Montreux 4 de diciembre de 1971 - Diario "El País"

Montreux 4 de diciembre de 1971 - Diario "El País"

By Lina Vanegas

Por esa época había decidido irme de casa. Dejar a mamá encartada con papá y a papá encartado con sus deudas y su cantaleta. Fue fácil. No hubo lágrimas, ni notas, nada. Cuando cerré la puerta escuché un ronquido de papá y eso fue lo último que supe de él. De mí él nunca supo gran cosa. Estábamos a mano, supongo.

Era diciembre. Pensaba en mi hermano diciendo que yo era un monstruo por dejarlo ahí, pero yo ya no estaba para Noches Buenas. O sí, pero no para las aburridas reuniones llenas de tías gordas que no paraban de hablar basura y opinar sobre lo malcriada que se había vuelto Paula. O sea yo.

Fernando me había propuesto viajar con él a Suiza durante una temporada. Su padre tenía ya pago un apartamento en Montreux para que estudiara hotelería y pudiera administrar el negocio a su regreso. En realidad se trataba de un diplomático despido para que lo dejara tener aventuras menos peligrosas con su secretaria, y ambos preferían hacerse los pendejos.

Así que esa madrugada supe a donde ir. Le dije a Fernando que aceptaba sólo porque era el chico que mejor besaba, y Juan había decidido dejar de ser mi novio hacía casi un mes. Lo borré del face, de mi celular y de la lista de correos. No pude llamarlo esa noche durante la borrachera ni luego cuando sentí sinceros deseos de perdonarlo o que me perdonara. Me sobraban razones para huir.

Fernando no me dio tiempo de arrepentirme y en menos de dos semanas ya estaba viviendo en un pequeño apartamento sobre la rue du Théâtre, a una cuadra del lago Lémain. Hacía mucho frío y no teníamos calefacción. Quise llamar otra vez a Juan, y decirle a Fernando que era mejor que durmiéramos en camas separadas. No pude hacer ninguna de las dos cosas. Era el precio por estar lejos de casa.

La primera noche, Fernando cobró el tiquete y la estadía. Apenas intenté sacarle las manos de entre mi camisa, se alejó con aire indignado y empezó a hablar de los francos de más que había tenido que invertir por traerme a “vivir como una reina”. Como odiaba esa expresión. Me le acerqué, lo abracé y dejé que hiciera lo que mejor sabía: besar. Quise que fuera especial, intenté acariciarlo despacio y delinear la cicatriz que atravesaba su ceja izquierda. Pero se me tiró encima como un sapo y así lo hizo durante el resto de las noches.

Día de por medio la misma rutina.

Incluso intentaba conversar con él después del sexo, que era lo que más me gustaba, pero él siempre se volteaba y respondía con monosílabos inconexos:

—Aquí la gente es muy rara Fer. Esta mañana fui al supermercado en pijama y puedo asegurarte que nadie lo notó.

—No.

—¿Qué dices?

—¿Qué dices tú?

—Que aquí la gente es muy rara.

—Paula, deja de hablar pendejadas.

Fernando empezó rápidamente clases, pero yo tardé semanas en animarme a buscar trabajo. Inicié tocando puertas en sitios cercanos así que fui a dos cuadras del apartamento, en el Casino Barrière. Una mujer muy hermosa, de unos 27 años, que tenía el pelo recogido y poco maquillaje, me aconsejó que esperara hasta las diez cuando llegaba el administrador. Mientras tanto, gasté el tiempo en el baño, dando vueltas alrededor y leyendo cada uno de los afiches de las bandas que alguna vez habían estado en ese escenario: Led Zeppelin, Frank Zappa, Marianne Faithfull, Prince. Había también una copia de la letra de la canción “Smoke on the water” de Deep Purple que hablaba del día en el que el Casino fue incendiado.  Yo también me sentía un poco así. Huyendo de mí misma para encontrarme con mi “mí peor”. Los restos de un incendio que nadie quiere recoger. El humo en el agua, el fuego en el cielo.

Agotados todos los entretenimientos antes de tenerme que sentar sola en una esquina y que todos se enteraran de que estaba esperando sola en una esquina, decidí regresar a casa.  Al fin y al cabo no eran más de dos cuadras.  Estaba bajando las escaleras cuando la chica del pelo recogido me llamó y señaló a un hombre muy alto, calvo, que vestía un gabán negro.

—Buenas días —saludó el administrador— ¿Puedo ayudarle en algo?

—Sí. Buenos días —dije desenterrando el francés de algún lugar de mi memoria—. Acabo de llegar a la ciudad y, en realidad, me encuentro buscando un empleo y pensaba que tal vez…

—Que tal vez podríamos ayudarle con eso —dijo como tratando de rescatarme del enredo de frase que estaba intentando construir.

—(Asentí).

—Lo siento, pero por ahora no tenemos vacantes. Regrese en verano que es cuando más trabajo hay —contestó como si no faltaran seis meses para que llegara el maldito verano.

—De acuerdo. No hay problema —dije estirando la mano para despedirme.

Caminé hacia el lago y me senté allí hasta que oscureció. Me pareció que el paisaje era hermoso y que se burlaba de mí, y que yo era la niña fea. El lago estaba rodeado de árboles desnudos, con ramas artríticas que parecían dedos muertos de frío. Se me acercó un idiota a conversar y simulé no entender francés. Aunque era una simulación a medias porque le entendía la mitad. Empezó a llover y pronto tuve el pelo alborotado, la chaqueta mojada y el maquillaje corrido como ojeras. Ahora sí que era la niña fea. Quise llorar y no pude. Nunca podía. Me paré y caminé con la lluvia entre las medias hasta que llegué al apartamento. Fernando estaba furioso esperándome en la sala.

—¿Y tú dónde estabas? —dijo en ese tono parecido al de papá.

—Cerca —respondí quitándome la ropa en la entrada, para no mojar.

—Alcancé a preocuparme —arremetió de nuevo.

—Bueno, pues ya no tienes por qué —contesté.

Fui al baño, donde teníamos la lavadora, para meter la ropa emparamada. Me siguió hasta allí. Abrió la puerta y supe de inmediato lo que seguía. Qué predecibles son los hombres, pensé. Me abrazó por detrás y trató de penetrarme desde ahí.

—Fer, por detrás no —murmuré.

­—Por qué eres tan mojigata, Paula. ¿Te da miedo que empiece a oler a mierda? —se burló.

No había pensado en esa posibilidad, pero respondí que sí. Lo aparté, caminé hacia la sala y prendí el televisor. Fernando fue a acostarse. Miré el reloj de la pared. Era media noche, y las siete en el mío que aún conservaba la hora colombiana. Pensé en mamá y la llamé. No contestó. La imaginé viendo el identificador de llamadas, reconociendo el número internacional y desconectando el teléfono de un tirón. No volví a intentar. Miré por la ventana y supuse que en el apartamento del frente no tenían nevera porque enfriaban las botellas de gaseosa en el balcón.

Apagué el televisor y regresé al baño. Aún estaba en ropa interior. (Olvidé decir que para esa ápoca ya teníamos calefacción, aunque Fernando seguía durmiendo con esa pijama enteriza de cremallera). Me miré en el espejo y me imaginé embarazada. Tal vez porque estaba segura de que eso jamás me pasaría. Inflé la barriga y la acaricié como lo hacían las mujeres que había conocido en ese estado, pero definitivamente yo no tenía ese aire maternal. Saqué la ropa de la lavadora, la extendí y regresé a la sala.

Todavía tenía ganas de llorar.

Volví a mirar por la ventana y pensé que por lo menos nosotros teníamos nevera.

NOTIENESQUEHABLAR

By Luisa Sánchez

Sí, está ahí sentada –como siempre.

Y él está a su lado –como siempre.

La angustia de saber que tocará la puerta

entrará y se sentará justo en la ventana

–ella está justo hacía la ventana–.

Esas miradas frías y la pose (hasta estúpida) de niña mala no ocultan su deseo.

Él llega (acompañado).

Toca(n) la puerta.

Entra(n).

Se sienta justo en la silla que da a la ventana (él).

Se sienta al lado de la puerta (compañera de él).

Oculta su rostro con el cabello “para que no la vean”.

¿Linda? Sí.

¿Interesante? Puede ser.

¿Misteriosa? ¡Qué va, es solo pose!

El que está a su lado, lee –como siempre.

Ella observa:

Su cabello no oculta la calidez de su mirada hacia (él) la ventana.

Él gira en la silla que está en la ventana

Los ojos de ella parecen dar círculos al mismo tiempo.

Es incapaz de cambiar su mirada hacía ella que la observa –su angustia.

Qué terrible puede ser el tiempo con los deseos.

No puede hacer nada con su mirada, con sus manos blancuzcas ni con su pose ridícula.

Sólo unos cuantos meses atrás…

Él no tendría la necesidad de tocar la puerta.

Ella no tendría que posar.

Se levanta(n).

Buenos deseos.

Se cierra la puerta,

y sigue con el que lee sentado a su lado.

Afiche_Oficial

Este viernes 22 de mayo de 2009, a las 7:00 p.m., en el Salón Oval del Edificio de Postgrados de la Universidad  Nacional de Colombia, sede Bogotá, se llevará a cabo el ENCUENTRO DE LITERATURA BIZARRA que contará con la participación de los escritores Max Palacios (Perú) y Adolfo Villafuerte (Colombia). El evento es organizado por Caterva.

ENTRADA LIBRE!

Sobre los contendientes invitados

Max Palacios

Realizó estudios de Derecho y una Maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana en la Universidad Mayor de San Marcos. Ha publicado la novela Con el diablo dentro (2001), los libros de cuentos Amores bizarros (2003), La culpa la tiene Nabokov (2005), y la antología de literatura bizarra, Abofeteando a un cadáver (2007). Actualmente, se dedica a la docencia y dirige el sello independiente Bizarro Ediciones.

cadaver

AMORES

nobokov

CONELDIABLO

 

 

 

 

 

 

Adolfo Villafuerte

De padre ecuatoriano, madre colombiana, nació en Venezuela, creció entre Colombia y Ecuador y se nacionalizó colombiano. Precursor de la estética Omertà. Ha escrito reseñas sobre música y literatura para algunas revistas independientes. Participó en el proyecto literario Filigranas de Perder (2007), gracias al cual hizo parte del cuento colectivo “Médulas Pop!” publicado en el libro Simbiosis Virginal (2008). Hizo parte del Taller de Cuento Ciudad de Bogotá 2008. Participó en la antología de cuento Cenizas en el andén (2009) con el cuento “Opaco”.

simbiosis

CENIZAS

 

 

 

 

 

 

Sobre el Género Bizarro.

La literatura bizarra incluye varios estilos de escritura inclasificable y sub-géneros que tienen en común los temas transgresivos, underground y en ocasiones cercanos al absurdo.

Para sus seguidores el género ha tomado un carácter de culto. Entre los principales exponentes del género bizarro se encuentran: Carlton Mellick III, Jeremy Robert Johnson, D. Harlan Wilson, Andre Duza, Steve Beard, John Edward Lawson, Vincent Sakowski y Jeremy C. Shipp.