(Ciudad tras las dunas - Catalina Zúñiga)

(Ciudad tras las dunas - Catalina Zúñiga)

©2009

By Raúl Harper

(English version)

No debe ser una preferencia personal, eso de tomarme el día para pensar en blanco. Podría pensar en rojo, en azul, incluso en algún verde fosforescente; pero la tradición señala que cuando necesitas relajarte, debes pensar en blanco. Al principio tomaba clases de Hatha Yoga dos veces por semana: los martes y los jueves, pero fue tan mágico su efecto en mí, que a los pocos meses ya lo estaba practicando a diario.

Como complemento a mi rutina yoga dediqué los domingos a sesiones caseras de meditación, a pensar en blanco. Me sentaba en posición de loto en medio de la sala de mi apartamento, que poco a poco había empezado a vaciar de muebles hasta quedar apenas con algunos cojines y una lámpara de piso. Los primeros intentos de poner la mente en blanco fueron bastante infructuosos, pues el solo repetirme que no debía pensar en nada ya era un pensamiento. También solía quedarme dormido y tener sueños de lo más extraños. En una ocasión me encontré en medio de un desierto en el que además de dunas, solo se veía una caravana de camellos. Ningún ser humano acompañaba la caravana, por lo cuál pensé, —uno siempre piensa este tipo de incoherencias en los sueños— que aquellos camellos debían estar amaestrados como palomas mensajeras o que eran dirigidos a control remoto. Estaba ahí en medio del desierto y extendía mi brazo hacia la caravana, pidiéndole un aventón.

La caravana detuvo su marcha y uno de los camellos me preguntó:

—¿Adónde te diriges?

—A las pirámides, supongo. —La verdad no tenía idea pero me pareció lo más lógico.

—No hay pirámides en el desierto de La Guajira.

—Entonces voy a Riohacha o a las minas de carbón.

—Te llevaríamos con gusto, pero no hay camellos en el desierto de la Guajira.

Y la caravana reinició su camino.

Un maldito sueño de callejón sin salida.

Una de las sesiones dominicales decidí acompañarla de un ayuno de 24 horas. Solo agua con limón. A eso del mediodía un sol perfecto iluminó a través de la ventana y descansó sobre mi cuerpo. La combinación de factores debió favorecer mi objetivo, pues de repente me encontré en trance. Debía ser el esperado trance blanco, pero como tenía los ojos cerrados más bien me pareció que pensaba en negro. Duró unos tres minutos en los cuales no pensé en nada, nada; hasta que una voz repentina interrumpió el silencio:

“No permitas que el mundo exterior se convierta en tu mundo interior.”

La voz me sonó conocida, aunque no pude ubicar a la de quien. Me concentré de nuevo en el color blanco, logrando tan solo dormirme. ¡Mierda!, soñé otra cosa extraña.

Me encontré en medio del Polo Norte. Pura nieve, todo muy blanco, envidiable. Esto debe ser lo más cercano a pensar en blanco, medité. Algo bastante intrigante era no sentir frio a pesar de vestir solo un jean y una camiseta. A la distancia vi acercarse la misma  caravana de camellos del otro sueño. También esta vez extendí mi brazo para pedir un aventón. La caravana se detuvo y uno de los camellos me preguntó:

—¿Adónde te diriges?

—No lo sé —respondí. Y fue una respuesta sincera, porque a diferencia de un desierto donde podría buscar las pirámides, un oasis o a Riohacha, en el Polo no se me ocurría ningún destino.

—Veo que haz seguido mi consejo.

Miré al camello sin comprender. Él explicó entonces:

—No permitas que el mundo exterior se convierta en tu mundo interior. —Ubiqué la voz.— Afuera hace frío, pero te mantienes cálido a pesar de vestir solo un jean y una camiseta.

—Igual preferiría estar en el Sahara o en las playas de Copacabana. ¿Pueden llevarme ahí?

—Te llevaríamos con gusto, pero no hay camellos en el Polo Norte.

Y la caravana reinició su camino.

Vi a los camellos alejarse hasta fundirse con la nada del horizonte; despreocupados y obtusos. Ser camello es pensar en blanco, pensé.

Esta historia se encuentra protegida por derechos de autor y Copyright. Cualquier reproducción debe ser aprobada por el titular de los derechos.

©Raúl Harper, 2009

Anuncios

(Ciudad tras las dunas - Catalina Zúñiga)

(Ciudad tras las dunas - Catalina Zúñiga)

©2009

By Raúl Harper

Translate: Adolfo Villafuerte

(Versión en español)

No way that this is a personal choice, taking the day off to think of white. I could think of red, blue or even some kind of fluorescent green; but tradition states that, when you need to relax, you must think of white. At first I took Hatha Yoga classes twice a week: Tuesdays and Thursdays, but its magical effect on me was such, that within a few months I was practicing on a daily basis.

As a complement to my Yoga routine, I set Sundays aside to engage in domestic meditation sessions, to think of white. I sat in the lotus position, in the middle of the living room, which was gradually losing its furniture, until only a few pillows and the floor lamp were left. The first attempts to blank my mind were pretty unsuccessful, since the fact alone of telling myself that I shouldn’t think about anything was a thought in itself. I also used to fall asleep and have weird dreams. In one, I found myself in a desert in which, besides some dunes, I could only see a herd of camels. No human beings were with the herd, for which I thought, —one always has these kind of silly thoughts in dreams— that the camels were trained, like messenger doves are, or that they were driven by remote control. So there I was, in the middle of the desert, putting my arm out, hitchhiking.

The herd stopped and one of the camels asked:

—Where are you going?

—To the pyramids, I guess. —The truth is I had no clue, but it seemed like a logical answer.

—There are no pyramids in the Guajira desert.

—Then I’m going to Riohacha, or to the carbon mines.

—We would gladly give you a ride, but there are no camels in the Guajira desert.

And the herd moved on.

A damn dead end dream.

I decided to complement one of my Sunday sessions with a 24 hour fast. Only water with a few drops of lemon. The combination of these factors must’ve helped my objective, since all of the sudden I found myself in a trance. It must’ve been the much anticipated white trance, but since my eyes were closed it seemed more like I was thinking of black. It went on for three minutes in which I had not a single thought, none at all; until an unexpected voice burst in:

«Do not allow for the exterior world to become your inner world»

The voice sounded familiar, although I couldn’t quite recognize it. I found myself in white color again, only to fall completely asleep. Shit! Another freaky dream.

I found myself in the middle of the North Pole. All snow, so white… how enviable. This must be the closest thing to thinking of white one can get, I reckoned. Something that drew my attention was that in spite of having only a t-shirt and a jean on, I wasn’t cold. In the distance I saw the same herd of camels from the other dream. Again, I held my arm out, to hitchhike. The herd stopped and one of the camels asked:

—Where are you going?

—I don’t know —I replied. And I was being honest, since unlike a desert where I could look for the pyramids, an oasis, or Riohacha, I couldn’t think of anything in the North Pole.

—I see that you have followed my advice.

I stared at the camel, flabbergasted. He then added:

—Do not allow for the exterior world to become your inner world. —I recognized the voice. —It’s cold outside, but you keep yourself warm wearing no more than jean and a t-shirt.

—I would still rather be in the Sahara or Copacabana beach. Can you guys take me there?

—We would gladly do so, but there are no camels in the North Pole.

And the herd moved on.

I stared at the camels, moving away until they fused themselves with the nothingness in the horizon; unworried and obtuse. Being a camel is thinking of white, I reckoned.

.

No part of this text may be used  or reproduced in any manner whatsoever without written permission. All rights reserved. ©Raúl Harper, 2009