CICATRICES II

By Max Palacios

La Maru se acercó un poco, cogió mi mano, la colocó sobre su pecho y me preguntó:

—¿Acaso no quieres ver mis cicatrices?

(En el lugar sonaba una vieja canción de Radiohead, con la voz vidriosa de Thom Yorke).

Moví la cabeza de un lado para otro; pero, inmediatamente, se abrió la blusa y pude ver en su pecho dos tremendas aspas que cruzaban sus pectorales y llegaban hasta su vientre.

—Si me vas a querer, tendrás que curar mis cicatrices –me susurró al oído, mientras mordía parte de mi oreja suavemente.

La aparté un poco para mirarla a los ojos y le dije:

—No creo tener el poder para curar tus heridas: la víbora que te envenena no puede servir como antídoto para tus cicatrices.

Cogí mi botella y salí del lugar para poder respirar el aire más puro de la noche. En la esquina, arrojé la cuchilla suiza que llevaba en el bolsillo con la seguridad total de que jamás la volvería a emplear.

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