Semblanzas


Rubem Fonseca es un ermitaño autor de culto que no da entrevistas, pero que al igual que a esos otros autores, como Sallinger y Pynchon —amigo personal del autor— que no quieren ser el centro de atención, le ocurre algo peor, o mejor, según: se lo mitifica, se especula y se le achacan imaginarios; Fonseca se burla un poco de esto en Diario de un libertino, cuando el protagonista, Rufus, afirma: “Siempre he preferido que las personas que conozco no lean lo que escribo, principalmente después de que descubrí que soy una irrecuperable víctima del síndrome de Zuckerman. Así, cuando alguien me dice que leyó todos (en realidad son sólo cinco) mis libros, me dan ganas de salir corriendo”.

Sobre la vida de Fonseca se sabe que trabajó en la policía durante mucho tiempo, que tenía una habilidad inusitada para descifrar y someter a cualquier persona en una sala de interrogación, que estudió leyes en EEUU, y algunos otros datos que se encuentran en Internet. Sobre su obra se sabe que todo empezó cuando un amigo que lo visitaba en su casa accidentalmente encontró varios manuscritos de cuento, los leyó y quedó tan impresionado que con el beneplácito de Fonseca los llevó a un editor que los publicó en la forma de un libro llamado Los prisioneros.

Desde su primera publicación en 1963 hasta el día de hoy, Fonseca ha escrito sin parar. Mucho se ha dicho sobre El cobrador (1979), Feliz año nuevo (1975), Agosto (1990), etc. Por ejemplo, que su obra trata sobre las oscuridades de la condición humana más que ser meros policiales, según sus seguidores, con lo que estoy completamente de acuerdo. Por lo mismo, decidí concentrarme en uno de sus últimos libros, Historias de Amor, que, contando los años (desde 1925), escribió a los setenta y dos. El libro empieza con Betsy, sobre una perra de dieciocho años agonizante que finalmente muere en los brazos de su amo. Recuerdo como antes de tener suficiente dinero para comprar el libro, cada vez que  pasaba por una librería y veía una copia de Historias de amor sin sellar, leía Betsy en dos minutos. Una vez casi paso una vergüenza al ver que una vendedora se me acercaba, pues yo acababa de terminar de leer el cuento y aún tenía los ojos húmedos. Dejé el libro en la estantería y me fui. No quería que me vieran así. No es mucho lo que se puede decir de un gran cuento de una página, además de la sensación que produce. El libro sigue con Ciudad de Dios, otro relato muy corto y contundente aunque no tan efectivo como Betsy. Eso sí, uno de los más violentos y lúgubres del autor. El siguiente es Familia, un cuento que reúne algunos de los mejores aspectos de Fonseca, el humor, la emotividad y la sensualidad, pues se trata de una historia de amor (como las otras) pero de dos lesbianas. El cuarto relato es El ángel de la guarda. Lo considero, al lado de Once de Mayo, de El cobrador, como el cuento más perfecto y emocionante que el homenajeado haya escrito. Éste además, posee alguna recóndita cualidad que, a pesar de mi profunda admiración y repetidas lecturas, aún no descifro, pues no concibo cómo una historia tan modesta pueda cambiar el color de una tarde y hacerme abandonar cualquier otra lectura que, en comparación, casi siempre resulta menor. Tal vez sea porque se trata del amor de dos inadaptados solitarios. Tal vez sea el rotundo y austero lenguaje que permite que la lectura sea como deslizarse sobre una fina seda china para darse de narices contra un muro de concreto. El siguiente, Viaje de bodas, un cuento verdaderamente romántico, desde una perspectiva insólita pero real, escabrosamente real. Éste último también tiene la cualidad de evidenciar el talante sinfónico de la disposición de los relatos. Uno de los logros de Viaje de bodas, además de todos los elementos que aseguran su eficacia autónoma, es el de su posicionamiento en el libro. Esto (no hay otra forma) lo comprenderá ud. cuando lea Historias de amor. El último cuento (después explicaré porqué lo considero el último) es El amor de jesús en el corazón, que narra con gran pericia las repercusiones del fanatismo, o del amor mal enfocado, que suele desembocar en violencia.

En realidad hay un cuento más (¿de más?) en Historias de amor. Se llama Carpe diem. Y después de tanto amor, debo decir que lo odio.

Carpe diem dista de ser un mal cuento. Tiene muchos elementos valiosos y algunos de los característicos del autor: humor, intriga y ritmo. Fui específico al decir características en lugar de cualidades, especialmente cuando se trata del ritmo. Fonseca es un autor contemporáneo, y por lo tanto, muy preocupado por la cadencia de sus narraciones, ya sean cuentos o novelas. Su tratamiento de los diálogos suele ser el siguiente: frases en ráfaga con cero acotaciones. Me gusta la atención que esto requiere y el carácter de “hágalo usted mismo” al llenar los espacios en blanco. Esto, no obstante, puede llegar a ser problemático en lugares como Carpe diem, cuando uno se ha acostumbrado a formar tales vínculos emocionales con los demás personajes y las otras historias… cuando uno se ha acostumbrado a la belleza plástica de cada narración, y después se encuentra con la trama y los personajes frívolos de Carpe diem. Más que los personajes, es frívolo el tratamiento que se les da, por lo menos, en comparación con el resto de Historias de amor. Carpe diem hubiera quedado mejor parado en Lucia McCartney, por ejemplo. Mi imaginación de fanático concluye que se trata de un compromiso editorial. Que ésta no fue capaz de aceptar un libro perfecto de setenta páginas y forzó una última historia, casi una novela corta, pues por poco ocupa la mitad del libro.

El otro día estuve ojeando otro libro de Fonseca y se me ocurrió algo. Se trataba de Pequeñas criaturas, su libro de cuentos que, en conjunto, menos me gusta. Hay relatos fabulosos, el problema es que hay demasiados y muchos se presentan como un crudo esbozo, tal vez una experimentación sin mucha transpiración. Los cuentos destacables son: Paz, Mi abuelo, muy por sobre todo, Las nueve y media. Los dos primeros ya acreditan el enorme talento del autor, pero Las nueve y media quita el aliento. Es un cuento de nueve páginas acerca de la venganza de un padre; venganza por el amor que le fue arrebatado. Cuando leo Las nueve y media, siento que todas las trescientas cuarenta y tres páginas de Pequeñas criaturas se consolidan en esas nueve. Siento que si volteo las páginas voy a seguir viendo: Las nueve y media, Las nueve y media… No se puede decir mucho más. Ahora recurro a mi arbitrariedad de fanático. Tomo Carpe diem y lo dejo en alguno de sus primeros libros de cuentos. Tomo Las nueve y media y lo meto en Historias de amor. Y si a la editorial rechaza el inmejorable pasquín de setenta y nueve páginas, que se joda.

Finalmente, con toda esta juguetona elucubración de entusiasta obseso, lo que realmente quiero expresar es: desde que estoy metido en esto de la literatura, Rubem Fonseca siempre ha sido mi lugar seguro ante cualquier tipo de crisis, ante el agobio y hastío que me producen los figurines que infestan los cafés del centro de la ciudad, ante los textos pretenciosos que se chorrean en adjetivos y vacuidad, ante la ausencia de imágenes valederas en una ciudad que a veces parece no tener más que sordidez grisácea. Ojalá Fonseca viva y escriba hasta los cien años.

George Orwell

By Raúl Harper

Hoy hace 6 décadas  murió el escritor británico George Orwell (Motihari, India, 25 de junio de 1903 – Londres, 21 de enero de 1950), reconocido mundialmente por sus novelas Animal Farm (Rebelión en la granja, 1945) y 1984 (1948).

Policía del Imperio Británico en Birmania; periodista, librero, comerciante y miliciano en la Guerra Civil Española; la obra de Orwell se enriqueció del variado rango de sus experiencias personales. Desde muy niño supo que quería ser escritor, y lo hizo, a pesar de las adversidades que se le presentaron hasta el final de sus días. No en vano escribió su obra maestra, 1984, estando ya enfermo de la tuberculosis que lo mantendría por años en un frágil estado de salud. En momentos de pobreza creyó haber fracasado, pero  su determinación pudo más. Escribió sobre su época, describió el mundo a través de sus vivencias y criticó las realidades políticas que le inquietaban (en especial el auge de los regímenes totalitarios). Su trabajo resultó visionario: el control casi absoluto sobre sus ciudadanos por parte de algunos gobiernos comunistas; el sistema de espionaje ECHELON, capaz de captar toda comunicación radial, telefónica, satelital o de correo electrónico; y hasta el gusto de fisgar la vida de otras personas que provocó el reality Big Brother* (Gran Hermano). Sesenta años han pasado, o más bien, nos han alcanzado.

*Personaje de la novela 1984 en que se inspiraron los credores del reality. Es un ser omnipresente que vigila todo lo que hacen los ciudadanos e imagen mediática del partido dominante.

Fotografía de una de las paredes de la habitación de la autora de la semblanza.

By Quime Atópica

En la pared de mi cuarto tengo una cita incompleta del último monólogo del Calígula de Albert Camus. Casi todas las personas que entran por primera vez me preguntan qué significa. Pero es difícil ponerlo en palabras.

“Luna” es tal vez una de las palabras más recurrentes en la literatura. Metáfora, motivo, meta. Yo como muchos la he usado como el empalagoso camino a la sonrisa del ser amado. También creo que la Luna va mucho más allá en nuestro inconsciente, por eso es también metáfora de locura y pasión desaforada.

Con Camus la Luna va más allá, por eso lo tengo en mi cuarto y lo veo todos los días. Tal vez en parte porque puedo comprender esa contradicción que expresaba a través de la Luna. Desde el principio fue toda una experiencia leer a Albert Camus, pero su Calígula me reventó la vida. La primera vez que me enfrenté a este autor tenía once años. No estaba lista, por supuesto. La segunda vez tenía catorce, cuando decidí retomar ese libro que años antes me había parecido aburrido. Era La muerte feliz. Aunque publicado póstumamente, es su primera novela. Cambió mi vida al punto que creí haber encontrado aquello que quería hacer por el resto de mis días: escribir.

Poco después fue inevitable rastrear afanosamente la obra de Camus, por lo que no fue difícil encontrar el Calígula. Estos dos textos –La muerte feliz y Calígula– fueron fundamentales. Gracias a ellos descubrí la filosofía, y hoy en día estoy haciendo mi pre-grado justamente en esa materia. Camus también me llevó a mi primer amor y a algunos de mis mejores amigos. En fin, todas estas son cosas importantes para mí, pero son pequeñas si queremos ver el verdadero alcance de los libros en nuestras vidas.

Sin embargo no todo es bello, y con eso volvemos a la Luna. Con el tiempo la metáfora de la Luna se me hizo más significativa. Calígula quiere la Luna, pero sabe que no puede tenerla. Calígula lo quiere todo: nada, es triste. Nunca es suficiente. Resulta que mi Luna es similar a la de Camus (tal vez también a la de Sartre), es esa eterna lucha entre una vida y otra, tenerlo todo, hacerlo todo. Filosofía y literatura son como dos caras de una moneda, vienen juntas pero no se encuentran nunca. Días de trasnocho pensando en ello, queriendo la Luna, llorando por ella. Morimos por ella.

Algunos dirán que Camus fue un maestro combinando ambas cosas, que tal vez su Luna era algo más trascendental. Él se desvivía por la literatura sin poder huirle a la filosofía. Es una maldición como la de los súper-héroes que necesitan tener dos personalidades, dos vidas, dos mundos, y tienen que mantenerlos separados en tanto sea posible. Al igual que yo, Camus descubrió ambas cosas a una edad temprana, aún en la escuela. Y al igual que yo decidió enfocar sus estudios en la filosofía pero –al igual que yo– sufría de una incontrolable necesidad de escribir literatura.

Claro, él nació talentoso, tampoco es que seamos lo mismo y las circunstancias también cambian. Hay diferencias notorias. Él era un hombre atlético que podría pasar por otro “rebelde sin causa” hollywoodense sin ningún problema. También tuvo que luchar contra la enfermedad. La tuberculosis lo atormentó por años y le impidió seguir jugando fútbol, cosa para la que tenía mucha “gracia” –para nosotros sus fanáticos, la enfermedad fue un hecho afortunado, de no ser por esto la vida de Camus habría estado en el fútbol profesional argelino. Por mi parte, nunca podría pasar por diva de Hollywood –ni siquiera si le vendiera mi alma al diablo–, prefiero ver fútbol que jugarlo y también he tenido la suerte de no sufrir ninguna enfermedad que amenace mi vida.

Además él era un maldito de buenas (yo soy una “bendita” de malas). Nació pobre pero sus tíos ricos lo patrocinaban (querían que heredara la carnicería, pobres ilusos). Se casó cuando le dio la gana, mientras su suegra le pagaba el alquiler de donde vivía con su querida S. Así que el señor Camus a sus 20 años ya era independiente del seno materno (o de sus tíos o lo que fuera) y podía hacer lo que quería con su tiempo, sin miedo a quedarse en la calle…

He sido injusta, lo estoy poniendo como un papanatas con vida de rico. La verdad es que trabajaba dando clases particulares de filosofía porque en esa época la gente se preocupaba un poco más por parecer menos burra de lo que era. Y su amadísima S. también era un problema, porque resulta que la suegra de Camus era psicóloga, y se le ocurrió la brillante idea de aliviar los cólicos menstruales de su hija con morfina. Supongo que no tengo que decirles qué fue lo que pasó después, ya se imaginarán el suplicio que era para Camus que su esposa fuera una drogadicta casi desquiciada desde antes de que se casaran.

No vale la pena que me derrame en detalles sobre su vida. Biografías no sólo hay muchas, sino que son tan completas y entretenidas como un especial de E! Lo correcto en este momento es confesar que también he sido demasiado arrogante. La Luna de Camus no es estática. En otras palabras, yo quiero creer que compartíamos una Luna aunque hay miles. No tienen por qué ser más profundas o trascendentales. La vida de Albert Camus se vio tan llena de contradicciones que era normal que llegara al absurdo a través de su filosofía, o a la imagen de la Luna en su literatura. Riqueza y pobreza, Argelia y Francia, amor y dolor, vida y muerte. La dualidad no era un cliché en ese entonces, se volvió uno cuando Camus nos hizo conscientes de nuestra existencia. La Luna de Camus estaba llena de cosas dispares que se repelían al tiempo que se perseguían mutuamente, la mía también, todos tenemos ese color de lo absurdo en lo que deseamos. Nadie puede evitar que alrededor de nuestra humanidad miles de Lunas orbiten. Nos derrumbaríamos en el vacío si no lo hicieran.

Hoy, 4 de enero de 2010, cuando termino de escribir esto, se cumplen 50 años de la muerte del hombre del que les he hablado. Es difícil encontrar figuras en la literatura que sean tan notables, y no lo digo por lo que escribía sino por el tipo de persona que era. Pero eso sólo lo puede entender alguien que lo haya leído. De la misma manera, las palabras en la pared de mi cuarto sólo puede entenderlas quien haya descubierto su propia Luna, tal vez un borracho, tal vez un loco, o como yo, tal vez un αφελής demasiado arrogante.

Una aproximación a Lovecraft

Ilustración de Santiago Caruso

By Gabriel Umaña Suárez 

El genio del terror, el dios de los otros mundos, el amo de las bestias y el señor de los monstruos; el hombre que creó el universo de lo imposible, el que vivió de su locura, de su excentricidad. El enfermo, el racista, el machista, el erudito, el genio, el leviatán que está esperando que alguien abra alguno de sus libros para conducirlo a la otra dimensión en la que las mentes están abocadas a perder la cordura y a internarse para siempre en el virtuosismo de la oscuridad eterna. Ese es Howard Phillips Lovecraft.

Llegó a mis manos convertido en una antología de cuentos de terror. Lo hizo con ese aire anacrónico que suelen tener los libros viejos. De sus páginas amarillentas emanaba un hedor a podredumbre y muerte que de inmediato me estremeció. Como lector y, por defecto, como escritor, había pasado años en el silencio que anida en los laberintos más oscuros del alma humana, sin que ningún autor hubiera logrado conmoverme al punto de enajenar mi escritura. Fue una noche, hace más de diez años, que mis ojos se deslizaron con espanto por su literatura finamente retorcida, abriendo la puerta a ese universo paralelo en el que mi mente supo encontrar buen refugio de la realidad.

En efecto, lo primero que conocí de él fueron sus historias de pesadilla. Narraciones escritas en colaboración con otros autores, en las que la noche, con sus atributos más terribles, servía de escenario para que indefensos personajes se enfrentaran a las más difíciles e inexplicables experiencias. A partir de esta primera lectura, fue inevitable no perderme en el abismo de su naturaleza nocturna de misteriosas y repugnantes criaturas. Tuve entonces que internarme en su obra armado de sigilo, tratando de hacer el menor ruido posible, para evitar que algún absurdo espantajo se apoderara de mi alma, procurándome inimaginables penurias.

Pero no sólo el terror compone ese entramado de historias que pareciera interminable. La ciencia ficción también tuvo su espacio en la mente genial del ilustre y más extraño hijo de Providence. Howard Phillips Lovecraft, fastidiado con la realidad de su tiempo y utilizando su erudición en astronomía y química, creó un universo propio, un mundo tan extenso, perturbado e increíble como el actual, compuesto por los mitos de Cthulhu, de los cuales se desprenden relatos que dieron origen a una nueva forma de narrar lo desconocido. Así, Lovecraft pasa del terror gótico clásico a una suerte de ciencia ficción del horror en la que dioses prehistóricos o entidades alienígenas se enfrascan en cruentos episodios en procura de la destrucción del hombre, quien no tiene otra alternativa que entregarse con resignación a los brazos de la muerte.  

Gracias a esta dualidad, Lovecraft se convirtió en un ícono para los amantes del terror y, a la vez, en un dios para los aficionados a la ciencia ficción. Uniendo con sus historias a dos géneros literarios –prosaicamente menospreciados por una gran porción de la crítica; y subyugados, por sus mismos seguidores, al culto casi clandestino–, Lovecraft se presenta desde su obra como una figura mítica de gran influencia en su tiempo y cuyas replicas aún hoy están presentes en el cine, la literatura, la música y las artes en general, logrando trascender con inusitado esnobismo entre los más jóvenes de nuestro tiempo.

Sus seguidores, se han ido multiplicando de generación en generación hasta convertir su figura escuálida y enfermiza en el mesías de una especie de religión en la que muchos incautos han perdido la cordura entregándose ante la apoteosis de su ingenio.

Sin duda, el encanto de sus historias, representando en 123 cuentos, un libro de mitología y cuatro compilaciones de poesía, va más allá de su inventiva, su dedicación y su talento para escribir, es también el resultado de la enfermedad que corroía su pensamiento, una condición derivada de los diferentes traumas psicológicos que lo aquejaban, la mayoría de ellos por cuenta de sus vivencias de infancia y la influencia de su madre, quien lo vistió de niña hasta los seis años de edad tratando de satisfacer su deseo de tener una hija. 

Lovecraft, por sus continuos decaimientos de salud asistió al colegio con irregularidad, razón por la cual su abuelo materno se dedicó a su formación académica durante sus primeros años, inculcándole el hábito de la lectura y el amor por la ciencia. Sin embargo, la muerte de su padre en un sanatorio mental, la compleja relación con su madre y la educación impartida por su abuelo,  hicieron del pequeño Howard un ser introvertido y asocial, que se mantuvo recluido en su habitación durante casi toda su adolescencia y principios de su juventud.

Desde allí, desde la soledad de su habitación y entregado a la lectura, creó un mundo propio en el que la realidad se subvertía en un abanico de posibilidades matizadas por la fantasía: “Los intereses que me llevaron a la literatura fantástica aparecieron muy temprano, pues hasta donde puedo recordar claramente, me encantaban las ideas e historias extrañas, y los escenarios y objetos antiguos”.

Utilizó todos los libros de la biblioteca de su abuelo para llenarse de conocimientos en astronomía, química y física. Experimentó con la materia, la manipuló a su antojo, en un laboratorio que su abuelo le acondicionó en el sótano de la casa y en medio de sus ensayos fue elaborando el argumento de sus pesadillas, las cuales representan su forma de trascender más allá de lo que podemos ver a simple vista, una forma de abofetear la realidad y encumbrar el rozamiento hacia los mundos improbables de la imaginación.

Epicentro de amores y odios, Lovecraft desarrolló gran parte de su obra y sus relaciones sociales por correspondencia. Se convirtió en el detonante de polémicas sobre diversas temáticas políticas y literarias, publicando artículos en diferentes periódicos y revistas del país. Lo que le sirvió para que varios autores jóvenes lo reconocieran como su maestro creando lo que hoy se conoce como el círculo Lovecraft: una especie de fraternidad excluyente en la que los seguidores del escritor colaboraban con él en la escritura de sus historias.

Lovecraft se defendía de sus críticos –y aún lo hace– con estas palabras: “mi forma personal de escribir un cuento es evidentemente una manera particular de expresarme; quizá un poco limitada, pero tan antigua y permanente como la literatura en sí misma”. Y es que el autor del Necronomicón, muchas veces fue cuestionado por la fantasía desbordada de sus historias, por ese amor desmedido que evidenciaba hacia la forma de escribir de Edgar Allan Poe, pero sobre todo, por sus posiciones conservadoras y su crítica radical frente a los cambios que estaba experimentando la sociedad norteamericana de principios del siglo XX. Tal vez fue la frustración que le producía su entorno la que lo llevó a internarse hasta perderse en las cavernas de su propia mente. Incluso, sus palabras parecen confirmar esta versión. “El mundo real es tan decepcionante que es preciso inventarse uno hecho a la medida, uno donde el mal tenga una forma perfectamente definida”.   

Charles Bukowski (1920-1994)

By Pablo Estrada

La vida y obra de Charles Bukowski (1920-1994) representan, por así decirlo, esa otra cara de la moneda de la literatura. Su lado sucio, ese en el que no se busca la palabra que mejor suene, la versión más limpia y elegante, el perfecto acabado o las limadas asperezas. Bukowski muestra las cosas tal como son, y a veces grotescamente exageradas. Lo que no significa que su relato carezca de cierta psicología, que no esté diciendo algo más allá de lo evidente y lo superficial. No pretende mostrar una visión objetiva de la realidad, una simple fotografía, sino que él derrama su subjetividad en ella. Y para eso le sirve plenamente el carácter autobiográfico de su escritura. Además la burla, la ironía, la acidez, la crítica y el humor negro que hay en su narrativa le dan un sentido distinto a ese contenido naturalista, a ese retrato fotográfico en el que está inserto el relato.

Casi todas las novelas de Bukowski, excepto Pulp –parodia del género policíaco–, escritas desde 1970 hasta 1994 pueden circunscribirse en una misma línea autobiográfica, en la que narra un fragmento de la vida de Henry Chinaski (su alter ego), extrayendo ciertos elementos significativos de su propia experiencia que, trasladados a su personaje, poseen un valor literario que desencadena, con su potencial catalizador, reacciones de identidad o rechazo, de indignación o desprecio ante ese tipo social y cultural que llega a representar. Pero sus novelas no tienen un programa ideológico, ni aquel idealismo realista que depura la vida de excreciones y secreciones, a la vez que plantea lecciones morales de cómo vivir y por qué morir. No hay ninguna intención aleccionadora por parte del autor. Presenta un crudo y amargo retrato de la realidad, como un cuchillo de carnicero, que aunque no funciona como advertencia o sentencia, sí nos acerca a una verdad, que logra “tocarnos”, nos hace reaccionar.

El hecho de que el autor se identifique a la vez con el narrador y el protagonista de sus novelas, y que su narración sea en primera persona, no es motivo para obviar la capacidad de significación de lo que se ha seleccionado para ser narrado y el modo como se hace. No es mera relación de hechos, a manera de cronicón, sino que trasciende este plano en tanto símbolo o representación de apartes igualmente significativos de la vida cotidiana como la derrota, el sufrimiento, la inconformidad y otras experiencias vitales. También el uso del lenguaje tiene un sentido. Ese lenguaje “agresivo y descarnado”, esa prosa “unas veces áspera y otras abiertamente lírica”, más que en su cercanía con la oralidad, es fundamental en cuanto a la renuncia a la convencionalidad, el rechazo del artificio y amaneramiento literario. Este autor construye un “autorretrato” que en una primera impresión desagrada, precisamente, porque parece mostrado sin maquillaje, con barros y espinillas, como los del pintor hiperrealista Chuck Close; pero si se mira con más detalle, logra verse que hay en él exageración, que algunos rasgos “desagradables” se han acentuado. Así es como funciona la autocrítica que Bukowski hace de sí mismo a través de su –moldeable– reflejo en el espejo: Chinaski.

Bukowski nos acerca al bajo mundo, el de los “humillados y ofendidos”, los que viven y crecen entre ruinas, desde las entrañas mismas de este submundo –ya que él lo habitó–, y aún más su aproximación está plagada de rebeldía y cinismo. Hay un rechazo hacia todo lo que representa autoridad. Y esa postura en contra, resulta tener un carácter ideológico. Aunque “la civilización –según él– es una causa perdida, la política una absurda charada, el trabajo un chiste cruel”; o como escribió Dostoievski: “lo mejor es no hacer nada, ¡lo mejor es una inercia consciente!”; una actitud indiferente o de total insatisfacción, a la larga es una actitud y genera repercusiones. De manera que su resistencia a someterse a la sociedad de consumo (“había elegido no aceptar la rutina diaria que transforma los rostros de los hombres en hamburguesas y sus corazones en piedras”), su modo de vida (que incluye su pasión por la bebida y el sexo), esa temática autobiográfica de su narrativa, así como su manejo del lenguaje –una prosa coloquial y escueta– terminaron conformando el ideario bukowskiano que en su intención de autonomía e independencia lo pueblan de crítica y denuncia y le dan la posibilidad de subvertir. Así se explica su paso de autor underground a autor de culto.

El sueño americano –uno de los ideales atacados por Bukowski– destaca a los triunfadores, pero éstos son pocos, la mayoría somos perdedores y a nosotros es a quienes Bukowski retoma. Pero este simple hecho ha sido tomado como gesto solida-rio. Suele decirse que él rescata la otra parte de la realidad, la de los patios traseros, los bares sórdidos, las oficinas de desempleo, en una muestra de fraternidad con los pisoteados; pero quizá lo que ocurre es que opera un mecanismo de identificación por parte de los lectores que satisface las expectativas e inquietudes que ellos tienen. Y todos aquellos que se sienten un poco chinaskis porque han sido maltratados, despreciados, humillados y rechazados y aun así han soportado estoicamente, alentados por la botella, o una suerte repentina y efímera, o han saboreado el triunfo a su modo y han disfrutado de la derrota, sienten como un guiño –dirigido exclusivamente a ellos– esa actitud irreverente e iconoclasta de Bukowski, capaz de inducir actitudes preexistentes, como un laxante que nos ayuda a expulsar lo que llevamos dentro o un fertilizante que acelera el crecimiento.

Finalmente, no se puede concebir la obra de Charles Bukowski sin la referencia a su ciudad, Los Angeles, con toda su carga representativa de la sociedad de consumo, o al licor y la forma de asumirlo (se presenta el alcoholismo como elección de vida). Estos elementos conducen casi inexorablemente a otras dos grandes inmanencias de la actual cultura popular occidental: el sexo y la violencia, y de ello “Buk” da cuenta, con un sentido crítico y mordaz. Así, la presencia del licor y ese imaginario urbano posmoderno que representa L.A. relacionan a Bukowski con la literatura de su época y su entorno, lo hacen heredero de la generación perdida y cercano a ese vitalismo pro-pio de norteamericanos y otros escritores contemporáneos. Una literatura en la que no se enseña a pescar, más bien se dinamita el pozo, y cada cual se lleva lo suyo.


*Publicado originalmente en UN Periódico No.68, diciembre 26 de 2004.

Vicente Alexandre

A 25 años de su muerte, rendimos homenaje a Vicente Aleixandre (Sevilla, 26 de abril de 1898 – Madrid, 13 de diciembre de 1984), excelso poeta de la Generación del 27.

Viejo poeta. Disculpa lo de viejo, pero cómo a todo escritor que se le ocurre llegar a viejito, son tus últimas fotos las más divulgadas. Qué mirada sosegada y dulce. En las fotos de más o menos joven ya te ves calvo y, en blanco y negro, parece que tus ojos fueron claros. Pero qué mirada dulce. Podrías habértela pasado repartiendo fotos tuyas en vez de escribir poemas. Pero sí escribiste poemas; poemas enormes como “Las águilas” y cosas como “La muerte o antesala de consulta,” que no sé cómo llamar, y a veces, ni cómo leer, aunque no pueda dejar de hacerlo. En ocasiones te arrimaste de mala gana a un tipo de surrealismo plástico y ya caduco. Mejor no hablar de eso. Mejor seguir muriéndose en la antesala. Y te dieron el Nobel, que para nosotros, en la era de Obama, ya es un chiste de mal gusto; pero allá por el 77’ te veías feliz recibiéndolo, y me alegra, porque fuiste un viejo dulce, aunque nos pegaras tan duro.

Adolfo Villafuerte

kerouac6

Jack Kerouac

By Pablo Estrada

Un 21 de octubre de 1969, hace 40 años, murió el escritor más significativo e influyente para mí: Jack Kerouac. Es tanto lo que tengo que decir que mejor no digo nada. Eso lo aprendí de él.

Lo cierto es que no sé hasta cuándo voy a rendirle homenaje a este importante autor.

Hubiera querido hacerlo de otra manera: celebrando conferencias con su obra poética y narrativa, la música que tanto le gustaba y la historia de esa azarosa, turbulenta, profunda e increíble vida que tuvo y se dedicó a plasmar con intensidad, honestidad, entrega y desesperación inusitadas en su escritura, cuyo tema precisamente era la vida misma: la suya, tal cual. Pero no fue posible. No hubo cómo, no hubo quién.

Leer a Jack (y si es posible, al tiempo, beber jack…) es conocerle personalmente: amigos, amantes, amores, familia, recuerdos, anhelos, viajes, drogas, crímenes, pasiones, borracheras. El mundo que le rodeaba, sus experiencias y sus pensamientos es lo que encierran sus libros. Revelaciones, equivocaciones, iluminaciones, confesiones, reflexiones, enseñanzas, desatinos, sensateces y sensaciones es lo que encuentro. Todo en medio de belleza, pureza, sinceridad e ingenuidad. Como un perro que ladra. Como un árbol que crece en medio del bosque. Como un acantilado o una simple roca que ahí está, que es. Como el agua que fluye…

Un día estarás tumbado…

1

Un día estarás tumbado

allí en un delicioso trance

y de pronto una caliente

brocha enjabonada te será

aplicada en la cara

—lo tomarás a mal

—un día el

empleado de la funeraria te afeitará.

Jack Kerouac

*

SHANNON HOON

Sólo quiero que alguien me diga: Siempre estaré ahí cuando despiertes… (No rain)

Un 21 de octubre de 1995 murió Shannon Hoon, cantante de la banda Blind Melon. Yo amaba su voz. Era uno de mis héroes del rock en la adolescencia. 

La primera vez que supe de él fue por su participación en Use Your Illusion de Guns N’ Roses. Hacía coros en algunas canciones del doble álbum. Había nacido en el mismo pueblecillo que Axl Rose e Izzy Stradlin. Luego apareció en el videoclip de «Don’t cry». Llevaba una camisa de leñador, pantalones recortados y botas, y tenía el cabello larguísimo, a la usanza de la época.

Entonces vino su gran éxito: «No rain», cuyo bello e inolvidable videoclip presenta a una niña regordeta vestida de abejita que no encuentra su lugar en el mundo sino hasta el final cuando halla muchos como ella y brincan juntos llenos de alegría. Y no llueve.

Por supuesto, compré los dos discos que la banda sacó cuando existía. No era cierto que fueran banda de one hit wonder o un solo éxito. Su segundo álbum: Soup, que incluye «Galaxie» que sonó en la radio comercial, es excelente de principio a fin. La banda iba más allá del sonido habitual de las demás de su género. Tras la muerte de Shannon, ocurrida en plena gira, por sobredosis de cocaína, se publicó un disco póstumo que llevaba el nombre de su pequeña hija de apenas unos meses de vida cuando él falleció.

Nico ahora debe ser una bella abejita adolescente que tuvo como padre a un buen hombre con una bella voz, un gran talento y una terrible adicción.

Como los que saben y entienden de la pasión por el rock habrán visto hasta la saciedad el famoso video y habrán escuchado mil veces la canción, les sugiero vean mejor el video de «Change», la primera canción que compuso Shannon Hoon y que incluye las palabras que reposan en su tumba:

I know we can’t all stay here forever

So I want to write my words on the face of today

And they’ll paint it…

*

Página siguiente »