasma de Marta, se llevó un dedo a la boca cerrada para pedirme silencio.

—Cálmate, no te voy a comer —me dijo.

—¡No puede ser, tú estás muerta! —grité, mientras lloraba como suplicando.

—¡Estamos muertos! —me corrigió y con su cianótico dedo señaló un cuerpo que flotaba en el estanque. ¡Mi cuerpo que flotaba en el estanque!

By Quime Atópica

Temblaba, en parte porque el agua estaba fría, en parte por la rabia que su cuerpo buscaba liberar. Tanta ira la había llevado a caer de rodillas en el duro piso de la ducha, pero ver la sangre corriendo bajo sus piernas tan de cerca la hizo sentir enferma, y luchaba por ponerse de pie sin resbalar, esto era especialmente difícil porque tanto las paredes como la división estaban muy salpicadas de espuma: lo primero que hizo al meterse bajo el agua fue desocupar en su cuerpo la botella de jabón líquido.

En su rostro había una mezcla extraña de lágrimas, saliva, mocos y agua que no la dejaba ver claramente. La fuerza con la que caía el agua –que estaba al máximo– junto con la baja temperatura, habían hecho de su piel una cosa rojiza y dolorosa que ella restregaba, empeorando la irritación, como si quisiera quitarse de encima un pellejo mal usado.

La sangre seguía fluyendo a través de sus piernas, haciendo un riachuelo desagradable desde su cuerpo hasta el sifón. Tanteando con los pies el piso de la ducha encontró su ropa interior. Antes de agarrarla, despejó sus ojos para ver con cuidado el pedazo de tela. Buena parte de la mancha ya se había ido con el correr del agua, pero aún no estaban completamente limpios. Ella miró con rabia aquel bulto gris en sus manos, pensando que nunca sería suficiente lavarlos, que estarían manchados de por vida, que lo mejor sería romperlos. Pero si su ropa se quedaba manchada de por vida, ella también, y prefería todo menos eso.

Así que empezó a lavarlos.

Lo hizo de manera calmada un par de veces, pero ante la inutilidad de su sosiego empezó a mover sus manos frenéticamente. Pronto los nudillos de sus dedos se irritaron y empezaron a quemarla, casi no podía doblar las manos, pero tampoco se rendía, debía dejar limpio el pedazo de porquería, el deforme trapo gris que tenía en sus manos. Siguió restregando a pesar del dolor, sabía que sus nudillos estaban quemados. Siguió restregando hasta que el dolor dejó de importar, hasta que sus dedos empezaron a sangrar. Fue en aquel momento que el mundo perdió todo sonido. Silencio no es palabra para describir el estado en el que quedó sumida. Gritó con todo lo que sus pulmones dieron, pero fue inútil, ni un sonido. La mancha seguía allí: eterna, por siempre con ella, por siempre en su conciencia, por siempre muda en un mundo al que nunca le importaría.

Historia por Jeremy C. Shipp

(Del libro “Sheep and Wolves”)

Traducción por Adolfo Villafuerte

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Jeremy C. Shipp

La garrapata te succiona fuera de mí en cuestión de minutos, pero transcurren tres días hasta que naces de nuevo.
Durante el periodo de espera, garabateo ideas, diagramas, incluso pedacitos de diálogo. Lleno todo un cuaderno con letras chuecas y pequeños agujeros donde mis lápices traspasan la hoja.
Finalmente, estoy de pie frente a la garrapata, comiéndome las uñas, viéndola empujar el saco embrionario por su diminuto culito.
“¿Duele?” digo.
“Sí, un poquito” dice la garrapata. “Pero vale los $500”
“¿Y tú para qué necesitas $500?”
“¿Tú para qué necesitas un hombrecito?”
Emerges, te abres paso cortando el saco, cubierto de pus verde.
“¿De donde sacó el cuchillo?” digo.
“Debe estar hecho de depósitos de calcio”, dice la garrapata.
Tú sigues desorientado, lanzando golpes al aire, gritando algo acerca del ejército. Te guardo en la bolsa negra.
En la cena, mi esposa me habla acerca de alguna organización sin ánimo de lucro y finjo interés. Ella termina llorando –No sé muy bien por qué. Tal vez me reí cuando debí haber fruncido el seño.
Más tarde esa noche, estoy en el garage, mirando la jaula de jerbo.
La bolsa negra no se mueve, y me aterroriza que estés muerto.
Pero luego, cuando te boto, te levantas y gritas, “¿Qué diablos hiciste?”.
“Esto ya no es acerca de mi”, digo. Bueno, recito. “Siempre hiciste todo acerca de mi, pero siempre era acerca de ti. Ahora vas a pagar por lo que me hiciste. Y a mamá”.
Apuntas tu cuchillo en mi dirección. “Déjame me ir o te mato de una puta vez”.
Me río. Me río de tu estúpido cuchillito y de tu estúpida vocecita. Solía temerle tanto a esos ojos, pero ahora son míos para jugar.
Entonces abro mi cuaderno. “Puedes olvidarte de pedir clemencia. Tengo que hacer esto”.
“Me pudiste haber dejado muerto”, dices.
Tienes razón, por supuesto. No debería estar aquí ahora. Debería estar en cama, abrazando a mi esposa, soñando esta pesadilla en lugar de vivirla.
Pero es muy tarde ahora.
Busco la granja de hormigas.

*      *      *

PARASITE

By Jeremy C. Shipp

THE TICK SUCKS you out of me in a matter of minutes, but it takes three
months before you’re born again.
During the waiting period, I scribble down ideas, diagrams, even
snippets of dialogue. I fill an entire notebook with jagged letters and little
holes where my pencils puncture the paper.
Finally, I’m standing over the tick, biting my fingernails, watching him
push the embryonic sack out his tiny ass.
“Does that hurt?” I say.
“Yeah, a little,” the tick says. “But it’s worth the $500.”
“What do you need with $500 anyway?”
“What do you need with a little man?”
You emerge, and cut your way out of the sack, coated with green pus.
“Where did he get the knife?” I say.
“It must be made of calcium deposits,” the tick says.
You’re still disoriented, swinging at the air, shouting something about
the army. I stick you in the black bag.
At dinner, my wife tells me about some non-profit organization, and
I pretend to care. She ends up crying—I’m not sure why. Maybe I laughed
when I should’ve frowned.
Later that night, I’m inside the garage, looking into the gerbil cage.
The black bag isn’t moving, and I’m terrified you’re dead.
But then, when I dump you out, you get up and yell, “What the fuck
did you do?”
“This isn’t about me anymore,” I say. Well, recite. “You always made
everything about me, but it was always about you. Now you’re gonna pay
for what you did to me. And mom.”
You point your knife at me. “Let me go, or I’m gonna fucking kill you.”
I laugh. I laugh at your stupid little knife and your stupid little voice. I
used to be so afraid of those eyes, but now they’re mine to play with.
So I open my notebook. “You can forget begging for mercy. I have to
do this.”
“You could’ve let me stay dead,” you say.
You’re right, of course. I shouldn’t be here right now. I should be in
bed, holding my wife in my arms, dreaming this nightmare instead of
living it.
But it’s too late now.
I reach for the ant farm.

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