PERROS_SIN_SANGRE(Perros fantasma- Dibujo de Netty Shone)

By Adolfo Villafuerte

Estaba yo sentado en la banca del parque leyendo el manual de instrucciones de mi horno microondas, cuando llegan dos tipos enormes, de vestido y gafas negras; en la cabeza cada uno llevaba una cresta horizontal, como una diadema: uno la tenía pintada de verde y el otro de morado.

Veo que me atisban y no me sorprendo cuando se me lanzan encima y empiezan a morderme; era bastante claro que con esto tenían la intención de inmovilizarme, pero no tenían dientes y la sensación de sus encías ensalivadas sobre mis brazos desnudos me hizo sentir cosquillitas y me empecé a reír.

Entonces sacan una cachiporra cada uno y se toman turnos para darme en la nariz; uno y después el otro; hasta que mi nariz tomó la forma de un chicle masticado y escupido a la calle, al que después le pasó por encima la llanta de una 4X4 y luego alguien lo recogió y empezó a amasarlo hasta darle la forma de una nariz salvajemente golpeada con cachiporras.

Después, cada uno me tomó de un brazo y empezaron a arrastrarme. Viéndolo ahora, desde acá, me extraña la poca resistencia que opuse en esa ocasión.

Fui arrastrando los zapatos por la lengua, de modo que los cordones se me desamarraron por la fricción con el pavimento. Al fin llegamos a una enorme bodega, estaba repleta de titánicos contenedores de cuarenta pies cada uno.

Los hombres de negro me soltaron de los brazos y caí al piso; me dijeron que tenía que apilar todos los contenedores uno encima del otro.

¡Pero si cada uno debe pesar varias toneladas!

Entonces dijeron que no debía preocuparme, pues se encontraban vacíos.

Suspiré en alivio.

Los hombres de negro se marcharon y me dejaron solo para que llevara a cabo mi labor.

Ya había adelantado bastante trabajo, cuando por detrás de uno de los contenedores sale corriendo un enorme jabalí; es claro que me está embistiendo, pero es tan gordo que no viene rápido.

Me agacho y tomo una piedra pizarra filuda que veo en el piso; luego me saco el cinturón… está bien, en realidad no es un cinturón, es una soga… no gano mucho… volviendo al tema, me saco el cinturón y le ato la pizarra a un extremo, de modo que termino con una especie de boleadora anémica entre las manos; veo que el jabalí ya está casi encima mío y me toca hacer un capoteo de aire; al pasar el animal al lado mío, noto que su piel es traslúcida y me doy cuenta que está relleno de lechona.

Empiezo a darle vueltas a mi boleadora y le alcanzo a dar en una nalga; por la herida abierta brota un poco de arroz verduzco.

La bestia enfurecida se da la vuelta, coge impulso y nuevamente arremete hacia mí.

Hago otro capoteo y con la boleadora le corto profundamente por entre las costillitas, una gran cantidad de arroz se esparce por el suelo.

El animal, ahora sin tanta lechona por dentro, es más ágil y, sin muchos rodeos, se me lanza nuevamente; esta vez, por cuestión de tiempo, me toca olvidarme de mis elegantes capoteos y pegar un brinco de modo que el jabalí me pase por debajo al tiempo que utilizo mi boleadora en forma de péndulo para separarle la cabeza del torso.

Al aterrizar, me vuelvo y veo a la bestia descabezada, un par de metros atrás, derrumbada entre un charco de arroces.

Como ya dije, no gano mucho y me pareció una lástima desperdiciar toda esa comida sólo porque estaba botada en el piso y porque había intentado matarme.

Me acuclillé y empecé a comer.

Estaba yo disfrutando de la merienda cuando vuelvo a escuchar pasos por entre los contenedores; yo esperaba que fueran pollos rellenos de tamal, pero resultó ser un doberman que, evidentemente, era zombie.

Me levanté con mi boleadora en mano y me puse en guardia, esperé a que el perro-zombie estuviera lo suficientemente cerca y, con una sola vuelta de la boleadora, le di en el lomo y lo partí en dos.

Éste no tenía comida por dentro, así que regresé a mi lechona.

No había pasado mucho rato cuando de nuevo escuché pasos. Me levanté más divertido que irritado, pues supuse que se trataba de más perros-zombie, los cuales –como pude constatar hacía un rato- no representaban mayor problema.

Efectivamente, dos perros surgieron de entre los contenedores, estos sin embargo, no parecían zombies, pues eran más bien blancos y un tanto transparentes.

Me abalancé sobre ellos, dándole vigorosas volteretas a la boleadora e improvisando un grito de guerra, tan solo para darme cuenta de que eran inmunes a los ataques de ni arma, pues la pizarra los atravesaba como si fueran humo.

Al ver lo infructuoso de mis acometidas, los perros se sonrieron entre ellos, y el hecho de ver a un perro sonreír me pareció más perturbador que el hecho de que fueran zombies o fantasmas.

Acto seguido, se me botaron encima y empezaron a clavarme los dientes. Pensé en el absurdo de que unos colmillos fantasmales me estuvieran rasgando la piel, pues estos deberían ser, por definición, inmateriales.

Este razonamiento sin embargo no me sirvió de nada, pues no me quedó más remedio que quedarme ahí tirado, contando los contenedores que había alcanzado a apilar, mientras era inexplicablemente devorado por estos espectros caninos.