Historia por Jeremy C. Shipp

(Del libro “Sheep and Wolves”)

Traducción por Adolfo Villafuerte

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Jeremy C. Shipp

La garrapata te succiona fuera de mí en cuestión de minutos, pero transcurren tres días hasta que naces de nuevo.
Durante el periodo de espera, garabateo ideas, diagramas, incluso pedacitos de diálogo. Lleno todo un cuaderno con letras chuecas y pequeños agujeros donde mis lápices traspasan la hoja.
Finalmente, estoy de pie frente a la garrapata, comiéndome las uñas, viéndola empujar el saco embrionario por su diminuto culito.
“¿Duele?” digo.
“Sí, un poquito” dice la garrapata. “Pero vale los $500”
“¿Y tú para qué necesitas $500?”
“¿Tú para qué necesitas un hombrecito?”
Emerges, te abres paso cortando el saco, cubierto de pus verde.
“¿De donde sacó el cuchillo?” digo.
“Debe estar hecho de depósitos de calcio”, dice la garrapata.
Tú sigues desorientado, lanzando golpes al aire, gritando algo acerca del ejército. Te guardo en la bolsa negra.
En la cena, mi esposa me habla acerca de alguna organización sin ánimo de lucro y finjo interés. Ella termina llorando –No sé muy bien por qué. Tal vez me reí cuando debí haber fruncido el seño.
Más tarde esa noche, estoy en el garage, mirando la jaula de jerbo.
La bolsa negra no se mueve, y me aterroriza que estés muerto.
Pero luego, cuando te boto, te levantas y gritas, “¿Qué diablos hiciste?”.
“Esto ya no es acerca de mi”, digo. Bueno, recito. “Siempre hiciste todo acerca de mi, pero siempre era acerca de ti. Ahora vas a pagar por lo que me hiciste. Y a mamá”.
Apuntas tu cuchillo en mi dirección. “Déjame me ir o te mato de una puta vez”.
Me río. Me río de tu estúpido cuchillito y de tu estúpida vocecita. Solía temerle tanto a esos ojos, pero ahora son míos para jugar.
Entonces abro mi cuaderno. “Puedes olvidarte de pedir clemencia. Tengo que hacer esto”.
“Me pudiste haber dejado muerto”, dices.
Tienes razón, por supuesto. No debería estar aquí ahora. Debería estar en cama, abrazando a mi esposa, soñando esta pesadilla en lugar de vivirla.
Pero es muy tarde ahora.
Busco la granja de hormigas.

*      *      *

PARASITE

By Jeremy C. Shipp

THE TICK SUCKS you out of me in a matter of minutes, but it takes three
months before you’re born again.
During the waiting period, I scribble down ideas, diagrams, even
snippets of dialogue. I fill an entire notebook with jagged letters and little
holes where my pencils puncture the paper.
Finally, I’m standing over the tick, biting my fingernails, watching him
push the embryonic sack out his tiny ass.
“Does that hurt?” I say.
“Yeah, a little,” the tick says. “But it’s worth the $500.”
“What do you need with $500 anyway?”
“What do you need with a little man?”
You emerge, and cut your way out of the sack, coated with green pus.
“Where did he get the knife?” I say.
“It must be made of calcium deposits,” the tick says.
You’re still disoriented, swinging at the air, shouting something about
the army. I stick you in the black bag.
At dinner, my wife tells me about some non-profit organization, and
I pretend to care. She ends up crying—I’m not sure why. Maybe I laughed
when I should’ve frowned.
Later that night, I’m inside the garage, looking into the gerbil cage.
The black bag isn’t moving, and I’m terrified you’re dead.
But then, when I dump you out, you get up and yell, “What the fuck
did you do?”
“This isn’t about me anymore,” I say. Well, recite. “You always made
everything about me, but it was always about you. Now you’re gonna pay
for what you did to me. And mom.”
You point your knife at me. “Let me go, or I’m gonna fucking kill you.”
I laugh. I laugh at your stupid little knife and your stupid little voice. I
used to be so afraid of those eyes, but now they’re mine to play with.
So I open my notebook. “You can forget begging for mercy. I have to
do this.”
“You could’ve let me stay dead,” you say.
You’re right, of course. I shouldn’t be here right now. I should be in
bed, holding my wife in my arms, dreaming this nightmare instead of
living it.
But it’s too late now.
I reach for the ant farm.

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COMPLICES-GABRIELUS

By Gabriel Umaña Suárez

Joseph imagina desnuda a su ex novia, montada sobre él, apuntándole a la cabeza con su Ruger P-89. El problema, para Joseph, es que ella se comporta como si lo supiera todo, pero la verdad es que no sabe mucho, ni de él, ni de lo que sucedió la noche anterior.

Anoche Joseph fue al bar donde toca la banda de Johnny. Se tomó media botella de whisky y probó todo tipo de pepas hasta que logró ver a su ex novia convertida en personaje de cómic. Le causó gracia verla por todas partes, colgando del techo, en la pista de baile, en la barra bebiendo agua de coco y en el baño nadando en el inodoro.  

Cuando el efecto psicoactivo empezó a ceder frente a su razonamiento, Johnny le presentó dos amigas: Jane y Annie. Los cuatro hablaron por largo rato. Sobre una servilleta Joseph hizo un listado de actividades para el resto de la noche. Las compartió con su amigo y las recién conocidas. Todos acordaron ser cómplices por una noche.

Transitaron en el Corvette rojo de Johnny a cien km/h, escuchando ese rock que la ex novia de Joseph nunca entendió, dejando que el viento se les tragara los ojos y escribiendo una nueva historia en la que ella y su trasero recalentado no tendrían lengua que los lamiera.

Ingresaron al apartamento de Jane, encendieron la chimenea y Johnny interpretó su guitarra, mientras hablaban de la forma en que se comerían el mundo e impregnarían sus vidas con algo emocionante: el plan de venganza diseñado por Joseph.  

El escándalo trajo al vecino hasta la puerta del apartamento. Johnny no aguantó sus insultos y le lanzó un golpe que el viejo ex policía esquivó casi en cámara lenta. Las mujeres gritaron alarmadas y Joseph, sin su ex novia, cobarde como antes de conocerla, lanzó un florero que estalló justo en la cabeza del vecino. Tumbado en el piso, lo arrastraron hasta la sala, lo amarraron a una silla, lo amordazaron y le cubrieron los ojos.

Johnny tuvo sexo con Jane y Joseph con Annie. Los gemidos de las mujeres trajeron de regreso la conciencia al vecino. Se despertó amarrado a la silla. Maldiciendo trató de zafarse hasta que su pesado cuerpo terminó en el suelo. Fastidiado, Johnny le cortó el cuello. “Por sapo”.

Para cuando llegó la policía a la escena del crimen, el Corvette rojo de vidrios oscuros estaba a varias cuadras del lugar. Sus ocupantes preparaban la siguiente incursión.

En la tienda de víveres se abastecieron de cerveza y chucherías. Joseph recordó que la noche en que conoció a su ex novia hicieron lo mismo: “compramos dos cervezas alemanas, salchichas y un paquete gigante de frituras. Nos bañamos con la cerveza y ella se comió las salchichas mientras la penetraba. Esa fue una buena noche”, comentó.  

Fueron al almacén del viejo Rupert. Quebraron los vidrios. Se llevaron un cuchillo, un taladro, una broca de tungsteno de ¾, una sierra eléctrica y la caja registradora con el dinero. “Por cabrón”.

Jane, con su escote, fue la encargada de llamar a la puerta de Mike. Cuando el negro atendió el llamado, Jane le habló como si lo conociera del colegio. Le dijo que era Jackie, la que se comió en el baño de niñas, quince años atrás. Le mencionó que un negro como él jamás se olvida. Cuando Mike bajó la guardia, Johnny apareció de improviso y le puso  el cuchillo en la garganta.  

Lo metieron al baúl del Corvette y se dirigieron a la zona industrial. Allí lo bajaron y lo obligaron a repetir cada uno de los apodos que le había puesto a Joseph cuando estaban en el colegio. Por cada uno, Annie le enterró el cuchillo. Quedó tendido en el suelo, con 17 agujeros en el abdomen. “Por montador”.

El grito de la esposa de Barry Ernie Felton llegó demasiado tarde. Jane y Annie ya se habían encargado de los niños, Johnny tenía en el suelo al señor Felton amenazándolo con el cuchillo y Joseph estaba junto a ella, explicándole que si seguía gritando, los niños no podrían ir al colegio el lunes siguiente.

Cuando todos se calmaron un poco, Joseph les habló de la injusticia que cometió el señor Felton en la clase de Opinión Pública. Les contó que él era el autor original de los ensayos sobre las elecciones del 98 de Sara y Marcus. Reservó el mejor con su firma y los otros dos los cedió a sus compañeros a cambió de una insignificante suma de dinero: “Sara obtuvo la mejor nota, Marcus apenas pasó y yo recibí la peor calificación”, dijo.  

Comprendida la razón de la presencia de los extraños en la casa Felton, Joseph encendió el taladro. Johnny sujetó con el peso de su cuerpo al señor Felton, mientras su compañero le abría un orificio en cada mano. “Por imbécil”.

July no recordaba a Joseph: “sólo había sido un capítulo invisible en su vida”. Por el contrario, Joseph la tenía presente en la memoria. Jane y Annie, la golpearon hasta dominarla. Como en la casa Felton, Johnny la sostuvo, mientras Joseph le cortaba las piernas con la sierra. “Por perra”. 

Era el momento de tomar rumbos diferentes. El último punto de la lista, tendría que resolverlo Joseph, solo, sin ayuda de nadie. Era algo a que lo que tendría que enfrentarse para poder concluir su venganza.

Joseph llegó a la casa de su ex novia al amanecer. Aprovechó que aún no le había entregado las llaves para darle una sorpresita. Ella le dijo que no estaba bien que se siguieran viendo porque ya no había nada entre ellos y le pidió las llaves. El accedió a cambio de un beso.  

Al calor de la última muestra de afecto, ella, como cada mañana, como cada vez en que amanecieron juntos, terminó pidiéndole sexo. Hicieron el amor como nunca lo habían hecho. Joseph no se asombró por este gesto, es más, lo estaba esperando. Ella se meció sobre él hasta que logró ese orgasmo que nunca tuvo mientras fueron novios y cuando la mujer sintió electricidad recorriendo su cuerpo, sacó su Ruger P-89 de la mesa de noche y le descargó la munición en la cara, destruyéndole la cabeza.

Montreux 4 de diciembre de 1971 - Diario "El País"

Montreux 4 de diciembre de 1971 - Diario "El País"

By Lina Vanegas

Por esa época había decidido irme de casa. Dejar a mamá encartada con papá y a papá encartado con sus deudas y su cantaleta. Fue fácil. No hubo lágrimas, ni notas, nada. Cuando cerré la puerta escuché un ronquido de papá y eso fue lo último que supe de él. De mí él nunca supo gran cosa. Estábamos a mano, supongo.

Era diciembre. Pensaba en mi hermano diciendo que yo era un monstruo por dejarlo ahí, pero yo ya no estaba para Noches Buenas. O sí, pero no para las aburridas reuniones llenas de tías gordas que no paraban de hablar basura y opinar sobre lo malcriada que se había vuelto Paula. O sea yo.

Fernando me había propuesto viajar con él a Suiza durante una temporada. Su padre tenía ya pago un apartamento en Montreux para que estudiara hotelería y pudiera administrar el negocio a su regreso. En realidad se trataba de un diplomático despido para que lo dejara tener aventuras menos peligrosas con su secretaria, y ambos preferían hacerse los pendejos.

Así que esa madrugada supe a donde ir. Le dije a Fernando que aceptaba sólo porque era el chico que mejor besaba, y Juan había decidido dejar de ser mi novio hacía casi un mes. Lo borré del face, de mi celular y de la lista de correos. No pude llamarlo esa noche durante la borrachera ni luego cuando sentí sinceros deseos de perdonarlo o que me perdonara. Me sobraban razones para huir.

Fernando no me dio tiempo de arrepentirme y en menos de dos semanas ya estaba viviendo en un pequeño apartamento sobre la rue du Théâtre, a una cuadra del lago Lémain. Hacía mucho frío y no teníamos calefacción. Quise llamar otra vez a Juan, y decirle a Fernando que era mejor que durmiéramos en camas separadas. No pude hacer ninguna de las dos cosas. Era el precio por estar lejos de casa.

La primera noche, Fernando cobró el tiquete y la estadía. Apenas intenté sacarle las manos de entre mi camisa, se alejó con aire indignado y empezó a hablar de los francos de más que había tenido que invertir por traerme a “vivir como una reina”. Como odiaba esa expresión. Me le acerqué, lo abracé y dejé que hiciera lo que mejor sabía: besar. Quise que fuera especial, intenté acariciarlo despacio y delinear la cicatriz que atravesaba su ceja izquierda. Pero se me tiró encima como un sapo y así lo hizo durante el resto de las noches.

Día de por medio la misma rutina.

Incluso intentaba conversar con él después del sexo, que era lo que más me gustaba, pero él siempre se volteaba y respondía con monosílabos inconexos:

—Aquí la gente es muy rara Fer. Esta mañana fui al supermercado en pijama y puedo asegurarte que nadie lo notó.

—No.

—¿Qué dices?

—¿Qué dices tú?

—Que aquí la gente es muy rara.

—Paula, deja de hablar pendejadas.

Fernando empezó rápidamente clases, pero yo tardé semanas en animarme a buscar trabajo. Inicié tocando puertas en sitios cercanos así que fui a dos cuadras del apartamento, en el Casino Barrière. Una mujer muy hermosa, de unos 27 años, que tenía el pelo recogido y poco maquillaje, me aconsejó que esperara hasta las diez cuando llegaba el administrador. Mientras tanto, gasté el tiempo en el baño, dando vueltas alrededor y leyendo cada uno de los afiches de las bandas que alguna vez habían estado en ese escenario: Led Zeppelin, Frank Zappa, Marianne Faithfull, Prince. Había también una copia de la letra de la canción “Smoke on the water” de Deep Purple que hablaba del día en el que el Casino fue incendiado.  Yo también me sentía un poco así. Huyendo de mí misma para encontrarme con mi “mí peor”. Los restos de un incendio que nadie quiere recoger. El humo en el agua, el fuego en el cielo.

Agotados todos los entretenimientos antes de tenerme que sentar sola en una esquina y que todos se enteraran de que estaba esperando sola en una esquina, decidí regresar a casa.  Al fin y al cabo no eran más de dos cuadras.  Estaba bajando las escaleras cuando la chica del pelo recogido me llamó y señaló a un hombre muy alto, calvo, que vestía un gabán negro.

—Buenas días —saludó el administrador— ¿Puedo ayudarle en algo?

—Sí. Buenos días —dije desenterrando el francés de algún lugar de mi memoria—. Acabo de llegar a la ciudad y, en realidad, me encuentro buscando un empleo y pensaba que tal vez…

—Que tal vez podríamos ayudarle con eso —dijo como tratando de rescatarme del enredo de frase que estaba intentando construir.

—(Asentí).

—Lo siento, pero por ahora no tenemos vacantes. Regrese en verano que es cuando más trabajo hay —contestó como si no faltaran seis meses para que llegara el maldito verano.

—De acuerdo. No hay problema —dije estirando la mano para despedirme.

Caminé hacia el lago y me senté allí hasta que oscureció. Me pareció que el paisaje era hermoso y que se burlaba de mí, y que yo era la niña fea. El lago estaba rodeado de árboles desnudos, con ramas artríticas que parecían dedos muertos de frío. Se me acercó un idiota a conversar y simulé no entender francés. Aunque era una simulación a medias porque le entendía la mitad. Empezó a llover y pronto tuve el pelo alborotado, la chaqueta mojada y el maquillaje corrido como ojeras. Ahora sí que era la niña fea. Quise llorar y no pude. Nunca podía. Me paré y caminé con la lluvia entre las medias hasta que llegué al apartamento. Fernando estaba furioso esperándome en la sala.

—¿Y tú dónde estabas? —dijo en ese tono parecido al de papá.

—Cerca —respondí quitándome la ropa en la entrada, para no mojar.

—Alcancé a preocuparme —arremetió de nuevo.

—Bueno, pues ya no tienes por qué —contesté.

Fui al baño, donde teníamos la lavadora, para meter la ropa emparamada. Me siguió hasta allí. Abrió la puerta y supe de inmediato lo que seguía. Qué predecibles son los hombres, pensé. Me abrazó por detrás y trató de penetrarme desde ahí.

—Fer, por detrás no —murmuré.

­—Por qué eres tan mojigata, Paula. ¿Te da miedo que empiece a oler a mierda? —se burló.

No había pensado en esa posibilidad, pero respondí que sí. Lo aparté, caminé hacia la sala y prendí el televisor. Fernando fue a acostarse. Miré el reloj de la pared. Era media noche, y las siete en el mío que aún conservaba la hora colombiana. Pensé en mamá y la llamé. No contestó. La imaginé viendo el identificador de llamadas, reconociendo el número internacional y desconectando el teléfono de un tirón. No volví a intentar. Miré por la ventana y supuse que en el apartamento del frente no tenían nevera porque enfriaban las botellas de gaseosa en el balcón.

Apagué el televisor y regresé al baño. Aún estaba en ropa interior. (Olvidé decir que para esa ápoca ya teníamos calefacción, aunque Fernando seguía durmiendo con esa pijama enteriza de cremallera). Me miré en el espejo y me imaginé embarazada. Tal vez porque estaba segura de que eso jamás me pasaría. Inflé la barriga y la acaricié como lo hacían las mujeres que había conocido en ese estado, pero definitivamente yo no tenía ese aire maternal. Saqué la ropa de la lavadora, la extendí y regresé a la sala.

Todavía tenía ganas de llorar.

Volví a mirar por la ventana y pensé que por lo menos nosotros teníamos nevera.

NOTIENESQUEHABLAR

By Luisa Sánchez

Sí, está ahí sentada –como siempre.

Y él está a su lado –como siempre.

La angustia de saber que tocará la puerta

entrará y se sentará justo en la ventana

–ella está justo hacía la ventana–.

Esas miradas frías y la pose (hasta estúpida) de niña mala no ocultan su deseo.

Él llega (acompañado).

Toca(n) la puerta.

Entra(n).

Se sienta justo en la silla que da a la ventana (él).

Se sienta al lado de la puerta (compañera de él).

Oculta su rostro con el cabello “para que no la vean”.

¿Linda? Sí.

¿Interesante? Puede ser.

¿Misteriosa? ¡Qué va, es solo pose!

El que está a su lado, lee –como siempre.

Ella observa:

Su cabello no oculta la calidez de su mirada hacia (él) la ventana.

Él gira en la silla que está en la ventana

Los ojos de ella parecen dar círculos al mismo tiempo.

Es incapaz de cambiar su mirada hacía ella que la observa –su angustia.

Qué terrible puede ser el tiempo con los deseos.

No puede hacer nada con su mirada, con sus manos blancuzcas ni con su pose ridícula.

Sólo unos cuantos meses atrás…

Él no tendría la necesidad de tocar la puerta.

Ella no tendría que posar.

Se levanta(n).

Buenos deseos.

Se cierra la puerta,

y sigue con el que lee sentado a su lado.

VIOLACIONENTRESACTOS

By Violador de musas

Acto I

Mezcla una botella de cada licor en una caneca, bébetela toda en un solo sorbo, añade diez cajetillas de cigarrillos, varias líneas de perico y un par de inyecciones. No duermas, no comas, muéstrale el culo a unos policías, luego mátate a golpes con un grupo de neonazis, de preferencia armados con bates, y procúrate un tiro en la cabeza que destroce tu hipocampo.

Sólo eso podría explicar el estado en que estoy.

Las náuseas, el dolor de cabeza y el ansia insoportable de droga no me permiten pensar con claridad. El mundo da vueltas y vomito una baba transparente, sin olor, sin sabor. Mi estómago está vacío y boto únicamente saliva. Sin embargo, el diafragma tiene voluntad propia y sigue contrayéndose en un intento desesperado por destriparme.

En este lamentable estado, intento descubrir qué ha pasado. Siento como si me hubieran pegado un mazazo en la cabeza, y no sé si fue debido al exceso de licor, a una sobredosis o una mezcla de ambas. Es una reacción natural en los seres humanos arrugar la frente, cerrar los ojos y sobarse la cabeza cuando duele.

Acabo de descubrir que no puedo: estoy atado de pies y manos a una cama, desnudo por completo. Grito, pero apenas si sale un hilito de voz, inaudible incluso para un perro.

No veo nada.

Parece una mala historia de terror. Estás amarrado, amnésico, sin voz, y la falta de visión te hace llegar a conclusiones fatalistas: algún hijueputa te dio burundanga, te secuestró, te violó, te volvió a violar, te arrancó los ojos y te dejó amarrado a las patas de la cama, desnudo, nadando en tu propio vómito y está justo al lado tuyo viéndote morir.

Imagínalo.

Sólo así podrás comprender la rabia que siento. Alguien puede estar viéndome morir. Alguien pudo haberme violado. De repente se enciende la luz y me siento como un vampiro cuando asoma el alba y le arde la vida que no tiene. Luego viene lentamente —está en tacones—, y se monta sobre mi cuerpo como si quisiera cabalgarme.

—Hola Bizcocho. —Dice ella.

Es Mariana.

—¿Dormiste bien amor? Creo que me pasé un poco con la morfina.

Comencé a recordar. En una secuencia desordenada y difusa llegaron a mi mente las imágenes de esa noche fatal y patética.

“Muchos de los opiáceos producen primero una sensación de placer y euforia, que luego de un tiempo recae una sedación potente y, si se aplica en dosis altas, puede provocar trastornos de la memoria y confusión mental generalizada durante breves períodos de tiempo”.

Eres una zorra, Mariana, escribiste todo esto en la pared para que yo fuese plenamente consciente de mi situación. Olvidaste citar la fuente.

—Ahora sí: ¿Quieres o no quieres hacerme el amor?

Acto II

Tengo miedo. Hay una loca pornógrafa que quiere sexo conmigo y para eso me amarra a una cama y me aplica morfina. Es fea. Fea como su aliento y quiere violarme porque no he querido hacerle nada. Mariana es de esas mujeres que no rompen un plato en apariencia, pero que llegan a actos absurdos como este porque su proverbial fealdad y su estupidez sin límites le impiden relacionarse con otras personas de la misma forma que el común de la gente. No tiene habilidades sociales: alguna imprudencia, un comentario fuera de tono o los intentos infantiles de sobrepasarse permiten evidenciar que ella no tiene amigos, sólo fantasías sexuales.

—¡Que me responda cabrón!, ¿me quiere meter la verga o no? Venga le chupo las bolas.

Ambos sabemos que es un intento infructuoso. Desde que llegué a la oficina noté sus miradas lujuriosas que intentaba disimular girando el rostro y emitiendo una sonrisita pendeja como si no quisiera la cosa. Pero hay que hacerse una imagen de ella.

Es la secretaria del coordinador de relaciones públicas de la empresa. Su puesto es simbólico, puesto que sólo se encarga de sacar algunas fotocopias y hacer mandados, el resto lo hace el Doctor Madariaga, quien afortunadamente es lo suficientemente feo como para que los ojos de esta se dignen a mirarlo. Llega todos los días puntualmente a las diez de la mañana, se sienta en su escritorio, enciende el computador y de inmediato se apresta a buscar en Skipe, Messenger, Facebook y PornTube las ensoñaciones necesarias para encerrarse en el baño durante el mediodía. Todos lo sabemos, todos lo callamos, pero siempre buscamos la oportunidad para descubrirla en flagrancia y hacer un mapa personal de sus cochinadas:

“Mariana por fa… ¡uy!” y cierre inmediato de todos los programas, organización de su miserable vestimenta y otra sonrisita estúpida mientras se sonroja porque su interlocutor ya no quiere comunicarse con ella: el computador no funciona y ha quedado en la pantalla un miembro enhiesto y triunfante que atraviesa de esquina a esquina las diecinueve pulgadas de su monitor de plasma. Hay que ver cómo se descompone en una mueca de furia tan pronto uno se aleja, y cómo rompe un lápiz con sus dedos porque su deseo se convierte en vergüenza y toda la novela rosa que arma en su cabeza y llega a su punto culminante —una orgía de sexo, sangre e insultos a la española—, se trunca cuando observa los gestos de sorpresa y asco, seguidos por un estallido de risa y ay Mariana, en serio, das asco, cómo te vas a poner a ver esas cosas en el trabajo, si quieres te pago una noche en Apolos, o te regalo un consoladorcito de cumpleaños.

Sólo así podrás sentir el asco que tengo.

Acto III

Mariana se levanta y se quita un pelo crespo y grueso de los dientes, me pega una furiosa cachetada y acto seguido se levanta y pone un tacón puntiagudo de ocho centímetros sobre el diafragma, comienza a oprimir con el pie y un dolor difícil y penetrante me impide respirar.

—¿Usted porqué no quiere conmigo, le parezco fea?

Mejor no hablemos de su físico. Digamos que levantó su pie, al fin, sacó del cajón un tarro de pastillas y me embutió cuatro junto con un vaso de agua mientras me tapaba la nariz. Era Viagra.

En este momento mis memorias se organizan un poco mejor y puedo intuir cómo llegué a esta situación. El Doctor Madariaga estaba fuera del país y necesitaba con urgencia un informe sobre algo aburrido. Mariana no puede sola, pobrecita, y eso el Doc. Lo sabe. De modo que nos ordena que la ayudemos.

Decidimos que la suerte fuese encargada de encomendar tan sórdida misión. Metimos papelitos en una bolsa, y ella se encargó de sacar el elegido, quien ayudaría a Mariana a solucionar su requiebro. Fui yo. Creo que llegamos a su casa, que el computador estaba encendido y al parecer su hermana había salido de viaje… no sé.

—A ver si con esto no te arrechas. —Puso música electrónica y comenzó a bailar con intenciones de sensualidad macabra. Yo me estaba debilitando nuevamente y la visión me provocó náuseas. Sus formas se diluyeron como el humo de un cigarrillo en formas sinusoidales similares a los cuadros de Marcus Behmer, que mi esposa admira y que rinden homenaje a la Salomé de Wilde. Quizá el humo azul que era esta mujer fuese el mismo que vio Herodes cuando su hijastra le pidió la cabeza del profeta. Siento taquicardia y Rocky —mi pene—, asomó su cabeza para luego hacer su aparición magnificente en una erección tan poderosa que duele. Mi cabeza, sin embargo, no logra tener tales energías, todo fue una blancura lechosa y sentí un… des… desma…

Ahora, es un chorro de agua helada que me golpea brutalmente el rostro y luego llega hasta mi boca impidiéndome respirar, desciende rápidamente por el torso y se concentra en mis pobres genitales que ya no aguantan semejante rigidez. Es esta loca de mierda desnuda, con un fuste de cuero y me apunta con una manguera diciendo que le emputa tener sexo con un cadáver, que me despierte, maricón, y que soy el encargado de satisfacer tantas frustraciones de pepinos y penes inverosímiles en los últimos diez años.

¡Claro! Eso último me lo dijo cuando me puso el porno:

—¿Usted porqué pone eso?

—Tranquilo mi amor, que esto es sólo para ponerme caliente.

—Mariana, no joda. Tenemos que entregar ese informe mañana.

—¡No me importa! Estoy mamada de los pepinos y las botellas.

En la pantalla otra verga de tamaño descomunal iba y venía por entre el trasero aceitado de una negra digna de una tribu de Samburu. Mariana me acariciaba las piernas y comenzaba a subir su mano mientras yo trataba de sobreponerme de la sorpresa. Luego me apretó los genitales con tal fuerza que el aire se fue como por un hoyo negro y los sentidos se turbaron como si un zumbido fantasmal irrumpiera en mis oídos y reventara no sólo los tímpanos, sino mi cabeza entera. Me inyectó algo en el brazo y luego desperté aquí, con la sangre llena de morfina y viagra, amarrado porque Mariana me violará, me volverá a violar y hará lo que sea para sentirse satisfecha, aunque ello implique chamuscarme las tetillas con la electricidad proveniente de una batería de carro que ya empieza a conectar.

(Ciudad tras las dunas - Catalina Zúñiga)

(Ciudad tras las dunas - Catalina Zúñiga)

©2009

By Raúl Harper

(English version)

No debe ser una preferencia personal, eso de tomarme el día para pensar en blanco. Podría pensar en rojo, en azul, incluso en algún verde fosforescente; pero la tradición señala que cuando necesitas relajarte, debes pensar en blanco. Al principio tomaba clases de Hatha Yoga dos veces por semana: los martes y los jueves, pero fue tan mágico su efecto en mí, que a los pocos meses ya lo estaba practicando a diario.

Como complemento a mi rutina yoga dediqué los domingos a sesiones caseras de meditación, a pensar en blanco. Me sentaba en posición de loto en medio de la sala de mi apartamento, que poco a poco había empezado a vaciar de muebles hasta quedar apenas con algunos cojines y una lámpara de piso. Los primeros intentos de poner la mente en blanco fueron bastante infructuosos, pues el solo repetirme que no debía pensar en nada ya era un pensamiento. También solía quedarme dormido y tener sueños de lo más extraños. En una ocasión me encontré en medio de un desierto en el que además de dunas, solo se veía una caravana de camellos. Ningún ser humano acompañaba la caravana, por lo cuál pensé, —uno siempre piensa este tipo de incoherencias en los sueños— que aquellos camellos debían estar amaestrados como palomas mensajeras o que eran dirigidos a control remoto. Estaba ahí en medio del desierto y extendía mi brazo hacia la caravana, pidiéndole un aventón.

La caravana detuvo su marcha y uno de los camellos me preguntó:

—¿Adónde te diriges?

—A las pirámides, supongo. —La verdad no tenía idea pero me pareció lo más lógico.

—No hay pirámides en el desierto de La Guajira.

—Entonces voy a Riohacha o a las minas de carbón.

—Te llevaríamos con gusto, pero no hay camellos en el desierto de la Guajira.

Y la caravana reinició su camino.

Un maldito sueño de callejón sin salida.

Una de las sesiones dominicales decidí acompañarla de un ayuno de 24 horas. Solo agua con limón. A eso del mediodía un sol perfecto iluminó a través de la ventana y descansó sobre mi cuerpo. La combinación de factores debió favorecer mi objetivo, pues de repente me encontré en trance. Debía ser el esperado trance blanco, pero como tenía los ojos cerrados más bien me pareció que pensaba en negro. Duró unos tres minutos en los cuales no pensé en nada, nada; hasta que una voz repentina interrumpió el silencio:

“No permitas que el mundo exterior se convierta en tu mundo interior.”

La voz me sonó conocida, aunque no pude ubicar a la de quien. Me concentré de nuevo en el color blanco, logrando tan solo dormirme. ¡Mierda!, soñé otra cosa extraña.

Me encontré en medio del Polo Norte. Pura nieve, todo muy blanco, envidiable. Esto debe ser lo más cercano a pensar en blanco, medité. Algo bastante intrigante era no sentir frio a pesar de vestir solo un jean y una camiseta. A la distancia vi acercarse la misma  caravana de camellos del otro sueño. También esta vez extendí mi brazo para pedir un aventón. La caravana se detuvo y uno de los camellos me preguntó:

—¿Adónde te diriges?

—No lo sé —respondí. Y fue una respuesta sincera, porque a diferencia de un desierto donde podría buscar las pirámides, un oasis o a Riohacha, en el Polo no se me ocurría ningún destino.

—Veo que haz seguido mi consejo.

Miré al camello sin comprender. Él explicó entonces:

—No permitas que el mundo exterior se convierta en tu mundo interior. —Ubiqué la voz.— Afuera hace frío, pero te mantienes cálido a pesar de vestir solo un jean y una camiseta.

—Igual preferiría estar en el Sahara o en las playas de Copacabana. ¿Pueden llevarme ahí?

—Te llevaríamos con gusto, pero no hay camellos en el Polo Norte.

Y la caravana reinició su camino.

Vi a los camellos alejarse hasta fundirse con la nada del horizonte; despreocupados y obtusos. Ser camello es pensar en blanco, pensé.

Esta historia se encuentra protegida por derechos de autor y Copyright. Cualquier reproducción debe ser aprobada por el titular de los derechos.

©Raúl Harper, 2009

CICATRICES II

By Max Palacios

La Maru se acercó un poco, cogió mi mano, la colocó sobre su pecho y me preguntó:

—¿Acaso no quieres ver mis cicatrices?

(En el lugar sonaba una vieja canción de Radiohead, con la voz vidriosa de Thom Yorke).

Moví la cabeza de un lado para otro; pero, inmediatamente, se abrió la blusa y pude ver en su pecho dos tremendas aspas que cruzaban sus pectorales y llegaban hasta su vientre.

—Si me vas a querer, tendrás que curar mis cicatrices –me susurró al oído, mientras mordía parte de mi oreja suavemente.

La aparté un poco para mirarla a los ojos y le dije:

—No creo tener el poder para curar tus heridas: la víbora que te envenena no puede servir como antídoto para tus cicatrices.

Cogí mi botella y salí del lugar para poder respirar el aire más puro de la noche. En la esquina, arrojé la cuchilla suiza que llevaba en el bolsillo con la seguridad total de que jamás la volvería a emplear.