VIOLACIONENTRESACTOS

By Violador de musas

Acto I

Mezcla una botella de cada licor en una caneca, bébetela toda en un solo sorbo, añade diez cajetillas de cigarrillos, varias líneas de perico y un par de inyecciones. No duermas, no comas, muéstrale el culo a unos policías, luego mátate a golpes con un grupo de neonazis, de preferencia armados con bates, y procúrate un tiro en la cabeza que destroce tu hipocampo.

Sólo eso podría explicar el estado en que estoy.

Las náuseas, el dolor de cabeza y el ansia insoportable de droga no me permiten pensar con claridad. El mundo da vueltas y vomito una baba transparente, sin olor, sin sabor. Mi estómago está vacío y boto únicamente saliva. Sin embargo, el diafragma tiene voluntad propia y sigue contrayéndose en un intento desesperado por destriparme.

En este lamentable estado, intento descubrir qué ha pasado. Siento como si me hubieran pegado un mazazo en la cabeza, y no sé si fue debido al exceso de licor, a una sobredosis o una mezcla de ambas. Es una reacción natural en los seres humanos arrugar la frente, cerrar los ojos y sobarse la cabeza cuando duele.

Acabo de descubrir que no puedo: estoy atado de pies y manos a una cama, desnudo por completo. Grito, pero apenas si sale un hilito de voz, inaudible incluso para un perro.

No veo nada.

Parece una mala historia de terror. Estás amarrado, amnésico, sin voz, y la falta de visión te hace llegar a conclusiones fatalistas: algún hijueputa te dio burundanga, te secuestró, te violó, te volvió a violar, te arrancó los ojos y te dejó amarrado a las patas de la cama, desnudo, nadando en tu propio vómito y está justo al lado tuyo viéndote morir.

Imagínalo.

Sólo así podrás comprender la rabia que siento. Alguien puede estar viéndome morir. Alguien pudo haberme violado. De repente se enciende la luz y me siento como un vampiro cuando asoma el alba y le arde la vida que no tiene. Luego viene lentamente —está en tacones—, y se monta sobre mi cuerpo como si quisiera cabalgarme.

—Hola Bizcocho. —Dice ella.

Es Mariana.

—¿Dormiste bien amor? Creo que me pasé un poco con la morfina.

Comencé a recordar. En una secuencia desordenada y difusa llegaron a mi mente las imágenes de esa noche fatal y patética.

“Muchos de los opiáceos producen primero una sensación de placer y euforia, que luego de un tiempo recae una sedación potente y, si se aplica en dosis altas, puede provocar trastornos de la memoria y confusión mental generalizada durante breves períodos de tiempo”.

Eres una zorra, Mariana, escribiste todo esto en la pared para que yo fuese plenamente consciente de mi situación. Olvidaste citar la fuente.

—Ahora sí: ¿Quieres o no quieres hacerme el amor?

Acto II

Tengo miedo. Hay una loca pornógrafa que quiere sexo conmigo y para eso me amarra a una cama y me aplica morfina. Es fea. Fea como su aliento y quiere violarme porque no he querido hacerle nada. Mariana es de esas mujeres que no rompen un plato en apariencia, pero que llegan a actos absurdos como este porque su proverbial fealdad y su estupidez sin límites le impiden relacionarse con otras personas de la misma forma que el común de la gente. No tiene habilidades sociales: alguna imprudencia, un comentario fuera de tono o los intentos infantiles de sobrepasarse permiten evidenciar que ella no tiene amigos, sólo fantasías sexuales.

—¡Que me responda cabrón!, ¿me quiere meter la verga o no? Venga le chupo las bolas.

Ambos sabemos que es un intento infructuoso. Desde que llegué a la oficina noté sus miradas lujuriosas que intentaba disimular girando el rostro y emitiendo una sonrisita pendeja como si no quisiera la cosa. Pero hay que hacerse una imagen de ella.

Es la secretaria del coordinador de relaciones públicas de la empresa. Su puesto es simbólico, puesto que sólo se encarga de sacar algunas fotocopias y hacer mandados, el resto lo hace el Doctor Madariaga, quien afortunadamente es lo suficientemente feo como para que los ojos de esta se dignen a mirarlo. Llega todos los días puntualmente a las diez de la mañana, se sienta en su escritorio, enciende el computador y de inmediato se apresta a buscar en Skipe, Messenger, Facebook y PornTube las ensoñaciones necesarias para encerrarse en el baño durante el mediodía. Todos lo sabemos, todos lo callamos, pero siempre buscamos la oportunidad para descubrirla en flagrancia y hacer un mapa personal de sus cochinadas:

“Mariana por fa… ¡uy!” y cierre inmediato de todos los programas, organización de su miserable vestimenta y otra sonrisita estúpida mientras se sonroja porque su interlocutor ya no quiere comunicarse con ella: el computador no funciona y ha quedado en la pantalla un miembro enhiesto y triunfante que atraviesa de esquina a esquina las diecinueve pulgadas de su monitor de plasma. Hay que ver cómo se descompone en una mueca de furia tan pronto uno se aleja, y cómo rompe un lápiz con sus dedos porque su deseo se convierte en vergüenza y toda la novela rosa que arma en su cabeza y llega a su punto culminante —una orgía de sexo, sangre e insultos a la española—, se trunca cuando observa los gestos de sorpresa y asco, seguidos por un estallido de risa y ay Mariana, en serio, das asco, cómo te vas a poner a ver esas cosas en el trabajo, si quieres te pago una noche en Apolos, o te regalo un consoladorcito de cumpleaños.

Sólo así podrás sentir el asco que tengo.

Acto III

Mariana se levanta y se quita un pelo crespo y grueso de los dientes, me pega una furiosa cachetada y acto seguido se levanta y pone un tacón puntiagudo de ocho centímetros sobre el diafragma, comienza a oprimir con el pie y un dolor difícil y penetrante me impide respirar.

—¿Usted porqué no quiere conmigo, le parezco fea?

Mejor no hablemos de su físico. Digamos que levantó su pie, al fin, sacó del cajón un tarro de pastillas y me embutió cuatro junto con un vaso de agua mientras me tapaba la nariz. Era Viagra.

En este momento mis memorias se organizan un poco mejor y puedo intuir cómo llegué a esta situación. El Doctor Madariaga estaba fuera del país y necesitaba con urgencia un informe sobre algo aburrido. Mariana no puede sola, pobrecita, y eso el Doc. Lo sabe. De modo que nos ordena que la ayudemos.

Decidimos que la suerte fuese encargada de encomendar tan sórdida misión. Metimos papelitos en una bolsa, y ella se encargó de sacar el elegido, quien ayudaría a Mariana a solucionar su requiebro. Fui yo. Creo que llegamos a su casa, que el computador estaba encendido y al parecer su hermana había salido de viaje… no sé.

—A ver si con esto no te arrechas. —Puso música electrónica y comenzó a bailar con intenciones de sensualidad macabra. Yo me estaba debilitando nuevamente y la visión me provocó náuseas. Sus formas se diluyeron como el humo de un cigarrillo en formas sinusoidales similares a los cuadros de Marcus Behmer, que mi esposa admira y que rinden homenaje a la Salomé de Wilde. Quizá el humo azul que era esta mujer fuese el mismo que vio Herodes cuando su hijastra le pidió la cabeza del profeta. Siento taquicardia y Rocky —mi pene—, asomó su cabeza para luego hacer su aparición magnificente en una erección tan poderosa que duele. Mi cabeza, sin embargo, no logra tener tales energías, todo fue una blancura lechosa y sentí un… des… desma…

Ahora, es un chorro de agua helada que me golpea brutalmente el rostro y luego llega hasta mi boca impidiéndome respirar, desciende rápidamente por el torso y se concentra en mis pobres genitales que ya no aguantan semejante rigidez. Es esta loca de mierda desnuda, con un fuste de cuero y me apunta con una manguera diciendo que le emputa tener sexo con un cadáver, que me despierte, maricón, y que soy el encargado de satisfacer tantas frustraciones de pepinos y penes inverosímiles en los últimos diez años.

¡Claro! Eso último me lo dijo cuando me puso el porno:

—¿Usted porqué pone eso?

—Tranquilo mi amor, que esto es sólo para ponerme caliente.

—Mariana, no joda. Tenemos que entregar ese informe mañana.

—¡No me importa! Estoy mamada de los pepinos y las botellas.

En la pantalla otra verga de tamaño descomunal iba y venía por entre el trasero aceitado de una negra digna de una tribu de Samburu. Mariana me acariciaba las piernas y comenzaba a subir su mano mientras yo trataba de sobreponerme de la sorpresa. Luego me apretó los genitales con tal fuerza que el aire se fue como por un hoyo negro y los sentidos se turbaron como si un zumbido fantasmal irrumpiera en mis oídos y reventara no sólo los tímpanos, sino mi cabeza entera. Me inyectó algo en el brazo y luego desperté aquí, con la sangre llena de morfina y viagra, amarrado porque Mariana me violará, me volverá a violar y hará lo que sea para sentirse satisfecha, aunque ello implique chamuscarme las tetillas con la electricidad proveniente de una batería de carro que ya empieza a conectar.

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